28 ene. 2018

Minsk, la ciudad que perdió la memoria (y asumió el modelo urbano soviético)

Minsk perdió su memoria en la Segunda Guerra Mundial. Las huellas de su pasado fueron borradas y en su solar emergió una ciudad nueva que seguía el modelo urbano soviético. Arriba, imagen antigua del lugar ocupado por la ciudadela de Minsk; debajo, ese mismo sitio en la actualidad, en el que ha desaparecido incluso el promontorio original. 
Bielorrusia es un país noreuropeo con algunas dificultades de identificación histórica, aunque no de personalidad (caracterizada, entre otras cuestiones, por una lengua y costumbres propias). Su territorio contaba con ventajas estratégicas que acabaron siendo un problema para el pueblo ruteno, los eslavos que lo habitaban, dado que ese enclave fue codiciado por sus poderosos vecinos, que irían apropiándoselo sucesivamente. Por eso, la historia lo mantuvo oculto dentro de otros estados (el Rus de Kiev, el Gran Ducado de Lituania, Polonia, o la URSS). Pero, tras la Primera Guerra Mundial, en 1919, Bielorrusia adoptaría ese nombre y emergería como nación, aunque tendría que esperar hasta 1991 para alcanzar su plena independencia.
En un cierto paralelismo con esa indeterminación histórica, su capital Minsk, vería borrada su memoria. La ciudad sería arrasada durante la Segunda Guerra Mundial y, tras la contienda, volvió a levantarse, pero haciendo tabula rasa con lo preexistente. La nueva Minsk perdería sus recuerdos urbanos y, en lo que puede considerarse una auténtica refundación, se convirtió en paradigma de la planificación urbana soviética.

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Apunte sobre Bielorrusia, el país “oculto” en la historia.
En la Europa septentrional, Bielorrusia ocupa un territorio prácticamente plano, una inmensa llanura perturbada solamente por una línea de modestas colinas que la atraviesa de suroeste a noreste (el punto más alto es el monte Dzyarzhynskaya de 345 metros de altitud). Esta cadena de lomas ejerce de divisoria de aguas, separando las que van hacia el Mar Báltico (destacando el rio Niemen y el Daugava o Dviná Occidental) de los cursos que forman la cuenca del rio Dnieper (con su principal afluente el Pripiat), que desaguan en el Mar Negro. En esas planicies, la profusión de cauces fluviales propicia la existencia de amplias extensiones pantanosas, sobre todo junto al Pripiat, cuyo entorno fue, durante siglos, una “tierra de nadie” que separó Bielorrusia de Ucrania.
Arriba, situación de Bielorrusia en Europa. Debajo, topografía del país, una inmensa llanura perturbada solamente por una línea de modestas colinas que la atraviesa de suroeste a noreste.
La ubicación de ese territorio, a medio camino entre mares (los referidos Báltico y Negro) y entre ámbitos geopolíticos (el este ruso y el oeste polaco/germánico), lo convirtió en un cruce de vías de comunicación que determinaría su futuro. Aquel territorio de paso estaba habitado por un grupo de eslavos, conocidos como el pueblo ruteno. Los rutenos no llegaron a crear un estado propio porque su estratégica ubicación siempre era codiciada por sus poderosos vecinos, que fueron apropiándosela sucesivamente. No obstante, a pesar de permanecer “ocultos” dentro de otros estados, los rutenos (bielorrusos en el futuro) lograron mantener una personalidad propia. Esto fue así, principalmente por su lengua, pero también por sus costumbres propias e incluso por su especificidad religiosa, ya que eran ortodoxos dentro de un estado católico (particularmente en su periodo polaco) e incluso llegaron a forjar la denominada iglesia uniata, católica, pero conservando el rito bizantino.
La primera organización política que estructuró aquellos territorios noreuropeos fue el denominado Rus de Kiev. Dentro de él quedaron integrados los rutenos, que habitaban la parte meridional del Principado de Pólatsk, ciudad situada a orillas el Daugava o Dviná Occidental. Se tiene noticia de este principado medieval desde el año 862 y, desde 1067, de la existencia de la ciudad de Minsk, que había nacido al sur de la región. En 1119, el principado acabó desintegrándose en varias entidades, una de las cuales fue el Principado de Minsk, vinculado a la ciudad y a su entorno, y que pugnaría por su autonomía de Pólatsk, aunque seguiría vinculado al Rus de Kiev.
Mapa del Rus de Kiev en el siglo XI. El punto rojo indica la ubicación de Minsk.
En 1239, los mongoles cruzaron el rio Volga y sometieron a los rusos de Moscovia y de Kiev, con intenciones de continuar sus conquistas. El principado de Minsk escapó inicialmente a la invasión y buscó apoyo en los príncipes lituanos que controlaban las orillas bálticas y que hasta entonces habían gobernado entidades independientes. Ante el riesgo de invasión de los tártaros, los lituanos se unieron para derrotarlos y crearon en 1252 el Gran Ducado de Lituania, que se extendería hasta el Mar Negro, absorbiendo, entre otros territorios, el Principado de Minsk. Cien años después, en 1386, llegaría la unión personal entre Polonia y Lituania (cuando el Gran Duque Jogaila recibió el bautismo católico y se convirtió en rey de los polacos con el nombre de Ladislao II Jagellón). Este vínculo, reforzado con la Unión de Lublin en 1569, en la que nació la República de las Dos Naciones (o Mancomunidad de Polonia-Lituania y que a partir del siglo XVIII sería conocida oficialmente como República de Polonia), llevó a Minsk hacia la órbita polaca.
Gran Ducado de Lituania con indicación de los límites de la actual Bielorrusia.
La desintegración de Polonia tras los “repartos” del país realizados entre 1772 y 1795 por rusos, prusianos y austríacos, modificó el rumbo de aquella región, que quedó integrada en Rusia. La Rusia zarista fue dura con la identidad rutena, no admitiendo su especificidad persiguiendo sus tradiciones y lengua (sin conseguirlo del todo).
Mapas indicando el proceso de partición de Polonia a finales del siglo XVIII. Minsk (punto rojo) quedaría integrada dentro de la Rusia zarista.
La Revolución Bolchevique tampoco sería sensible a las particularidades de la región de Minsk, pero propició una oportunidad inesperada. Aprovechando el caos que siguió a la sublevación, los nacionalistas bielorrusos (que significa “rusos blancos”) proclamaron en 1918 la República Nacional de Bielorrusia. De hecho, la palabra “Bielorrusia” surgió entonces (fue utilizada por primera vez en 1917 en un congreso nacionalista).
La autonomía fue un espejismo, porque, tras la Primera Guerra Mundial, en 1919 fue incorporada a la URSS. Pero, además, los polacos, imbuidos por el deseo de hacer retornar a los eslavos rutenos a la “madre patria”, invadieron Bielorrusia, originando al Guerra Ruso-polaca que no terminaría hasta 1921 con el Tratado de Riga, que dividía la incipiente Bielorrusia en dos mitades. La parte occidental sería polaca mientras que la oriental permanecería junto a Rusia, como República Socialista Soviética de Bielorrusia, siendo una de las constitutivas de la URSS.
Mapa de la URSS, señalando las repúblicas soviéticas europeas y los países de la órbita comunista.
Entonces, la frontera entre Bielorrusia y Rusia se fijó aproximadamente en la línea que separaba antes de 1772 Polonia de Rusia (y que sigue siendo la frontera actual). Pero, la invasión alemana de Polonia en 1939, activó la anexión de la “Bielorrusia polaca” por parte de los soviéticos (que habían firmado un pacto con Hitler) y expulsaron a los residentes polacos. La Segunda Guerra Mundial destrozó completamente el territorio bielorruso. Pero con el final de la contienda, una Bielorrusia “reunificada” prosperaría dentro de la Unión Soviética (a pesar de su “rusificación”, ya que se atacaron sus tradiciones e idioma).
Todo cambiaría con la caída de la URSS. Entonces, Bielorrusia alcanzaría definitivamente la independencia, aunque más por las circunstancias que siguieron a la desintegración soviética que por una ferviente voluntad nacionalista. Hasta entonces, como hemos podido constatar, la identidad bielorrusa había estado oculta bajo la de otros estados que consideraban este territorio como propio (como el Rus de Kiev, el Gran Ducado de Lituania, Polonia, o la URSS). Pero en el año 1991, el “país oculto” recuperó su autonomía, su bandera, su lengua, e iniciaría la vía económica del liberalismo.

Minsk histórica: la ciudad desaparecida (varias veces).
La primera noticia sobre la existencia de Minsk es del año 1067, aunque su antigüedad pudiera ser algo mayor. Es una anotación en la Primera Crónica Eslava o Crónica de Néstor que hace referencia a su destrucción por causas bélicas. Aquella lejana Minsk no sería más que una aldea y seria reconstruida.
Minsk había surgido en las laderas meridionales de la cadena de colinas centrales del país y su núcleo era un fuerte de madera sobre un montículo junto al río Svíslach, cauce que atraviesa el centro de la ciudad y que es afluente del Bereziná (río que, a su vez, desagua en el Dniéper). Ese fuerte evolucionaría hasta convertirse en una ciudadela (Zamchyshcha) que presidía el asentamiento. La ciudad fue creciendo hacia el sur de la fortaleza, en la orilla derecha del río y sería protegida por una empalizada de madera. No obstante, fue prosperando e incluso creciendo más allá de la muralla, donde comerciantes y artesanos fueron construyendo sus viviendas de madera.
Minsk en 1793. La ciudadela al norte (junto a las marismas que acompañaban al rio Svíslach y la ciudad al sur, en torno a la plaza principal. Al otro lado del río, arrabal con un esquema que recuerda al anterior, aunque de menor escala.
La situación de Minsk la convertía una encrucijada comercial privilegiada. En la ciudad se cruzaban dos vías principales de aquella región. Una de ellas, discurría de este a oeste, uniendo Smolensk y Moscú con Polonia y Europa Central; mientras que la otra, de norte a sur, enlazaba Nóvgorod, Vilnius (Vilna) y el entorno báltico, con Ucrania y el Mar Negro. Los tiempos de paz propiciados por el Gran Ducado de Lituania permitieron su progreso, llegando a recibir la distinción de ciudad en 1499, cuando contaba con una población de unos 5.000 habitantes, siendo una de las mayores del ducado. En 1569 se convertiría en la capital del Voivodato de Minsk, una división administrativa del Gran Ducado.
Las turbulencias de los años siguientes, con el conflicto ruso-polaco (1654-1667) y la Gran Guerra del Norte (1700-1721) que enfrentó a Suecia con sus vecinos, tuvieron graves consecuencias para Minsk. La ciudad sufrió daños muy importantes que frenaron su desarrollo e incluso la arrastraron a un declive que se prolongaría hasta finales del siglo XVIII. Un dato demográfico demuestra esta involución ya que, en 1790, contaba con 7.000 habitantes (prácticamente igual que tres siglos atrás).
La anexión al imperio ruso como consecuencia de las particiones de Polonia abrió una esperanza que se vería frustrada de nuevo por el conflicto con los franceses, que volvieron a destruir la ciudad. Cuando los rusos, en 1812, recuperaron la ciudad, Minsk no superaba los 3.500 habitantes. Pero, desde ese momento, en un entorno pacificado comenzó a recibir una fuerte inmigración (principalmente judía) que le llevaría a alcanzar los cien mil habitantes a principios del siglo XX. La renacida Minsk se convirtió, en 1919, en la capital de la República Socialista Soviética de Bielorrusia e incrementó su población hasta los 300.000 residentes, justo antes de la Segunda Guerra Mundial (cuando todo volvería a desmoronarse).
Plano de Minsk en 1941, antes de la destrucción de la ciudad durante la Segunda Guerra Mundial.

Minsk actual: la ciudad que perdió la memoria.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Minsk quedó devastada. Casi el 90% de la capital bielorrusa había sido arrasado y apenas sobrevivían en ella 50.000 personas. Las autoridades soviéticas abrieron un debate sobre como orientar la reconstrucción de la ciudad. ¿Se debía realizar una restauración mimética, como se acordó para los cascos históricos dañados de Varsovia o Dresde, por ejemplo?, o ¿se debía plantear una ciudad nueva sin vinculación a antiguos trazados?, o quizá una tercera vía buscando puntos de acuerdo, compromisos entre el pasado y los deseos de futuro. La decisión final fue radical: Minsk sería una ciudad nueva que se apartaría de su pasado, perdiendo su memoria y convirtiéndose en paradigma del modelo urbano soviético, y la reconstrucción incidiría tanto en la arquitectura como en su trazado urbano.
Arriba superposición de la ciudadela de Minsk (desaparecida) sobre el plano de la ciudad actual. Debajo, estado actual de esa zona de la ciudad, en la que han desaparecido los rastros del pasado.
Desde el punto de vista de la planificación, la estructura que se proyectó en 1946 supuso una modificación trascendental en sus dinámicas urbanas. La ciudad antigua presentaba una yuxtaposición de tramas surgidas con el tiempo y con poca jerarquía entre ellas, más allá de la predominancia del eje este-oeste (que todavía sigue en la actual Avenida de la Independencia, Prospekt Nezavisimosti). Esa permanencia sería una de las pocas reminiscencias del pasado. El cambio de trazado presentaría una ciudad radioconcéntrica con vías orbitales de circunvalación y ejes radiales, que presentaba una fuerte jerarquización de usos.
Esquema de Minsk en 1941 (izquierda) y esquema de la nueva estructura urbana prevista en la reconstrucción (1946). Las tramas ortogonales desjerarquizadas han dado paso a un trazado orbital y radioconcéntrico jerarquizado.
Sobre este esquema general se levantaría, en primera instancia, una arquitectura influenciada por el ideario estalinista dominante en la posguerra, caracterizado por el academicismo y el lenguaje clásico (abandonando las experiencias de vanguardia previas a la guerra). Pero la muerte de Stalin y la llegada al poder de Jrushev viró el rumbo, tanto urbanístico como arquitectónico, sobre todo por las urgencias existentes ante el gravísimo problema de vivienda que se arrastraba.
Ejemplos de arquitectura estalinista en Minsk. De arriba abajo: edificio de correos, las dos torres frente a la estación ferroviaria, edificio en la avenida Niezaleznasci y edificio del KGB
Minsk, en el contexto soviético de la Guerra Fría experimentaría un crecimiento espectacular pasando de aquellos 50.000 supervivientes del final de la contienda a los más de millón y medio en los poco más de cuarenta años que siguieron hasta la desintegración de la URSS. Este desaforado crecimiento se estructuraría siguiendo el nuevo urbanismo soviético que surgió en la década de 1950 y que analizamos en el apartado siguiente.
Minsk, imagen de un barrio residencial.
En 1991, Minsk se convertiría en la capital de la independiente República de Bielorrusia continuando su desarrollo hasta alcanzar los casi dos millones de residentes actuales.

Comparación del centro de Minsk. Arriba, antes de la destrucción y debajo ortofoto actual.

Plano actual de Minsk.
El modelo urbano soviético.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), bajo el gobierno de Stalin, había defraudado las expectativas acerca de un arte nuevo (vanguardista y revolucionario). Pero tras la muerte de este dirigente en 1953, ascendió al poder Nikita Jrushev, un político con deseos de renovación.
Su influencia se notó en muchos campos, pero es particularmente relevante la proyección dentro del mundo de la arquitectura y del urbanismo. El discurso que Jrushev dirigió en 1954 a los arquitectos, ingenieros y constructores fue tomado como un “manifiesto” que anunciaba una nueva modernidad. Jrushev abogó por una nueva construcción que debía alejarse del “decorativismo” y del “personalismo” (que provocaban lentitud e incremento de costes). Exhortó a los técnicos a pensar en la rapidez de ejecución y en la reducción de costes, buscando, además, mejorar la calidad de la construcción. Y la única forma de conjugar esos objetivos era la industrialización.
El viraje intelectual respondía a diversos factores. En primer lugar, la URSS tenía un problema muy acuciante de vivienda (que la Segunda Guerra Mundial había agravado). La masiva inmigración del campo a las ciudades, las destrucciones bélicas sufridas por estas, o las dificultades económicas de las primeras décadas postrevolucionarias, llevaron a muchos rusos a hacinarse en “casas comunales”, las komunalkas, en las que diversas familias compartían el mismo apartamento o a no tener vivienda. Se requería una solución urgente y la industrialización residencial permitiría matar dos pájaros de un tiro. Por una parte, facilitaría viviendas rápidas y baratas y, por otra, reactivaría la economía (e incluso, trasladaría un mensaje igualitario muy adecuado para las consignas comunistas).
La industrialización de la vivienda colectiva determinó el carácter del modelo urbano soviético.
La modulación y la prefabricación serían los nuevos paradigmas arquitectónicos y urbanos. El urbanismo y la arquitectura (residencial) se industrializaron. Las edificaciones que resultaron de ello hicieron que las ciudades soviéticas, de un extremo al otro del país, aparecieran como variaciones con repetición del mismo modelo, convirtiendo la seriación en su principal “seña de identidad”. Como resultado, los bloques autónomos de viviendas prefabricadas comenzarían a poblar el paisaje de las ciudades rusas caracterizando las periferias de las grandes urbes y las nuevas fundaciones mostrando lo que se denominó el “modelo urbano soviético”.
La arquitectura residencial construyó edificios, inicialmente de cinco plantas, con apartamentos de unos 30 metros cuadrados, que se convirtieron en un estándar, hasta el punto de ser conocidos como “jrushovkas”, en referencia a su impulsor, el líder Jrushev. La seriación de los paneles de fachada, o la repetición ad infinitum de ventanas y balcones, daba pocas opciones a la singularización. De hecho, se hacía alarde de “sinceridad constructiva” mostrando las claves del proceso. Por ejemplo, las juntas de dilatación de los paneles se convirtieron en uno de los escasos motivos “decorativos”. La calidad de las primeras edificaciones fue muy baja, pero con el tiempo y los avances tecnológicos, las viviendas mejoraron constructivamente. También fueron multiplicando su altura (de los cinco pisos de los modelos iniciales se llegaría hasta los treinta).
Esquema de Microrayon (micro distrito) siguiendo el modelo de arquitecturas autónomas.
Desde el punto de vista de la planificación urbana, se adoptó una estrategia muy sintonizada con las ideas defendidas desde los CIAM (racionalismo, zonificación, autonomía de la arquitectura respecto a los trazados urbanos, etc.)
Así, la urbanización se apoyó en “módulos” que funcionaban como micro distritos residenciales (microrayon/kvartal), albergando habitualmente entre 1.000 y 1.500 residentes, y que iban sumándose hasta formar conjuntos (barrios) de ocho a doce mil personas o unidades urbanas mayores que se encontraban separadas por las principales vías estructurantes de la ciudad. Cada micro distrito buscaba satisfacer las necesidades diarias de los residentes, mientras que las agrupaciones de los mismos ofrecían los servicios de rango mayor. Esta estrategia “modular” se reforzó con la producción de viviendas prefabricadas que proporcionaron una gran monotonía al diseño de los micro distritos.
Esquema de Microrayon (micro distrito) siguiendo el modelo de creación de macro manzanas.
Moscú, la gran capital, era el principal campo de investigación y desde allí se extendían los logros al resto de ciudades soviéticas, así como a las urbes de los países que quedaron dentro de la órbita de la URSS. Ciertamente, el grave problema de vivienda fue paliado en gran medida, pero las particularidades de los distintos pueblos que integraban la Unión quedarían barridas por ese afán unificador. Con todo, se consolido un nuevo paisaje urbano en la URSS, hasta el punto de que, en la actualidad, casi el noventa por ciento de la población sigue habitando viviendas prefabricadas. 

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