4 ene. 2018

Ciudades que existen y no existen a la vez: Alejandría, entre el mito y la realidad (primera parte)

Alejandría conjuga el mito y la realidad. Una de las partes más monumentales de la ciudad clásica, el puerto que servía al Distrito Real, se encuentra sumergida alimentando las fantasías que sustentan las leyendas.
Alejandría fue una estrella rutilante que acabaría agotando su fulgor. Pero en su extinción dejaría una estela mítica que evoca momentos excelsos de la antigüedad y convive con la que es la segunda ciudad en importancia de Egipto (tras El Cairo).
Hay por eso dos Alejandrías, una que existe y otra desaparecida (o quizá no). Una que se afana en recordar y otra que olvida lo que fue. El mito y la realidad comparten el mismo espacio para hablarnos de cosmopolitismo y de localismo, de tolerancia e intransigencia, de diversidad y de fanatismo, de excelencia cultural y de pobreza intelectual. En definitiva, de los extremos del comportamiento humano, reflejados en un lugar que se debate entre la historia más o menos legendaria y la actualidad más o menos pragmática de una ciudad mediterránea.
Nos acercaremos al mito de Alejandría en dos artículos. En este primero acotaremos las claves de la ciudad legendaria y en el segundo la describiremos y la relacionaremos con la actual.

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Ciudades que existen y no existen, a la vez (el mito y la realidad).
Hay ciudades cuyo pasado alberga momentos de gran esplendor, épocas resplandecientes en las que, por motivos diversos, alcanzaron a ser referencias absolutas para el resto del mundo. Esas ciudades atesoran la memoria de aquel tiempo glorioso con monumentos (formas arquitectónicas específicas o construcciones históricas que permanecen) o con documentos (fuentes primarias o relatos que narran lo sucedido, escritos por especialistas rigurosos o novelistas de ficción, e incluso por inventores de leyendas). Pero la herencia recibida es un arma de doble filo, porque en todo legado cultural se teje un incierto juego entre realidad y ficción.
La ciudad y la arquitectura de la época que se celebra ya no existen, en el sentido de que el pasado se fue, llevándose a sus protagonistas y a buena parte de sus escenarios (que, en el caso de mantenerse, suelen contener importantes transformaciones). Los edificios han variado bien por el deterioro del tiempo, bien por la acción humana (reconstrucciones / intervenciones), y el entorno en el que se levantaron es diferente. Calles, plazas, o la masa residencial que los contextualizaba ya no son lo mismo.
Tampoco se libran los documentos del flirteo entre autenticidad e ilusión. La historia revela hechos pretendidamente veraces, pero es difícil librarla de la interpretación que, desde cada presente, se realiza de los acontecimientos pretéritos (tantas veces respondiendo a intereses inconfesables). Y, desde luego, está la ficción que disimula sus falacias. Los relatos legendarios suelen buscar un apoyo (más o menos ligero) en sucesos acaecidos, pero se elevan desde ellos para construir una fábula fantástica que también suele estar motivada por anhelos del presente (justificaciones, ensalzamientos, etc.).
Hay ciudades cuyo pasado alberga momentos de gran esplendor, épocas resplandecientes en las que, por motivos diversos, alcanzaron a ser referencias absolutas para el resto del mundo. En la foto, imagen de la maqueta que reconstruye la Roma Imperial.
Es, en ese trecho que va de la realidad a la ficción donde se construyen los mitos, en cuya labor, el protagonismo lo tienen las narraciones. Porque una ruina o un edificio embalsamado puede evocar, pero la mayoría de las veces es difícil la “reconstrucción” mental del escenario primitivo (sobre todo para los no especialistas). Por eso, la creación de un relato que oriente la mirada, magnifique lo relevante, oculte lo negativo o accesorio, ensalce los logros y envuelva de glamour la historia (incluso tejida con leyendas si vienen al caso) es la base principal para la creación del mito. La arquitectura puede ser el detonante, actuando como la magdalena de Marcel Proust, trasladando el pensamiento a esas épocas no vividas por el observador, pero será la narración evocadora la que instale definitivamente al espectador en ese pasado idealizado.
De hecho, uno de los primeros esfuerzos que se realizan es la elaboración de un eslogan que identifique la ciudad con su periodo de apogeo. Pensemos en la “Roma de los césares”, en el “París de la Belle Époque”, en la “Viena Fin de Siglo”, en la “Córdoba Omeya”, la “Granada Nazarí”, en el “Moscú de la Revolución” o en el “Madrid de los Austrias”, por citar algunos ejemplos.
Todos los mitos requieren distancia. Porque la lejanía implica indefinición y esto anima el misterio. Es precisamente ahí, en la indeterminación que se mueve entre lo visible y lo oculto, entre lo constatado y lo desconocido, donde acaba surgiendo un halo fantástico que alimenta el mito. Y no hay mayor distancia que la temporal. El tiempo conlleva olvidos y permite la proliferación de leyendas que suelen apoyarse (o no) en algún hecho cierto, pero cuyo desarrollo se basa en la ficción. Estos relatos maravillosos nutren y engrandecen los mitos que se instalan en el inconsciente colectivo de la comunidad y que son puntualmente legados a las generaciones siguientes.
Sir Lawrence Alma-Tadema idealizó la antigüedad con sus pinturas, contribuyendo a crear un imaginario sobre el mundo clásico. En la imagen detalle de “Primavera (spring)” (1894)
El mito nace cuando la realidad se teje con leyendas y no es posible discernir la verdad de la ficción. Pero el mito urbano no anula a la realidad. Todo lo contrario, la refuerza proporcionando a la ciudad una identidad muy poderosa. Y hay ciudades en las que ese contraste entre el pasado y el presente es muy radical, porque quedan pocas muestras palpables del esplendor perdido y solamente el ejercicio mental de dejarse llevar por las sugerentes historias nos permite recrear aquellos tiempos perdidos.
En consecuencia, la ciudad existe y no existe a la vez. Existe porque la pisamos y la percibimos, porque podemos experimentar su arquitectura y sentir la presencia de sus gentes. Pero no existe en la medida de que el pasado se desvaneció y no nos queda más que la evocación que se instala en nuestra mente. En ese trabajo siempre ha ayudado la imaginación de pintores de historia que, con mayor o menor rigor, creaban un imaginario sobre el sucedido. En la actualidad, ciertas aplicaciones de realidad virtual pretenden acercar esos paisajes perdidos, haciéndonos creer que podemos viajar en el tiempo. Todo es una ilusión, pero aún, aceptándola, no pedimos evitar nuestra fascinación al “conectar” con esas gloriosas épocas pretéritas.
Algunas de las ciudades míticas alimentan su leyenda con personajes históricos fascinantes. Alejandría recuerda a Alejandro Magno, su fundador, pero especialmente a la reina Cleopatra. En la imagen, pintura de Louis Gauffier, “Auguste et Cléopâtre” (1788).
Alejandría es una de esas ciudades míticas y reales a la vez. Fue una estrella rutilante que acabaría agotando su fulgor. Pero en su extinción dejaría una estela mítica que evoca momentos excelsos de la antigüedad y convive con la que es la segunda ciudad en importancia de Egipto (tras El Cairo). Hay por eso dos Alejandrías (obviando las diversas ciudades que Alejandro Magno fundó con su nombre en su periplo conquistador). Una que existe y otra desaparecida (o quizá no). Dos Alejandrías que pertenecen a mundos distintos. Una al mundo material, palpable; y otra a un mundo etéreo, presente en la mente de quien la evoca (porque no somos nosotros quien habitamos esa ciudad, sino que es la ciudad quien reside en nuestro cerebro). Dos Alejandrías, una que se afana en recordar y otra que olvida lo que fue. El mito y la realidad comparten el mismo espacio para hablarnos de cosmopolitismo y de localismo, de tolerancia e intransigencia, de diversidad y de fanatismo, de excelencia cultural y de pobreza intelectual. En definitiva, de los extremos del comportamiento humano, reflejados en un sugerente lugar que se debate entre la historia más o menos legendaria y la actualidad más o menos pragmática de una ciudad mediterránea.

Reconstrucción virtual de Alejandría en tiempos de la reina Cleopatra (Cleopatra VI) realizada por los especialistas de National Geographic (que analizaremos en la segunda parte del artículo)..
El mito de Alejandría.
Dicen las crónicas que la Alejandría clásica era una ciudad blanca, levantada con una piedra refulgente que, bajo el sol, casi dañaba a la vista y que permitía la visión nocturna cuando era bañada por la luz de la luna. Cuentan que Alejandría era una ciudad extraordinaria, monumental, repleta de grandes edificios y majestuosas avenidas; una ciudad rica que lideraba el comercio mediterráneo; una ciudad donde pululaban miles de almas (se calcula que en torno a quinientas mil personas en su mejor momento), algunas de las cuales eran las mentes más preclaras de la antigüedad; una ciudad, en definitiva, que fascinaba al visitante y dejaba un recuerdo imborrable en su cabeza.
Hemos recibido noticia de aquella fastuosa Alejandría a través de las descripciones realizadas por escritores hechizados por su encanto y de los escasos vestigios que se conservan de su grandeza (aunque los arqueólogos siguen buscando). No obstante, esas fuentes son material suficiente para excitar nuestra imaginación y conjeturar esplendores remotos, evocar escenarios ya desaparecidos, o soñar con aventuras y personajes fascinantes, comenzando por su heroico fundador, Alejandro Magno.
El Teatro romano del barrio Kom-el-Deka es uno de los vestigios que permanecen para recordar el esplendor grecorromano de Alejandría.
Pero el joven y ambicioso rey de Macedonia no vería culminada la obra que comenzó en el año 331 a.C. Serían otros, quienes, tras su temprana muerte, elevarían a Alejandría hasta la cima. Concretamente, la dinastía de los Ptolomeos, iniciada por uno de los generales más capaces de Alejandro, que modelaría el escenario para convertirlo en el principal del Mediterráneo oriental, llegando a competir en el futuro con la mismísima Roma. La Alejandría griega asentaría su preeminencia en su prosperidad económica, que le permitiría levantar un escenario monumental y fabuloso (en el que destacó el grandioso Faro, que sería una de las siete maravillas del mundo antiguo). 
El Faro de Alejandría tomó su nombre de la isla sobre la que se asentó (Pharos) y se convirtió en una de las siete maravillas de la antigüedad. No quedan vestigios, aunque su forma ha sido imaginada por muchos autores.
No obstante, serían las innovadoras aportaciones en la ciencia y en el pensamiento las que irían forjando el mito. Los helenísticos Ptolomeos crearon el Museion, el hogar de las musas, pretendiendo emular la institución ateniense. En sus aulas, laboratorios, observatorios y, en su biblioteca, trabajaron y se educaron científicos, literatos y eruditos. Y allí, recalaron artistas y pensadores de primer nivel que llegaban a Alejandría atraídos por el prestigio de esa institución. Así comenzaría el sustrato cultural que alimentaría el mito, sustentado entonces, más por las ciencias que por las letras. Avanzarían las matemáticas con, por ejemplo, Euclides o Apolonio; la geografía y la astronomía, con Eratóstenes y Claudio Ptolomeo; o la medicina, con Erasístrato.
 “Hipatia mirando el Faro desde la Biblioteca”, detalle del cartel de la película “Ágora” (Alejandro Amenábar, 2009) en la que se presentan los últimos años de la vida de Hipatia de Alejandría, matemática, filósofa y astrónoma, que fue asesinada en el año 415 por el fanatismo cristiano.
Las ciencias brillaron inicialmente más que el arte o la literatura, pero la filosofía iría adquiriendo peso en la época romana, sobre todo con el neoplatonismo de Plotino, que crearía escuela. Con la oficialización del cristianismo, el pensamiento religioso alcanzaría cotas muy elevadas y la autoridad de Alejandría como sede patriarcal sería enorme. En la Alejandría del siglo IV discutieron Arrio y Atanasio sobre la naturaleza de Cristo con trascendental influencia sobre la comunidad cristiana.
Quizá el mayor símbolo de aquella excelencia alejandrina, centro del saber del mundo clásico, fue la biblioteca (o las bibliotecas, porque realmente hubo dos) donde se albergaba el conocimiento de la época. Las dos bibliotecas fueron, la principal (la “madre”) vinculada al Museion, y la “hija”, relacionada con el Templo de Serapis (Serapeum) y que llegaría a ser mayor que la matriz. Las dos serían destruidas por la intransigencia humana y, los estimados entre quinientos y setecientos mil libros (pergaminos) que conservaban, desaparecieron para siempre, y con ellos una inapreciable parte de la cultura antigua.
En 1988, la UNESCO promovió un concurso internacional para levantar de nuevo la Biblioteca de Alejandría. La competición fue ganada por el estudio de arquitectura noruego Snøhetta y las obras se prolongaron entre 1995 y 2002, fecha en la que fue inaugurada.
También esa Alejandría albergó un cosmopolita conglomerado humano que incluía comerciantes, mercaderes, marineros y visitantes de todo el mundo conocido, que deambulaban por sus zocos, prostíbulos, puertos y palacios, generando un ambiente hiperactivo.
Pero esa Alejandría ya no existe. Se desvaneció en el tiempo golpeada por catástrofes naturales, por la codicia humana, por el fanatismo, por la incomprensión, por la soberbia. Lamentablemente, Alejandría tendría en algunas de sus virtudes su mayor castigo. Pero, a pesar de no tener presencia física, aquella Alejandría legendaria no abandona la ciudad actual, sino que se entrelaza con ella, intentando conjugar el mito con la realidad para elevarla por encima de la vulgaridad.
Con el final de la Alejandría clásica comenzaría el mito de la ciudad. Ciertamente, la ciudad fue agredida por la naturaleza, que quizá no soportaba su perfección. Seísmos y maremotos comenzarían a quebrar a la altiva ciudad con efectos desastrosos. La costa modificó su línea y parte de la ciudad quedó sumergida (dificultando la labor arqueológica). Pero los problemas no llegaron solamente de la acción directa de fenómenos naturales, ya que también actuaron en “diferido”. En algunas zonas, el suelo no resistió el peso de aquellas fabulosas construcciones que, literalmente, se hundieron. Todo esto sucedió principalmente en el puerto oriental (Magnus Portus) y su entorno, pero también con algunas de las ciudades del entorno alejandrino como Canopo o Heracleion.
El Magnus Portus, el puerto oriental de Alejandría daba servicio al Distrito Real. Su configuración, aprovechando los arrecifes y la monumentalidad de sus construcciones le proporcionaron una gran relevancia. En la actualidad se encuentra sumergido y es investigado por los arqueólogos.
Los problemas continuaron para Alejandría con la competencia de otras urbes. Primero, cuando el emperador Constantino decidió levantar una nueva capital para el Imperio Romano. Constantinopla sería la nueva gran ciudad del Mediterráneo oriental eclipsando el resplandor de Alejandría. En la misma línea, otro golpe muy duro fue la fundación de El Cairo, que se convertiría en la capital de Egipto, desplazando a Alejandría.
Pero con todo, la devastación más importante de la ciudad tuvo que ver con la acción humana. Los motivos son variados. Desde luego, guerras y batallas, o sobreexplotación de recursos, que llegarían a modificar el curso del Nilo, aislando el lago meridional de Alejandría, cegando canales y arrinconando a la ciudad. Y también la intolerancia. Y el fanatismo. Porque la obsesiva intransigencia humana socavaría los cimientos de una Alejandría que había brillado culturalmente. Y también se acabaría con la Alejandría cosmopolita, huida con la emigración forzada de las numerosas y diferentes comunidades que la habitaron.
Desastres naturales y dificultades geológicas llevaron a la desaparición de parte de la ciudad que quedo sumergida bajo las aguas. Desde la profundidad, antiguas obras del pasado grecorromano nos observan y son observadas.
No obstante, su caída sería paulatina. La admirable Alejandría de los primeros Ptolomeos, mantenida a duras penas por los últimos reyes de la dinastía, recibió un primer azote como consecuencia de los conflictos internos de Roma, que fueron dirimidos en el escenario alejandrino. Las disputas entre Julio César y Pompeyo, o entre Marco Antonio y Octavio Augusto, con la inestimable participación de la reina Cleopatra, darían fin a una etapa brillante. No obstante, la Alejandría romana conservaría buena parte de su preminencia. Pero, las dificultades del bajo imperio y, sobre todo, el sectarismo del primer cristianismo, atizaron el fuego destructivo. En el año 391, el emperador Teodosio ordenó la destrucción de todos los templos paganos (que se llevaría también por delante el Serapeum y su apreciable biblioteca) y poco después, en el 415, un grupo de fanáticos conocidos como los Monjes Negros atacarían otros símbolos de la cultura alejandrina, particularmente la Gran Biblioteca que ardió con su contenido. Hipatia, matemática y filósofa, defensora del gran centro, fue asesinada, no pudiendo evitar la desaparición de miles de pergaminos con obras trascendentales, que se perdieron definitivamente. Todo esto, sumado a una fuerte epidemia de peste a finales del siglo VI, dejaron a la ciudad en un estado de “coma vegetativo”.
Alejandría se transformó en una ciudad musulmana alejada del pasado grecorromano. Imagen de la silueta del puerto oriental presidida por la mezquita Abu El Abbas El Mursi.
Los conquistadores musulmanes, que llegaron en el siglo VII, encontraron una ciudad empobrecida y con pocos habitantes, incapaces de mantener la ingente herencia recibida. Entonces nacería una nueva Alejandría, muy distinta de la ciudad original. Se redefinió el trazado y se delimitó con una muralla que abarcaba una superficie mucho menor que la inicial. Se abandonó el puerto interior y se consolidó un nuevo y reducido asentamiento sobre los sedimentos que fueron acumulándose junto al Heptastadion. En ese istmo sobrevenido, que unió definitivamente la isla de Pharos con el continente, surgiría una auténtica ciudad musulmana, con su trazado laberíntico, tan alejado de la solemne regularidad del planteamiento original de Dinócrates. Desaparecidos los grandes referentes urbanos clásicos (Cesareum, Palacio Real, Faro, Museion, etc.), los árabes levantarían, sobre las iglesias, numerosas mezquitas que modificarían definitivamente el perfil de la ciudad.
La referida sucesión de catástrofes (como los diferentes terremotos que terminarían por hacer desaparecer el gran Faro, cuyos restos servirían para cimentar la fortaleza musulmana de Qait Bey) o la creación de una nueva capital para Egipto, El Cairo, harían que aquella Alejandría medieval profundizara en su crisis. Por eso, cuando, en 1798, Napoleón Bonaparte llegó a Egipto, en el solar de la antigua Alejandría, encontró una aldea miserable, poblada por no más de siete mil personas.
Pero, Alejandría, no solo sobreviviría, sino que se recuperaría social y económicamente en las primeras décadas del siglo XIX, aupada por la renovada actividad de su puerto, que el gobernador de Egipto, Mehmet Alí, impulsó con el objetivo de recuperar una salida importante al mar Mediterráneo. Alejandría emprendería entonces la senda de la prosperidad para llegar a situarse como la segunda ciudad en importancia de Egipto (tras El Cairo). Hoy la ciudad supera los 4,5 millones de habitantes con una extensión que multiplica por diez la superficie de la gran Alejandría clásica.
El “malecón” o la “corniche” son apelativos que recibe el frente marítimo del actual puerto oriental de Alejandría (Avenida 26 de Julio). 
Pero la prosperidad actual no oculta la nostalgia del paraíso perdido. Hay una Alejandría literaria narrada por poetas como Kostantin Kavafis o escritores como E.M. Forster, Lawrence Durrell o Pierre Louÿs, que se han zambullido en esa sensación de decadencia o de tristeza procedente del recuerdo de un pasado esplendoroso del que no queda nada. Es, a través de sus ojos, por donde apreciamos el mito, porque la ciudad contemporánea puede defraudar. Quizá aquella remota Alejandría no sea más que un invento de la ciudad actual que busca anclarse en la eternidad. En cualquier caso, esa melancolía es parte del mito, aunque quizá está más presente en los visitantes (que añoran la ciudad que no existe) que en los residentes (que aspiran a disfrutar de la Alejandría que les ha tocado vivir).
Alejandría es una ciudad literaria, recreada por poetas y escritores que la convierten en protagonista de sus obras. Kavafis, Durrell, Forster, son algunos de los constructores más recientes del mito alejandrino.


(continua en el segundo artículo en el que se describe esa Alejandría mítica y se relaciona con la actual).

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