26 mar. 2018

Cómo potenciar un río menor: de la “playa” del Manzanares a Madrid-Río.


Madrid-Rio ha permitido a la capital reconciliarse con su río proporcionándole, además, un inusitado protagonismo (en la imagen el Puente Monumental de Arganzuela, diseñado por Dominique Perrault).
Muchas de las grandes ciudades nacieron vinculadas a un rio importante que, históricamente, facilitó el transporte generando prosperidad. Pero Madrid es diferente. No tuvo una vocación inicial de capital, como pone de manifiesto su origen militar, y por eso no importó fundarla junto a un rio menor. De hecho, la ciudad se desarrollaría a espadas del pequeño Manzanares, que quedaría arrinconado y menospreciado, sufriendo un olvido secular.
Pero la admiración que suscitaban los imponentes cursos de agua de las principales capitales europeas llevaría a que, en un momento dado, la capital de España se planteara disimular las carencias de ese “aprendiz de río”, como lo llamó Quevedo. Aprovechando canalizaciones y embalsamientos, el Manzanares aparentó llevar un caudal mayor y se convirtió en escenario para el ocio y el deporte al aire libre de los madrileños (con una ¡playa de Madrid! o un complejo de piscinas situadas en una “isla”). No obstante, esto sería un espejismo y el rio volvería a ser despreciado al verse constreñido por una autopista trazada por sus dos orillas (la M-30). Todo cambiaría a comienzos del siglo XXI, con el soterramiento parcial de esa vía de circunvalación y la creación de Madrid-Río, el gran parque urbano que ha permitido a Madrid redescubrir su río e integrarlo definitivamente en la vida ciudadana.

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El rio Manzanares y su relación con la ciudad de Madrid.
¡Vaya, vaya, aquí no hay playa!” cantaba el grupo The Refrescos en la España de 1989 refiriéndose a la capital del país. Ciertamente, al margen del tono humorístico de la canción, Madrid es una ciudad de interior y no cuenta con frente marítimo, pero tampoco puede presumir de un gran río como otras capitales europeas (como el Danubio, el Sena, el Rin o el Tíber, por citar alguno de los vinculados a las principales metrópolis).
Por Madrid discurre el Manzanares, un río pequeño que recorre solamente 92 kilómetros entre su nacimiento en la Sierra de Guadarrama y su desembocadura en el río Jarama. Su caudal medio se encuentra entre los 15 y 20 metros cúbicos por segundo, aunque, como la mayoría de los ríos peninsulares, su comportamiento es muy irregular. Su comparación con los grandes cursos centroeuropeos a su paso por las principales capitales, es muy reveladora. El Tíber en Roma presenta un caudal medio de 239 metros cúbicos por segundo, 12 veces superior; el Sena discurre por París con 500 m3/s (25 veces más); o el Ródano por Lyon con 1.000 m3/s (multiplicando por 50 el dato del Manzanares). Todavía es más exagerada la diferencia con el Danubio en Viena, que lleva 1.900 m3/s, (95 veces superior).
Los grandes ríos y las ciudades importantes tienen una estrecha relación desde tiempos pretéritos. Entonces, el transporte terrestre era lento, difícil y peligroso. En consecuencia, los cauces fluviales se convirtieron en las autopistas que conectaban y estructuraban los territorios. Pueblos y ciudades buscaban su compañía para aprovechar sus beneficios como “sendas de prosperidad”.
Pero Madrid es diferente. No tuvo una vocación inicial de capital, como pone de manifiesto su origen militar, y por eso no importó fundar el asentamiento de Mayrit junto a un rio menor. El lugar elegido debía garantizar su defensa y el agua tenía un mero valor de recurso (abastecimiento y fertilidad de la vega fluvial), careciendo de trascendencia comunicativa. No obstante, la Península Ibérica carece de los impresionantes cursos navegables de las llanuras europeas. Pero, incluso asumiendo esta característica común, el rio Manzanares es una corriente pequeña comparada con alguna de las de su entorno próximo.
Mapa de la cuenca del río Manzanares (en gris, la mancha urbana de Madrid)
La desconsideración a su río hizo que Madrid se desarrollara a espaldas al cauce durante buena parte de su historia, extendiéndose hacia el este y quedando el curso fluvial como límite occidental. El pequeño Manzanares quedaría arrinconado y menospreciado, sufriendo un olvido secular.
Solamente, durante el siglo XX se comenzó la urbanización de los territorios que se encontraban al oeste del mismo. No obstante, a pesar de su irrelevante papel como medio de transporte o estructurador urbano, su presencia sí ha sido notable desde un punto simbólico (el rio Manzanares había excavado, en su ribera izquierda, unas cortadas con un gran desnivel que serían conocidas como la Cornisa de Madrid, ejerciendo durante siglos el papel de fachada “oficial” de la ciudad, una de las imágenes más difundidas de la capital a lo largo de su historia).
Pero la admiración que suscitaban los imponentes cursos de las principales capitales europeas llevaría a que, en un momento dado, la capital de España se planteara disimular las carencias de ese “aprendiz de río”, como lo llamó Francisco de Quevedo en su romance “Descubre Manzanares secretos de los que en él se bañan” (uno de los muchos autores que lo ridiculizaron con frecuencia).
La “Cornisa” de Madrid pintada en 1788 por Francisco de Goya en su “Pradera de San Isidro” (detalle)
Los madrileños acabarían ingeniándoselas para dar prestancia a su río, sobre todo desde comienzos del siglo XX, cuando se consolidaría el interés hacia la naturaleza nacido en la centuria anterior. Esta mirada sería impulsada por la búsqueda de la salubridad urbana, del higienismo y de la vida sana, que propiciarían una renovación de la percepción del ser humano. El cuidado del cuerpo (y de la mente) se convertiría en un objetivo compartido por la cultura y la ciencia posibilitando el nacimiento de una serie de actividades físicas que contaban con la naturaleza como escenario. Entre estas emergerían algunas como el excursionismo, las prácticas deportivas, o los baños en el mar o en los ríos. En esta línea, el baño público sería una de las actividades más apreciadas debido a la mezcla de aspectos lúdicos, deportivos y benéficos para la salud (incluso de prestigio social siguiendo la incipiente moda de desplazamiento estival hacia las zonas costeras para disfrutar del mar y del sol que alcanzaría un gran éxito entre la aristocracia y la alta burguesía). Esto despertó una nueva necesidad en las ciudades, especialmente entre las clases sociales bajas que no podían acceder a los escenarios marítimos para disfrutar del baño en sus playas. Para compensar esa carencia comenzaron a surgir instalaciones específicas para el ocio y la práctica deportiva acuática.
Esto se acentuó cuando las ciudades vieron incrementada su población de forma extraordinaria y los nuevos ciudadanos reclamaron lugares para resolver su ocio. Así, para satisfacer las necesidades de la masa social, el entretenimiento se fusionó con el deporte propiciando la aparición de nuevas actividades, inéditas hasta entonces en las ciudades. Los parques se llenaron con novedosos programas de usos, concretados en equipamientos y dotaciones que ofrecían ocio y conjugaban el descanso con la práctica deportiva. Este fenómeno continuaría con un alza imparable, hasta el punto de que, en nuestro siglo XXI, sigue creciendo.
Una muestra del calado de estas ideas (entretenimiento de masas y vinculación al aire libre) aparecería en el manifiesto “Es necesario organizar el reposo de las masas”, publicado en 1932, en el número 7 de la revista AC (Documentos de Actividad Contemporánea) que editada el GATEPAC (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea). En él puede leerse que “las autoridades, mandatarias del pueblo, deben recoger este deseo, esta necesidad de las masas. Y tienen el deber, la obligación, de organizar, crear y estructurar por los medios más modernos -funcionalistas- las zonas dedicadas al reposo y a la vida al aire libre, antes de que el crecimiento de la ciudad lo haga imposible”.
El periodo de la Segunda República española (1931-1936/1939) prestó especial atención a estas nuevas necesidades de la población. En el caso de la capital, Madrid contaba con el hándicap de no disponer ni de costa ni de un río importante, pero aprovechó sus escasos recursos acuáticos para proponer un programa de espacios recreativos vinculados al río Manzanares.
Aprovechando canalizaciones y embalsamientos, el Manzanares aparentó disponer de un caudal mayor y se convirtió en escenario para el ocio y el deporte al aire libre madrileño, estableciendo una novedosa relación entre la ciudad y su río. El curso fluvial ofrecía un escenario ideal para ello: estaba próximo al centro urbano, sus circunstancias le habían permitido permanecer relativamente libre del proceso urbanizador y, además, se veía favorecido por su conexión directa con los espacios naturales del Monte de El Pardo. La canalización del cauce (cuestión que era, además, importante para controlar su irregular régimen) y, sobre todo, la retención de las aguas, le dieron la capacidad de proporcionar una “playa” para Madrid o, también, de desarrollar un complejo de piscinas en una “isla”.
El Manzanares iniciaría con ello una vocación vinculada a la práctica deportiva al aire libre que iría sumando nuevas instalaciones en su entorno. Pero en estos casos (como el llamado Parque Sindical), el río perdería el protagonismo, ya que se alojaron en sus proximidades. No obstante, esto sería un espejismo y el rio volvería a ser despreciado al verse constreñido por una autopista trazada por sus dos orillas (la M-30). Todo cambiaría a comienzos del siglo XXI, con el soterramiento parcial de esa vía de circunvalación y la creación de Madrid-Río, el gran parque urbano que ha permitido a Madrid redescubrir su río e integrarlo definitivamente en la vida ciudadana.

Islas y playas para el Manzanares.
Piscina La Isla
Antiguamente, el río Manzanares contaba con varias pequeñas islas en su recorrido junto a la ciudad y, cuando su curso fue canalizado a principios del siglo XX, algunas se mantuvieron. Una de las más destacables era la que emergía junto al Puente del Rey, enfrente de la Estación del Norte (Príncipe Pío). Ese islote sería escogido como base para la construcción, en 1931, de un equipamiento deportivo y de ocio pionero, que recibiría su denominación de su peculiar emplazamiento: Piscina “La Isla”.
Sucesión de ortofotos del área que ocupó la Piscina “La Isla”. De arriba abajo: 1927, con la isla formalizada en el centro del cauce del río; 1956, con los restos de la isla; 1977, la isla ha desaparecido; 2005, durante las obras de soterramiento de la M-30; 2018, con Madrid-Río en su área septentrional.
“La Isla” se encontraba antes del Puente del Rey, junto a la Estación del Norte (Príncipe Pío)
El proyecto fue realizado por Luis Gutiérrez Soto (1900-1977), un muy notable y prolífico arquitecto cuya obra contribuiría a definir el Madrid del siglo XX (con ejemplos como los cines Barceló o Callao, el Ministerio del Aire, el edificio del Alto Estado Mayor o numerosísimas viviendas, desde la Torre del Retiro al conjunto Vallehermoso, por citar algunos de los más conocidos). La isla fue reconfigurada artificialmente dándole una forma de huso, para acoger, en su parte central, un edificio que albergaba las instalaciones, una piscina interior y la mayor del programa funcional: vestuarios, cafetería, solárium, o incluso una pista de baile. Los extremos de la isla, definidos como una “proa” y una “popa” de un barco (y denominados así), contaban también con sendas piscinas.
La piscina “La Isla” jugaba con la analogía de un barco anclado en el centro del rio.

Sección, alzado y planta baja del edificio central de la Piscina “La Isla” de Luis Gutiérrez Soto.

Imagen de la piscina de popa de “La Isla”.
Esta terminología y la estética racionalista de la arquitectura eran analogías que sugerían una nave anclada en el centro del río, que se encontraba conectada con las orillas por medio de unas pasarelas que le daban acceso. Parece clara su inspiración en el emblemático edificio del Real Club Náutico de San Sebastián, diseñado en 1929 por José Manuel Aizpurúa y Joaquín Labayen. Así, el conjunto constituía una metáfora que pretendía magnificar las posibilidades reales del pequeño cauce.
El éxito de “La Isla” fue total, pero no duraría demasiado dado que durante la Guerra Civil sufrió graves destrozos. A pesar de las reconstrucciones realizadas, no se recuperaría completamente y las inundaciones padecidas (especialmente la de 1947) dañarían considerablemente el conjunto. En 1954, el complejo era una ruina y, aprovechando las obras de reencauzamiento del río, se optó por demolerlo y hacer desaparecer la isla.
La “playa” de Madrid
La piscina “La Isla” fue una iniciativa privada, bastante elitista, que no solventaba la demanda de la mayor parte de la ciudadanía. Por eso, su éxito fue un acicate para promocionar desde instancias públicas actuaciones similares de carácter popular. Desde luego, la “Isla” había puesto el foco en el Manzanares, un magnífico escenario en el que situar áreas de ocio y deporte en contacto con la naturaleza, que resultaba, a la vez, cercano y alejado del núcleo urbano
El embalsamiento del río posibilitó la creación de la “playa” y el complejo deportivo contiguo.
Así, aguas arriba, hacia el bosque de El Pardo, antes de comenzar el recorrido urbano del río, se construiría una presa que embalsaría las aguas para crear la denominada “Playa de Madrid”, una denominación que provocó bastantes chanzas desde las ciudades marítimas peninsulares. Esta operación, desarrollada entre 1932 y 1934, supuso la creación de la primera playa artificial en España. El proyecto corrió a cargo de Manuel Muñoz Monasterio (1903-1969), un arquitecto que tendría una intensa relación con el mundo deportivo, particularmente del fútbol. Entre sus obras destacaron el Estadio Santiago Bernabéu (1944, con Luis Alemany Soler), el​ Estadio Ramón de Carranza en Cádiz (1955, con Manuel Fernández Pujol), o el Estadio Ramón Sánchez-Pizjuán en Sevilla (1958). Muñoz Monasterio también diseño los edificios de la “playa”, siguiendo el racionalismo que transmitía esa imagen de modernidad e higienismo que se buscaba.
Perspectiva del proyecto de Manuel Muñoz Monasterio para la “Playa de Madrid”.
La asistencia de miles de personas confirmaría la gran repercusión que tendría la “playa” y sus espacios deportivos, hasta el punto de que uno de sus principales accesos desde el norte sería conocido como “la carretera de la playa” (actualmente, avenida del Cardenal Herrera Oria).
También la “playa” sufrió las consecuencias de la Guerra Civil, pero fue reconstruida en 1947, por el mismo arquitecto, aunque modificando la imagen racionalista con incorporaciones “clasicistas/tradicionalistas” (como cubiertas y pináculos de pizarra) que sintonizaban con el nuevo espíritu estético del régimen imperante. Además, también cambiarían sus usuarios, que vendrían de las clases acomodadas de la ciudad. Finalmente, la presa fue desactivada, y el complejo deportivo sería utilizado como club social por varias empresas para sus trabajadores. En la actualidad, está abandonado.
Imagen de la “Playa de Madrid”
El Parque Sindical
El hecho de que la “playa” evolucionara hacia un público más exclusivo llevaría a que años después se construyera otro gran equipamiento deportivo para las clases trabajadoras. Sería impulsado desde la Obra Sindical "Educación y Descanso" y se bautizó oficialmente como “Parque Sindical Deportivo Puerta de Hierro”, aunque sería conocido popularmente como Parque Sindical (y, despectivamente, como el “charco del obrero”).
Este nuevo complejo supondría un cambio significativo porque ya no se encontraba, como los anteriores, “dentro” del río, sino en una de sus orillas (entre la carretera de El Pardo y el cauce). El proyecto también corrió a cargo también de Manuel Muñoz Monasterio y fue inaugurado en 1955. No obstante, en 1959 se realizó la obra que se convertiría en el emblema del Parque Sindical: con un proyecto del arquitecto Francisco de Asís Cabrero se integraron las tres piscinas exteriores creando una única lámina de agua de más de 7.000 metros cuadrados (una superficie similar a la de un campo de fútbol) creando la mayor instalación de ese tipo al aire libre en la Europa de aquel tiempo. La extraordinaria extensión de su superficie acuática le llevó a heredar el nombre popular de “playa de Madrid”.
Sucesión de ortofotos del área del Parque Deportivo Puerta de Hierro, junto al Hipódromo. De arriba abajo: 1956, 1977; y 2018.
Pero más allá del baño público recreativo, el complejo buscaría consolidar una oferta deportiva amplia. Así en 1958 se abriría el campo de fútbol y la pista de atletismo. Al año siguiente de dotó de iluminación al frontón y a las canchas de baloncesto. En la actualidad, cambiada la denominación de Parque Sindical por la de Parque Deportivo Puerta de Hierro, el complejo sigue en funcionamiento, gestionado por la Comunidad de Madrid con una oferta polideportiva muy variada (que incluye, por ejemplo, campo de golf de nueve hoyos, pabellón de tiro con arco o campo de rugby entre otros).

Estos complejos deportivos abrirían el camino a otros, tanto públicos y privados, que se irían construyendo en el entorno del río, pero desvinculados del cauce. El Manzanares iría perdiendo protagonismo y, paulatinamente, volvería a ser “olvidado” por los ciudadanos. Esa desafección se agravaría durante la primera mitad de la década de 1970, cuando el cauce se vio bordeado, en sus dos orillas, por una autopista (la M-30, la vía de circunvalación también conocida como “el tercer cinturón” y hoy rebautizada como Calle 30). Las anchas calzadas de la autovía que constreñían el curso del agua y su intensísimo tráfico rodado producirían una barrera urbana que separó físicamente al río de la ciudad.
El río Manzanares, constreñido por las calzadas de la vía de circunvalación M-30.

Madrid-Río, el gran parque urbano del río Manzanares.
Durante décadas, el Manzanares no sería más que una “anécdota” en la vida madrileña pero su apartamiento no sería definitivo porque, en el comienzo del siglo XXI, todo cambiaría. El río recuperaría un papel importante en la ciudad gracias a uno de los espacios más aclamados del Madrid reciente: el gran parque urbano Madrid-Río.
Planta del parque urbano Madrid-Río
La operación Madrid-Río fue abordada en dos etapas. En la legislatura que transcurrió entre 2003 y 2007 se llevó a cabo el soterramiento de una buena parte de la autovía M-30 que circunvala la parte central (la denominada “almendra”) de la ciudad. El resultado fue que esta vía pasó a discurrir en túneles entre los entronques de las autovías nacionales III (con destino Valencia) y V (con destino Extremadura y Lisboa).
Esta actuación liberó, en su recorrido occidental junto al río Manzanares, una gran superficie de terreno que la ciudad pudo recuperar para uso ciudadano gracias al planeamiento de un gran parque urbano. Para afrontar su diseño se convocó, en el año 2005, un concurso internacional. La propuesta vencedora fue la presentada por un equipo integrado por tres estudios de arquitectura españoles: Burgos/Garrido, Porras/Lacasta y Rubio/Álvarez Sala, que contaron con la colaboración del equipo de paisajistas holandeses West 8. Esta segunda fase de la gran operación de reconversión urbana se abordó en la legislatura 2007-2011, siendo finalizada en abril de 2011.
El nuevo parque junto al río Manzanares ha permitido fijar un corredor verde que relaciona los espacios naturales de El Pardo con el sur de Madrid, relacionando espacios verdes que hasta entonces estaban desconectados (algunos históricos como los Jardines del Moro o la Casa de Campo) y recualificando una serie de barrios que estaban muy afectados por el cinturón viario. El reajuste ecológico y medioambiental ha resultado fundamental para esa parte de la ciudad que ha dejado de sufrir la contaminación producida por miles de vehículos y ha pasado a disfrutar de un sistema verde muy apreciado por los ciudadanos.
Imagen de Madrid-Río en la zona del puente de Segovia.
Madrid-Río, con una extensión que supera las ciento veinte hectáreas, se apoyó en tres pilares: el medioambiental, el lúdico y el deportivo, y logró eliminar la barrera que separaba los barrios de las dos riberas del río. Estructurado en diferentes ámbitos con personalidad propia protagonizados por los elementos verdes, el gran parque se complementa con numerosas pistas deportivas, áreas de juegos infantiles y de adultos, o lugares para la realización de eventos culturales (a los que se suma el extraordinario complejo municipal del Matadero). Incluso, rememorando la historia cercana, incluye una nueva “playa de Madrid”. Complementariamente, se han reforzado las conexiones entre los barrios de las dos riberas del río con la construcción de nuevos puentes, entre los que destaca el icónico Puente Monumental de Arganzuela, un paso peatonal y de bicicletas de casi 300 metros de longitud diseñado por el arquitecto francés Dominique Perrault.
Madrid-Río ha permitido a la capital reconciliarse su río, redescubrirlo e integrarlo definitivamente en la vida ciudadana, proporcionándole un protagonismo que se ha visto ratificado por el gran éxito del parque.

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