3 dic. 2017

Nápoles, la identidad como producto de la diversidad (y 2)

Los contrastes identitarios de Nápoles superan el ámbito de lo urbano para ser también sociales. A la izquierda, calle de los Quartieri Spagnoli y a la derecha, Galería Umberto I.
La identidad napolitana es el producto de una peculiar fusión de elementos de origen diverso que ha logrado expresarse de forma nítida y reconocible, con rasgos distintivos que van desde una lengua propia, hasta las inolvidables canciones napolitanas y su sutil melancolía, o el carácter festivo, exagerado y casi pendenciero de sus gentes, entre otras manifestaciones. Su particular personalidad se refleja en una ciudad de contrastes, donde conviven trazados urbanos muy distintos (combinando orden y caos) con heterogéneos edificios (tanto esplendorosos como humildes), todo ello en una sugerente mezcla de languidez y nostalgia con optimismo y esperanza.
En la primera parte del artículo, analizamos las claves napolitanas desde su fundación hasta el final de la Edad Media, dejando para esta segunda la evolución a partir de entonces, cuando Nápoles emergió como una de las grandes capitales europeas (llegando a competir con Londres y París) que decayó tras la unificación italiana. No obstante, Nápoles mantiene ese irresistible atractivo que la convirtió en una de las ciudades más fascinantes del Mediterráneo.

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La Península Itálica ha mediados del siglo XV, cuando los aragoneses, que ya controlaban Sicilia, expulsaron a los angevinos de Nápoles.

Nápoles aragonesa y renacentista.
Tras las conocidas como “Vísperas Sicilianas” de 1282, que supusieron la expulsión de los Anjou de la isla, esta quedaría bajo dominio de la Corona de Aragón. Los Anjou, habían logrado conservar el territorio continental de su reino, pero en 1442, el rey Alfonso V de Aragón, desde su base insular, acometería con éxito la conquista del reino peninsular, dando fin a la dinastía angevina e iniciando el periodo de la Nápoles aragonesa.
Con los nuevos dirigentes llegaron las ideas renacentistas que estaban floreciendo en las ciudades del norte peninsular (particularmente en Florencia), impulsadas por Alfonso V, quien ejerció un importante mecenazgo cultural y favoreció la difusión del humanismo. En aquellos años, Nápoles prosperaría viendo como su población ascendía hasta los 110.000 habitantes, gracias, sobre todo, a una numerosa inmigración. El gran momento de la ciudad se vería refrendado porque Alfonso V gobernaría Aragón desde Nápoles, donde instaló su Corte.
Arriba comparación entre las murallas angevina (naranja) y aragonesa (azul). Debajo esquema de las torres de la muralla aragonesa (en amarillo existentes y en blanco desaparecidas).
Entre las muestras más significativas del renacimiento napolitano se encuentra la remodelación del Castel Nuovo, con el imponente arco triunfal de la puerta principal situada entre dos torres angevinas. Pero más allá de la construcción de edificios notables, el periodo aragonés tuvo personalidad propia en la historia napolitana por la importante ampliación del recinto urbano que le proporcionaría una nueva imagen defensiva. La extensión comenzó en 1484 por el este y continuaría entre 1499 y 1501 por el sector suroccidental. Esa nueva muralla (llamada “muralla aragonesa”, mura aragonesi) estuvo caracterizada por veintidós torres cilíndricas que acompañarían los lienzos orientales, algunas de las cuales se conservan todavía (y también parte de los muros).
Restos de la muralla aragonesa de Nápoles: La Porta Nolana, flanqueada por las Torres de la Fe y de la Esperanza.
Pero el periodo no estuvo exento de conflictos (de hecho, el refuerzo defensivo tuvo que ver con ellos). La muerte sin descendencia “legal” de Alfonso V, hizo que la corona pasara a su hermano Juan II, exceptuando el reino de Nápoles, que fue legado a su hijo bastardo (que gobernaría como Fernando I de Nápoles). Esta decisión inició un largo contencioso con Francia, (que reclamaba dicha herencia a partir de los supuestos derechos de los Anjou). La disputa terminaría en una guerra que tendría como resultado la victoria, en 1504, de la Corona aragonesa dando fin a las pretensiones francesas.
Aragón estaba entonces gobernado por Fernando II “el católico”, cuyo matrimonio con Isabel de Castilla daría origen a España. En consecuencia, Nápoles pasaría a integrarse dentro de la nueva nación.

Nápoles española.
Durante el renovado periodo hispánico se creó el Virreinato de Nápoles, cuyos gobernantes eran nombrados por el rey de España, quien los escogía entre la nobleza de la Península Ibérica. Entre los virreyes destacaría Pedro Álvarez de Toledo (también rememorado como Pedro de Toledo) que gobernó entre 1532 y 1553. Esas dos décadas, imbuidas de espíritu renacentista, supusieron cambios notables para la ciudad. Nápoles siguió creciendo de forma muy considerable, alcanzando los 400.000 habitantes a principios del siglo XVII. Este incremento constante de población forzó una nueva ampliación de los límites urbanos
En esta época se realizó la expansión de la ciudad hacia el oeste, quedando prácticamente conformado el “centro histórico” de Nápoles. En esta ampliación destacaron los llamados Quartieri Spagnoli (barrios españoles), trazados como una cuadrícula rígida, de calles estrechas, encaramada en las laderas de la colina de San Martino y destinada a albergar a las guarniciones españolas. Aquel lugar atraería a la prostitución y mostraría elevados índices de criminalidad, ganándose una considerable mala reputación. Finalmente, la salida de las tropas dejaría el barrio para los napolitanos. Las viviendas incrementarían su altura, densificando considerablemente la zona, gestándose una de las “imágenes” más típicas y costumbristas de la ciudad.
Ubicación de la cuadríacula de los Quartieri Spagnoli junto a la Via Toledo.
Relacionada con estos barrios nacería la casi rectilínea Via Toledo, que se convertiría en una de las vías principales de la ciudad (proyectada en 1536 por los arquitectos reales Ferdinando Manlio y Giovanni Benincasa, con 16 metros de anchura) y que aprovechaba la desaparición el tramo occidental de la muralla aragonesa, albergando muchos edificios monumentales. Los mismos arquitectos construirían el Palacio Virreinal en 1546, que acabaría desapareciendo con la construcción del posterior Palacio Real. También se actuó en el Largo di Palazzo (que se transformaría siglos después en la actual Piazza del Plebiscito) o en la ampliación del decumano inferior, prolongándose en sus extremos (dando origen a la actual Spaccanapoli). También se construirían edificios representativos como la Real Basílica Pontificia de Santiago de los Españoles. Pedro de Toledo acometería igualmente obras de reforma y saneamiento de la ciudad (con pavimentaciones y redes de alcantarillado) e incluso modificaría parcialmente la muralla de la ciudad ampliando el recinto para recoger nuevos crecimientos.
Nápoles en 1572, grabado por Braun y Hogenberg para el Civitates Orbis Terrarum.
El siglo XVII consolidaría a Nápoles como una ciudad importante. El barroco sería el estilo imperante ofreciendo una imagen renovada de la ciudad con sus grandes edificaciones. En ella proliferarían iglesias, capillas, conventos y numerosos palacios de la aristocracia y de los grandes comerciantes
La singular Capilla barroca de Sansevero, con el maravilloso “Cristo Velado” (Giuseppe Sanmartino, 1753) en el centro.
El Palazzo Reale, obra de Doménico Fontana (1600-1616) es uno de los edificios más sobresalientes del periodo, destacando también la iglesia de Santa Maria della Verità (inicialmente de Sant'Agostino degli Scalzi). Pero, en torno a la mitad de la centuria, se produjeron una sucesión de graves desastres que perjudicarán a la ciudad (desde la terrible erupción del Vesubio de 1631, a la grave revuelta popular de Masinello y su posterior represión en 1647 y, sobre todo, la peste de 1656, que asolaría la ciudad dejándola en 160.000 residentes). No obstante, Nápoles se iría recuperando paulatinamente.
Palacio Real de Nápoles.
A comienzos del siglo XVIII, en el contexto de las turbulencias producidas por la Guerra de Sucesión española, Austria aprovechó para hacerse con el dominio de Nápoles en 1707. El periodo austriaco fue un interregno breve que duró hasta 1734, cuando Carlos, hijo del rey Felipe V de España y entonces Duque de Parma, logró recuperar el reino napolitano para la dinastía borbónica. Su padre no integró la conquista en España y le cedió la corona. Así Carlos de Borbón (Carlo di Borbone) comenzó a reinar como Carlos VII de Nápoles, hasta que la muerte sin descendencia de su hermano Fernando VI de España, en 1759, le planteó el dilema de aceptar su herencia, renunciando a Nápoles. La decisión que tomó fue la de convertirse en el nuevo rey de España, Carlos III, dejando a su tercer hijo, Fernando como nuevo monarca (que sería IV de Nápoles y III de Sicilia).
Trazado de la muralla virreinal de Nápoles.
Con Carlos de Borbón (y sus sucesores), Nápoles emergería como una de las grandes capitales europeas, rivalizando con París o Londres. Su preocupación por dotar a Nápoles de la categoría que le correspondía como gran capital europea, impulsó operaciones de “embellecimiento” de la misma y también nuevas construcciones que proporcionaran la ambicionada representatividad (aunque sin acometer la necesaria recualificación de los superpoblados, densos y degradados barrios populares).
Evolución de Nápoles. Arriba en el siglo XVI y debajo en el XVII.
Entre los ejemplos pueden citarse construcciones como el Palacio de Capodimonte (residencia real de verano y lugar para acoger la colección de arte de los Farnesio que había heredado Carlos por vía materna). Este palacio fue realizado en 1738 según proyecto de Giovanni Antonio Medrano (autor también del Teatro San Carlo en 1737, uno de los principales teatros de ópera de Europa). O también el gigantesco Albergo dei Poveri (Asilo de pobres) surgido dentro del programa de caridad tan propio del “despotismo ilustrado”. Este edificio sería proyectado por Ferdinando Fuga, quien también se responsabilizaría de ampliar el Palacio de Capodimonte en 1760. Y en especial, destaca, a pesar de encontrarse en Caserta, a unos cincuenta kilómetros al norte de la capital, el gran conjunto del Palacio Real de Caserta (Reggia di Caserta), una relevante muestra de la arquitectura barroca que miraba a Versalles como referencia y que fue proyectado por Luigi Vanvitelli (y en el que también participó Francesco Sabatini, que acompañaría en su momento a Carlos en su destino español y trabajaría en el Palacio Real de Madrid).
Palacio Real de Caserta.
Entre los grandes espacios urbanos del periodo se encuentra la Piazza Dante (inicialmente Foro Capitolino) construida entre 1757 y 1765 en un espacio, tangente a las murallas aragonesas, junto a la Port’Alba en el inicio de la Via Toledo, que era muy utilizado desde tiempo atrás. El proyecto de Luigi Vanvitelli, conformado como un gran hemiciclo proporcionó a Nápoles uno de sus espacios más espectaculares. Desde aquella época se fue consolidando paulatinamente el barrio de Chiaia con palacios que miraban al mar desde las laderas de las colinas.
Barrio de Chiaia.
Pero aquella Nápoles barroca o neoclásica, la Nápoles del Despotismo Ilustrado, aparentemente esplendorosa, ocultaba una realidad mucho menos resplandeciente. Nápoles era una ciudad socialmente muy desigual, con contrastes brutales entre las clases ricas y las pobres.

Nápoles francesa, de nuevo (el paréntesis napoleónico).
En ese delicado contexto social, la Revolución Francesa alteró al pueblo napolitano (ya de por sí bastante levantisco). Las sublevaciones contra la nobleza forzaron la huida del rey Fernando en 1798, que abandonó Nápoles en dirección a Sicilia. Tras la salida del monarca, se proclamaría, en el territorio continental, la República Partenopea, aunque su vida sería efímera, solamente unos pocos meses del año 1799 que terminaron violentamente, posibilitando el regreso del monarca. Pero en 1806, Napoleón Bonaparte conquistó el Reino de Nápoles que se convertiría en un estado satélite francés. Napoleón expulsó al monarca borbón (que volvió a refugiarse en Sicilia, territorio que logró mantener gracias al apoyo británico) y situó en su lugar a su hermano José Bonaparte, quien gobernaría hasta 1808, fecha en la que pasó a ser rey de España. La corona quedó entonces en manos de Joachim Murat (cuñado de Napoleón) hasta la caída del imperio napoleónico en 1815.
La ocupación napoleónica sería un paréntesis sin demasiadas consecuencias para la ciudad. La brevedad del periodo impediría grandes intervenciones. No obstante, se acometieron reordenaciones administrativas, ciertas mejoras infraestructurales (como la iluminación viaria) y alguna reestructuración viaria, principalmente el corso Napoleone (actual corso Amedeo di Savoia) que prolongaba la vía Toledo para enlazar con el Palacio Real con Capodimonte. Otras ideas no pasaron del proyecto, aunque se acometerían en la posterior época de la Restauración (como el llamado Foro Napoleone, hoy Piazza del Plebiscito)

Nápoles siciliana (o Sicilia napolitana), como en los viejos tiempos (la Restauración)
El Congreso de Viena de 1815, convocado tras la derrota definitiva de Napoleón, reconfiguró el mapa político europeo. Uno de los acuerdos suscritos fue la restauración del reino de Nápoles con la dinastía borbónica, que, entonces, unificaría el área continental con la insular dando origen, en 1816, al Reino de las Dos Sicilias (recuperando la unión de siglos anteriores). Así el rey Fernando (hasta entonces IV de Nápoles y III de Sicilia) pasaría a gobernar como Fernando I de las Dos Sicilias.
Esta segunda etapa borbónica dejaría luces y sombras. Desde luego relevantes luces culturales (con, por ejemplo, la época dorada operística del Teatro San Carlo) pero muy importantes sombras sociales, económicas y políticas. El absolutismo de los monarcas restaurados tuvo que lidiar con las revueltas sociales que se enmarcaron en el conflictivo contexto del segundo cuarto del siglo. Una consecuencia de ello fue el temor de la nobleza y de la Corona hacia el incipiente fenómeno industrial. El miedo a la consolidación de una clase obrera que acrecentara los problemas sociales condicionaría el desarrollo de una industrialización muy moderada, que dejaría atrás a Nápoles respecto a las grandes ciudades europeas.
Piazza del Plebiscito.
La Restauración terminaría alguna de las obras pendientes y proyectaría otras significativas como la ampliación de la vía de Duomo (1851) que se llevaría a cabo en el periodo Unitario. Entre las “herencias” recibidas estuvo la espectacular Piazza del Plebiscito, un amplio espacio presidido por el Palacio Real al que se enfrenta una columnata semicircular, en cuyo centro se encuentra la neoclásica Basílica de San Francisco de Paula (Pietro Bianchi, 1817-1846), encargada por Fernando I como ofrenda por la recuperación del Reino, tras del dominio francés.
Igualmente, se acometerían importantes obras infraestructurales como el levantamiento, en 1824, de la última muralla napolitana (motivada por fiscales, ya que el objetivo del denominado Muro Finanziere fue impedir la entrada de contrabando y favorecer el comercio legal) o también, en 1839, la primera línea ferroviaria en territorio italiano, la Napoles-Portici.
Trazado del Muro Finanziere de 1824.

Nápoles italiana (tras la Unificación).
El Reino de las Dos Sicilias no sería muy longevo porque a Fernando le sucedería su hijo, Francisco I (rey entre 1825 y 1830); a este, Fernando II (1830-1859); y finalmente Francisco II (1859-1861) que sería depuesto por las tropas de Giuseppe Garibaldi y Víctor Manuel II de Saboya, dentro del proceso de unificación italiana.
La desaparición del reino, absorbido por el recién proclamado Reino de Italia (1861), supuso un varapalo para la ciudad. Entonces, la ciudad contaba con casi 500.000 habitantes, siendo la mayor de Italia y una de las más pobladas de toda Europa, pero estaba lastrada por los problemas crónicos de desigualdad social y la tímida industrialización, que unidas a la pérdida del protagonismo que ejercía como capital, tendrían consecuencias muy negativas. El progresivo empobrecimiento empujaría a una numerosísima emigración de napolitanos hacia América y agravaría el espíritu contestatario de los napolitanos que verían en Roma un nuevo poder “extranjero” que perjudicaba sus intereses.
No obstante, desde el nuevo gobierno central se intentó detener la decadencia napolitana potenciando la industria (sobre todo siderúrgica) y acometiendo importantes obras de reestructuración urbana con el objetivo de sanear los barrios pobres del centro, mejorar la conectividad y favorecer la economía comercial. Se sucedieron propuestas diversas (como el ensanchamiento de la vía Duomo) hasta que se logró redactar un Plan General de Risanamento en 1885. 
Plan de Risanamento de Nápoles.
El “saneamiento” de la ciudad seguiría la estrategia de “sventramento” (la expresiva palabra italiana que, en el campo urbanístico, se refiere a la demolición de tejidos antiguos para dar paso a otros nuevos). El “sventramento” transformó radicalmente la apariencia de buena parte de los barrios históricos de la ciudad. Nuevas vías y espacios públicos (calles como el Corso Umberto I, también llamado rettifilo, o la Via Guglielmo Sanfelice y plazas como la Nicola Amore o la Giovanni Bovio), así como nuevas edificaciones de uso institucional o comercial (como la Bolsa o la Galería Umberto I) forzarían la desaparición de amplias zonas del casco antiguo. Las intervenciones lograrían algunos objetivos (visibilidad, negocio inmobiliario, nuevos usos, etc.) pero no solucionaría el problema de fondo del deteriorado casco napolitano (ni la pobreza) que quedó “oculto” tras las esplendorosas “fachadas” proporcionadas por el Plan de Risanamento.
Via Duomo.
El Corso Umberto I trazado sobre el tejido del casco antiguo napolitano e imagen de la nueva calle.
El gran programa de “saneamiento” urbano finalizó oficialmente en 1918. Tras la Primera Guerra Mundial, Nápoles ampliaría sus límites con la anexión de varios municipios vecinos incrementando su extensión y su población, construiría infraestructuras (desde el aeropuerto hasta los funiculares o el Metro) y en general potenció su imagen turística.
En la actualidad, Nápoles alcanza prácticamente el millón de habitantes (que son 3,1 considerando el área metropolitana). En ese proceso urbanizador, la ciudad continuaría la dinámica de contrastes tan propia, generando crecimientos de interés, así como barrios menos afortunados (por ejemplo, alguno de los surgidos en el distrito de Scampìa, tristemente famosos por sus vinculaciones a la camorra).

No obstante, Nápoles mantiene ese irresistible atractivo que la convirtió en una de las ciudades más fascinantes del Mediterráneo. En palabras de José Riello (“Viaje a las Ciudades del Arte. Nápoles/Caravaggio”. Unidad Editorial, Madrid 2010), “no es sólo un país dentro de Italia, un universo independiente que es a la par ajeno y familiar al resto de la península, sino que es el fin, el lugar donde acaba el camino y donde comienza el retorno. Era el sur del Sur, el límite donde Europa acababa, una frontera física y cultural. Se trataba, como dice el proverbio, de “ver Nápoles y después morir.
La Nápoles actual y metropolitana se extiende por la bahía y las proximidades del Vesubio.

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