16 dic. 2017

De la teoría a la práctica: las ciudades-fortaleza del Renacimiento (los casos de La Valeta y Palmanova)

La cuadrícula de La Valeta (izquierda) y los polígonos regulares de Palmanova (derecha) son dos muestras de la ordenada geometría renacentista.
No es sencillo pasar de la teoría a la práctica. Más aún cuando las ideas son novedosas y se oponen radicalmente a la costumbre. En términos urbanos, esta circunstancia se complica por la complejidad de la ciudad, afectando tanto a su aplicación a lo existente como a los casos de nuevas fundaciones.
Durante los siglos XV y XVI, el Renacimiento reorientó la cultura occidental reivindicando los valores de la época clásica (Roma y Grecia) y revolucionando todos los ámbitos de lo humano, desde el pensamiento hasta la ciencia o el arte. En consecuencia, también la arquitectura y la ciudad fueron reformuladas, pero, mientras que en la arquitectura se lograron fijar unos nuevos cánones de orden y proporción, materializados en edificios concretos, las ciudades tuvieron más dificultades para pasar de las ideas a la realidad.
Las escasas realizaciones urbanas renacentistas estuvieron vinculadas a planteamientos políticos y militares, concretados en ciudades-fortaleza. Entre los ejemplos más destacados se encuentran La Valeta, la capital de Malta, y Palmanova, en el entorno de Venecia.

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La ciudad renacentista como objeto de especulación teórica (y, esporádicamente, práctica).
No es sencillo pasar de la teoría a la práctica. Más aún cuando las ideas son novedosas y se oponen radicalmente a la costumbre. En términos urbanos, esta circunstancia se complica por la complejidad de la ciudad, afectando tanto a su aplicación a lo existente como a los casos de nuevas fundaciones.
Durante los siglos XV y XVI, el Renacimiento reorientó la cultura occidental reivindicando los valores de la época clásica (Roma y Grecia) y revolucionando todos los ámbitos de lo humano, desde el pensamiento hasta la ciencia o el arte. En consecuencia, también la arquitectura y la ciudad fueron reformuladas, pero, mientras que en la arquitectura se lograron fijar unos nuevos cánones de orden y proporción, materializados en edificios concretos, las ciudades tuvieron más dificultades para pasar de las ideas a la realidad.
La teoría renacentista sobre la ciudad fue una reflexión integral que aportó novedades relevantes, más allá de la declarada conexión espiritual con los modelos de la Grecia y Roma clásicas. Su definición se fue asentando en los Tratados arquitectónicos que partieron del descubrimiento de los libros de Vitruvio (De architectura, o Los Diez Libros de Arquitectura). La obra del romano, aunque fue conocida durante la Edad Media, adquiriría un inusitado protagonismo con el Renacimiento. El responsable de ello sería Leon Battista Alberti (1404-1472), quien le proporcionaría actualidad y capacidad de influencia desde que, hacia 1450, escribió los doce tomos de su magna “De re aedificatoria”, en la que planteó los grandes temas de la nueva arquitectura. Su relación con el tratado vitruviano sentó las bases de una manera diferente de enfrentarse a la forma arquitectónica, con un pretendido carácter “fundacional”. Aunque en su Tratado no se dedicó a la ciudad como tal, sí sugirió formas de abordar el diseño de algunos espacios urbanos (calles, por ejemplo), indicando los caminos a seguir, que serían desarrollados por los tratadistas posteriores.
Entre los más destacados, entre los que acometerían el diseño de la ciudad, estuvo Antonio Averlino, "Il Filarete" (1400-1469). Filarete difundiría su "Trattato d'Architettura" hacia 1465. En él se reflexiona sobre la ciudad ideal retratada como una ciudad imaginaria a la que llamaría Sforzinda. Sforzinda sería la primera propuesta (teórica) renacentista planificada globalmente. Otros tratadistas interesados en lo urbano serían Francesco di Giorgio Martini (1439-1502) con su "Trattato di architettura civile e militare" o Pietro Cataneo (1510-1574), que publicaría en 1554 sus "Quattro libri dell'Architettura", incluyendo ejemplos de ciudades ideales cuyo trazado se apoyaba en polígonos regulares.
Sforzinda, la ciudad ideal de Filarete.
Las características más destacadas del modelo urbano renacentista podrían resumirse en las siguientes:
• La recuperación de la planificación frente a la espontaneidad medieval (aunque hay excepciones, como es el caso de las bastidas o de alguna propuesta teórica, como la ciudad de Francesc Eiximenis). La Edad Media, debido a sus turbulencias, dificultaría la visión anticipada y los planes, de manera que las ciudades, tanto en sus crecimientos como en sus nuevas creaciones, estuvieron regidas, mayoritariamente, por la espontaneidad. Así, la tónica general del medievo fue la urbanización orgánica e irregular (a lo sumo condicionada por una determinada orografía). El gran cambio experimentado en el Renacimiento fue el paso de una ciudad ejecutada “por agregación” a una ciudad “sistemática. Se abandonaba la improvisación en favor del plan y del proyecto. De esta manera, la “casualidad” medieval sería sustituida por la “causalidad” renacentista, en unos trazados urbanos, que superando la influencia de las ciudades hipodámicas griegas o de las ciudades coloniales romanas, ofrecieron propuestas propias de gran originalidad.
• Las reflexiones urbanas renacentistas no propusieron, al menos inicialmente, estrategias de crecimiento para la ciudad (como haría, por ejemplo, una cuadrícula, que puede ampliarse indefinidamente). Las ciudades teorizadas en el Renacimiento se plantearon como productos “acabados” desde el principio, presentando una extensión limitada. Hubo, desde luego, una influencia de la concepción clásica (particularmente de las polis griegas), según la cual la ciudad debía tener un umbral máximo de población que no convenía superar (de hecho, cuando las polis alcanzaban esa cifra límite, creaban colonias para recibir el excedente). Pero, este criterio respondía también a otras consideraciones de carácter estético (como la formalización de un esquema perfecto y cerrado) o práctico (como fue el trazado de poderosas murallas que defendían una ciudad, imposibilitando su desarrollo exterior). Desde luego, esto era difícilmente aplicable a las ciudades existentes, pero se intentó con las de nueva creación.
• La antigüedad clásica dio gran importancia a los rituales para la fundación de una nueva ciudad, pero no incorporó significados a las trazas concretas orientadas principalmente hacia la eficacia. En cambio, el Renacimiento sí quería transmitir mensajes con el trazado urbano específico, dotando a las planificaciones de un fuerte simbolismo. Las propuestas circulares o las de polígonos regulares vinculados con determinados números fueron muy habituales y todo ello se relacionó principalmente con las proporciones humanas. En este sentido, es reveladora la intencionalidad de Francesco di Giorgio al comentar en su tratado que “teniendo la ciudad juicio, medida y forma del cuerpo humano, circunferencias y divisiones las describiré con precisión. En primer lugar, ha de saberse que, extendido en el suelo el cuerpo humano, puesto un hilo del ombligo a la extremidad y girándolo se obtendrá una circunferencia. Similarmente se pueden hacer cuadrados y angulares. Consecuentemente debe observarse cómo el cuerpo tiene todas las divisiones y miembros con perfecta medida y circunferencias, lo mismo en la ciudad y otros edificios” (citado por Giorgio Muratore en “La ciudad renacentista”. Ed. IEAL. Madrid, 1980. Pag. 124)
• Las circunstancias históricas hicieron que las ciudades renacentistas tuvieran una fuerte impronta derivada de su funcionalidad defensiva. El norte de la península italiana, el lugar donde se fue forjando el pensamiento renacentista, sobre todo durante el siglo XV, era un mosaico de pequeños estados que debían defender sus territorios de los ataques vecinos. Por esa razón, la fortificación de las ciudades existentes y el planteamiento de nuevos asentamientos como ciudades-fortaleza fueron una prioridad en la época. Los avances de la artillería habían modificado las dinámicas de la guerra, exigiendo una reformulación de las fortalezas defensivas medievales. La ingeniería militar alumbró entonces una nueva disposición con trazados fuertemente geometrizados, poblados de bastiones, baluartes, fosos, glacis y muros que determinaron los desarrollos urbanos.
• Como ya se ha ido anticipando el gran recurso formal del Renacimiento sería la geometría. Superando las retículas clásicas (o medievales), el camino para obtener el orden y la regularidad anhelados partieron del descubrimiento de Vitruvio y de las reflexiones de los pensadores griegos. En la perfección geométrica de formas circulares, poligonales o cuadriculadas se conjugaban las concepciones filosóficas de la época, las proporciones y correspondencias con lo humano y lo simbólico, la disposición adecuada de funciones y jerarquías espaciales, o la posibilidad de ofrecer un orden general comandado por la perspectiva, el nuevo sistema visual descubierto entonces.
Todo esto afectaría relativamente a las ciudades existentes consolidadas. En estos casos (al margen de las fortificaciones de las que pudieran dotarse), las posibilidades se limitaron a la renovación o propuesta de nuevos espacios urbanos, que fueron tratados desde la formalidad monumental con criterios que unían uniformidad y ritmo dirigidos por la mencionada perspectiva. Donde los nuevos criterios pudieron aplicarse en su conjunto fue en la fundación de nuevas ciudades. No obstante, las realizaciones urbanas renacentistas fueron muy escasas y paradójicamente, no respondieron a los conceptos utópicos e ideales propuestos en los Tratados, sino que estuvieron vinculadas a necesidades políticas y militares, y se formularon desde las claves bélicas.
Por eso, los diferentes casos se ubican en localizaciones que fueron estratégicas y en su formalización primaron los aspectos defensivos exigidos por los amurallamientos. Entre los ejemplos más destacados de estas ciudades-fortaleza se encuentran La Valeta, la capital de Malta, y Palmanova, en el entorno de Venecia. Ambas son, en la actualidad, pequeñas ciudades, aunque, en su momento, se erigieron en referencias de las nuevas ideas. La Valeta ronda los 6.000 habitantes (aunque su área metropolitana se acerca a los 400.000) y Palmanova cuenta con unos 5.400 habitantes. Son dos planteamientos con similitudes y diferencias porque, si bien las dos presentan trazados regulares, Palmanova sí responde a la perfección geométrica a la que se aspiraba, mientras que La Valeta muestra una peculiar adaptación del orden a una topografía adversa.

En primer término, la península de La Valeta, cabeza del área metropolitana.
La Valeta (Malta), la cuadrícula dinámica.
Malta es un país insular del Mar Mediterráneo. Realmente, es un archipiélago que cuenta, solamente, con tres islas habitadas: la diminuta Comino, la intermedia Gozo, y Malta, que es la mayor (aunque sus dimensiones son pequeñas: 27 por 14,5 kilómetros en sus longitudes máximas con un área de 246 kilómetros cuadrados).
En la antigüedad, las dos islas principales tuvieron sendas ciudades (Melite en Malta y Gaulos en Gozo) enclavadas en el centro de cada una de ellas (cuyos nombres podrían estar relacionados etimológicamente con las denominaciones de las urbes). Estas ciudades, que tuvieron cierta notoriedad durante la época romana, son hoy lugares arqueológicos que conviven con los crecimientos modernos: Melite bajo Mdina/Rabat y Gaulos con Victoria/Rabat. No obstante, la presencia humana en las islas se remonta a varios milenios atrás, como atestiguan los monumentos megalíticos encontrados: seis templos que son Patrimonio de la Humanidad (al igual que la ciudad de La Valeta y el Hipogeo de Hal Saflieni).
Malta fue un enclave estratégico en el Mar Mediterráneo, codiciado por imperios de diferentes épocas. Ubicada al sur de Sicilia, separando oriente y occidente, por Malta pasaron fenicios, cartagineses, romanos, árabes, normandos, españoles, franceses e ingleses y especialmente, quienes marcarían su impronta definitiva, los Caballeros de la “Orden de Malta”.
Esta Orden había nacido en 1048, cuando mercaderes procedentes de Amalfi (en la península italiana) fundaron en Jerusalén un hospital para peregrinos que fue consagrado a San Juan Bautista, siendo gestionado por una nueva congregación religiosa que sería reconocida por el Papa en 1113 como “Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén”. Pronto, en el contexto histórico de las Cruzadas, esta Orden, además de su actividad hospitalaria, adquiría un estatus militar para enfrentarse a los ejércitos musulmanes. Los avatares de los que serían conocidos como “Caballeros Hospitalarios” o “Caballeros de San Juan” les llevarían desde Jerusalén a Rodas y posteriormente a Malta (de ahí su nombre definitivo de “Soberana Orden militar y hospitalaria de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta”, más conocida como “Orden de Malta”).
Ortofoto de la ciudad renacentista de La Valeta.
Los Caballeros llegaron a Malta en 1530, tras la cesión de la isla por parte del emperador Carlos I de España (a cuyo imperio pertenecía entonces). El monarca les encomendó la misión de proteger el Mediterráneo occidental del avance otomano. Los Caballeros desestimaron la centralidad de la antigua Melita-Mdina y escogieron para ubicarse una pequeña península situada en la costa nororiental de la isla, aprovechando una fortificación preexistente (que evolucionaría hacia el actual Fuerte de San Ángel). En ese lugar (donde acabaría naciendo la localidad de Birgu) resistieron las primeras embestidas turcas. Tras los ataques, y en previsión de su reiteración, decidieron trasladarse al promontorio rocoso situado en frente, donde existía una torre de vigilancia y una pequeña fortificación anexa (embrión del futuro Fuerte de San Telmo) que decidieron ampliar y potenciar.
Este asentamiento sería el punto de partida de La Valeta, que recibiría su nombre en homenaje a su fundador: el Gran Maestre de la Orden, Jean Parisot de Valette. Para el diseño de la nueva ciudad-fortaleza, el Papa Pio V comisionó al arquitecto e ingeniero militar Francesco Laparelli da Cotrona (1521-1570), quien presentó sus primeros planes en 1566. El fallecimiento de Laparelli en 1570 dejó la dirección de los trabajos en su asistente, Girolamo Cassar (1520-1592) quien, además, construiría buena parte de los principales edificios de la época.
El trazado de la nueva ciudad siguió el espíritu renacentista de orden y regularidad a pesar de la orografía del terreno, que presentaba fuertes pendientes. La propuesta fue una cuadrícula rodeada por una poderosa fortificación bastionada que envolvía toda la península. El extremo estaría presidido por el Fuerte de San Telmo que se reforzó incluyéndolo como parte de las defensas de la ciudad.
Pero esa cuadrícula no tenía sus manzanas iguales. Las diferencias de tamaño entre las manzanas de La Valeta han sido interpretadas históricamente como una materialización imperfecta de los dibujos de Laparelli. Pero las últimas investigaciones refutan esa teoría. Laparelli habría tenido una intención determinada: huir de la simplicidad de la cuadrícula incrementando su complejidad, lo cual, además, permitía una mejor adaptación a la topografía. La propuesta planteaba la reducción gradual del tamaño de las manzanas, desde los ejes centrales hacia los extremos, en ambas direcciones. Con ello, generaba una estructura ordenada pero dinámica que se alejaba de la estaticidad del damero. En 2004, Thomas Jager (de la Universidad Técnica de Braunschweig) publicó el artículo “The Art of Orthogonal Planning, Laparelli's Trigonometric Design of Valletta” (Journal of the Society of Architectural Historians, 63, No.1, 2004, 21) en el que mostraba la ley del decrecimiento de las manzanas a partir de un doble diagrama circular.
Esquema del trazado de La Valeta con la disminución del tamaño de las manzanas siguiendo la ley marcada por un doble diagrama circular.
Como decimos, esta disminución del tamaño adquiría su sentido como adaptación de la retícula a la topografía. El promontorio donde nació La Valeta, disponía de una meseta en su cima, pero sus laderas exigían manzanas de menor tamaño para poder ajustarse mejor a las pendientes que caían hacia el mar.
Sobre la retícula se irían construyendo numerosos edificios “institucionales” que proporcionarían una identidad majestuosa a la ciudad. Son destacables los edificios religiosos. En primer lugar, la Concatedral de San Juan, construida según el proyecto de Girolamo Cassar entre 1572 y 1578, y la Basilica of Our Lady of Mount Carmel, cuya cúpula determina actualmente el skyline de La Valeta (la iglesia fue proyectada inicialmente por Cassar, pero quedó muy dañada en la Segunda Guerra Mundial y fue reconstruida entre 1958 y 1981). A los edificios religiosos se sumaría en el siglo XIX, la Procatedral de San Pablo, de confesión anglicana, diseñada por William Scamp y construida entre 1839 y 1844. Cassar también proyecto el Palacio del Gran Maestre (Grandmaster's Palace).
Calles de La Valeta mostrando la complicada adaptación de la retícula a una topografía con fuertes pendientes.
La arquitectura de La Valeta también se enriqueció por la particular estructura administrativa de la Orden de Malta, organizada en “Lenguas”, divisiones geográficas aproximadamente similares a las “Provincias” de otras órdenes religiosas. Las “Lenguas” fueron inicialmente siete (Provenza, Auvernia, Francia, Italia, Aragón, Inglaterra y Alemania), aunque acabarían siendo ocho (tras desgajarse Castilla de la de Aragón), y cada una de ellas dispondría de un edificio propio, los llamados Auberges, en donde se hospedaban los Caballeros en función de su nacionalidad y lengua. Cassar proyectó los edificios originales, que fueron muy transformados por el tiempo (se vieron afectados por la Segunda Guerra Mundial y alguno ha desaparecido) Solamente el Auberge d’ Aragon se mantiene con pocas alteraciones respecto al primer proyecto.
Calles de La Valeta reflejando el color de la ciudad. Arriba la piedra caliza y debajo los balcones característicos.
En general, la imagen de la capital de Malta está determinada por el color de la piedra (la famosa piedra caliza de Malta, cuya exportación es uno de sus recursos económicos actuales) y el contrapunto de los balcones coloreados típicamente malteses.
El gobierno de la Orden de Malta sobre la isla finalizaría con la conquista de la misma por parte de las tropas napoleónicas en 1798. Pero, en 1800, los ingleses lograrían expulsar a los franceses tomando, desde entonces, su control, reconvirtiéndola en un Protectorado británico. 
La Valeta en 1943
En 1964, Malta lograría su independencia, aunque la salida definitiva de los ingleses no se produciría hasta 1979. En la actualidad, la República de Malta es un país miembro de la Unión Europea (ingresó en 2004) que supera sus limitaciones insulares gracias a su posición como lugar de tránsito comercial, paraíso financiero y, muy especialmente, al turismo (con una importante afluencia de estudiantes de inglés, uno de sus dos idiomas oficiales junto al maltés).

Palmanova se ubica en las llanuras del entorno veneciano.
Palmanova, la perfección del diseño urbano renacentista.
A finales del siglo XVI, la República Veneciana ya no pasaba por su mejor momento político. La Serenissima había perdido buena parte de sus posiciones mediterráneas, pero todavía se mantenía fuerte en sus posesiones continentales, a pesar de la presión expansionista tanto de los otomanos como de los austriacos. Para hacer frente a estas dos amenazas se tomó la decisión de reforzar sus límites orientales, levantando una ciudad-fortaleza nueva en las llanuras fronterizas (aproximadamente en la actual región de Friuli, cerca de Udine, en Italia). Este nuevo asentamiento sería Palmanova.
Planta de Palmanova
Comenzada en 1593 fue concebida como una ciudad militar y por ello se dotaría de un complejo sistema defensivo compuesto por murallas y bastiones. Su estructura final se compone de tres cercados que fueron realizados en diferentes momentos. La muralla original es el eneágono con baluartes en sus vértices que describiremos más adelante y que fue construida entre 1593 y 1620. Esta fue complementada por un sistema de revellines (fortificaciones triangulares ubicadas delante de la muralla principal y, por lo general, del foso) levantados por la Serenissima entre 1665 y 1683. Finalmente, recibió una tercera ampliación con terraplenes y lunetas, planteada por Napoleón Bonaparte, entre 1806 y 1809, para forzar el alejamiento de las baterías de ataque.
Esquemas indicativos de la construcción de las tres cercas de Palmanova.
Al margen de la formalización estrellada que presenta la ciudad gracias a las sucesivas ampliaciones de su fortificación, la ciudad defensiva original sería un alarde geométrico con una muralla perimetral que era un polígono de nueve lados (eneágono) y un gran espacio central que se formalizó como un polígono de seis lados (hexágono). Esta es una de las peculiaridades geométricas de Palmanova que hubo de solucionar la transición entre las dos figuras geométricas.
Vista aérea de la plaza hexagonal central de Palmanova.
El esquema se estructura a partir de dieciocho calles radiales, que presentan una jerarquía diferente expresada gracias a la geometría, y tres anillos viarios que circunvalan el espacio central, la Piazza Grande. Del punto medio de los lados del gran hexágono central parten las seis calles más importantes que conectan la plaza con el perímetro amurallado. Ahora bien, de estas seis, hay tres calles principales (dirigidas hacia el sur, noreste y noroeste) que conectan con los accesos a la ciudad, que, en consecuencia, son tres, remarcados por puertas monumentales (Porta Udine, Porta Aquileia o Marittima y Porta Cividale, diseñadas por Vincenzo Scamozzi entre 1598 y 1605). Las otras tres recorrían la ciudad, pero sin conexión con el exterior. Por cierto, que a Scamozzi, además del diseño de las tres puertas monumentales, se le asigna el proyecto de la iglesia del Santissimo Redentore (el Duomo) que fue comenzada en 1603 y consagrada en 1636. Esta implicación de Scamozzi en Palmanova lleva a que algunas fuentes le atribuyan el trazado de la ciudad, cuestión que no está demostrada (parece que pudo haber sido un equipo de ingenieros militares dirigido por Giulio Savorgnan).
Puerta Udine de Palmanova.
Volviendo al trazado urbano, destaca la primera corona de manzanas, que es especial porque en ella se soluciona la dificultad de pasar del hexágono (la plaza) al eneágono (las calles orbitales y el perímetro de la ciudad). Estas manzanas singulares (que se encuentran separadas por las seis radiales) ofrecen una serie de vértices en el primer anillo viario que son el origen de seis nuevas calles que se dirigen hacia las murallas. Por último, desde el punto medio de los lados largos exteriores de estas particulares manzanas surgen, completando las dieciocho, otras seis nuevas calles que cuentan con pequeñas plazas cuadradas en el encuentro con el segundo anillo. Estos espacios actuaban como centros secundarios de barrio (mercados en origen, ya que el gran espacio central actuaba como patio de armas).
Borgo Aquileia, la calle de Palmanova que se dirige a la puerta sur (Porta Aquileia o Marittima)
Otro aspecto no menor en la interpretación de Palmanova es la simbología asociada a la serie del número 3 (3, 6, 9, 18) omnipresente en la ciudad.

El magnífico estado de conservación de Palmanova que, además, no presenta demasiadas modificaciones respecto al trazado inicial, nos permite admirar una de las obras más acabadas y perfectas del Renacimiento italiano. 
La Piazza Grande, el gran espacio hexagonal del centro de Palmanova.
Esto ha sido reconocido recientemente por la Unesco que ha incluido, el pasado mes de julio de este año 2017, a Palmanova dentro de la Lista del Patrimonio de la Humanidad (junto con otras cinco obras defensivas venecianas que fueron igualmente realizadas durante los siglos XVI y XVII).

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