28 dic. 2017

Cuando aparecieron las calles, la tribu se transformó en ciudad.

“Pueblo Bonito”, en el norteamericano Cañón del Chaco, es un ejemplo de antiguo asentamiento “sin calles”.
La ciudad es la materialización física de la organización de las sociedades humanas y ha ido reflejando la complejidad creciente de las comunidades que la habitan. De la sencillez de los primeros asentamientos se iría evolucionando hasta los complicados conjuntos actuales de difícil definición (metrópolis, conurbanización, megalópolis, metápolis, etc.).
La transición desde las comunidades tribales hacia las sociedades complejas fue una evolución paulatina; pero, en términos espaciales (y estructurales), hubo un paso simbólico muy significativo: la aparición de la calle. A pesar de manifestarse con trazados muy diversos, tamaños dispares o ambientes muy diferentes, la calle y las regulaciones que la caracterizan son la expresión del pacto social que fundamenta nuestras ciudades.
Vamos a apuntar tres ejemplos de asentamientos antiguos que albergaban comunidades tribales en los que las calles no fueron necesarias. Son, en cierto modo, “ciudades sin calles”: Catal Huyuk, en la actual Turquía; las espectaculares construcciones de los indígenas en Nuevo México, Estados Unidos, destacando Taos Pueblo; y los kraal del África austral.

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Algunos antropólogos piensan que el éxito evolutivo del Homo sapiens frente al neandertal se debió a que fue capaz de organizar (jerarquizar) grupos numerosos, mientras que el neandertal vivía en pequeños clanes familiares de unas veinte personas y no construyó unidades mayores. Quizá eran muy sabios y no quisieron, pero de ellos solo sabemos una cosa cierta y es que se extinguieron.”
María Elvira Roca Barea
 “Imperiofobia y leyenda negra”
(Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 2017. pág. 15.)

La calle: el símbolo de la complejidad social (de la tribu a la ciudad)
La naturaleza social del ser humano es más que un rasgo definitorio de su comportamiento, es la causa de su propio ser, ya que es dentro de la comunidad donde se construye la personalidad de cada hombre y mujer. Y la ciudad, como materialización física de la organización de las sociedades humanas es, a la vez, metáfora y realidad de ello.
La ciudad ha ido reflejando la complejidad creciente de las comunidades que la habitan. De la sencillez de los primeros asentamientos se iría evolucionando hasta los complicados conjuntos actuales de difícil definición (metrópolis, conurbanización, megalópolis, metápolis, etc.). La tribu (refiriéndonos con esta palabra tanto a las comunidades primitivas como a sus disposiciones espaciales) era una pequeña agrupación social, homogénea (ya que sus miembros compartían origen, lengua, costumbres y creencias), y con un carácter muy local, en el sentido de que su ámbito de influencia territorial era muy limitado. En cambio, la ciudad representa lo contrario. En ella habitan grupos muy numerosos y heterogéneos (de hecho, la cantidad de población y su diversidad, en todos los órdenes, son rasgos muy definitorios de lo urbano). Y su vocación, más aún en los actuales tiempos de la hipercomunicación, es global.
Las agrupaciones temporales de tipis eran características de los indígenas norteamericanos nómadas (imagen de 1891)
La diferencia entre los sencillos grupos primitivos y las sociedades posteriores se encuentra, fundamentalmente, en cuestiones organizativas que van desde temas políticos o administrativos hasta la propia operatividad. La transición desde las comunidades tribales hacia las sociedades complejas fue una evolución paulatina; pero, en términos espaciales (y estructurales), hubo un paso simbólico muy significativo: la aparición de la calle.
Los primeros asentamientos de la historia no necesitaban calles. En las aldeas primitivas podía haber espacios desocupados, pero estos eran residuos entre chozas, o entre estas y las empalizadas. Su misión no iba más allá de proporcionar acceso y se generaban de forma espontánea. Conforme las comunidades incrementaron sus necesidades, se hizo evidente la obligación de disponer de un espacio multifuncional específico que, además de separar elementos “arquitectónicos” (facilitando su acceso y ventilación), debía estructurar un organismo extenso y complejo (también tecnológicamente), y prestarse para acoger los diferentes flujos urbanos, entre otras funciones también importantes. La calle distribuiría, ordenaría, jerarquizaría, e incluso, ofrecería visibilidad (y representatividad) a la composición urbana.
Times Square, en Nueva York, refleja la complejidad de la calle en la ciudad actual.
La nueva forma urbana ayudaría a superar el riesgo de caos, regulando la multiplicidad de aspectos que presentaba la evolución del “cuerpo” urbano. La calle consolidaría la noción de “lo público” como expresión diferenciada de lo colectivo frente a lo individual y supeditaría los intereses particulares al bien común. A pesar de manifestarse con trazados muy diversos, tamaños dispares o ambientes muy diferentes, la calle y las regulaciones que la caracterizan son la expresión del pacto social que fundamenta nuestras ciudades. La relevancia de este hecho es tal que algunos historiadores fijan el nacimiento de las ciudades en la constatación de la calle como un lugar propio e identificable, más allá de la existencia de espacios desocupados (o incluso de grandes vacíos ceremoniales).
Así pues, el paso desde la simplicidad espacial de las tribus hacia la hiperurbanización actual tuvo un primer acto trascendental con la aparición de la calle. Puede decirse que cuando aparecieron las calles, la tribu se transformó en ciudad.
Vamos a apuntar tres ejemplos de asentamientos antiguos que albergaban comunidades tribales en los que las calles no fueron necesarias. Son, en cierto modo, “ciudades sin calles”: Catal Huyuk, en la actual Turquía, quizá el asentamiento más antiguo de la historia que, como veremos, carecía de ellas; las espectaculares construcciones de los indígenas en Nuevo México, Estados Unidos, destacando Taos Pueblo; y los kraal del África austral, en los que las tribus nativas disponían de espacios no ocupados, aunque no llegaban a alcanzar la entidad asignada a la calle.

Recreación gráfica del conjunto de Catal Huyuk.
Catal Huyuk (Çatalhöyük), ¿la “ciudad” más antigua de la historia?
Cuando, a principios de la década de 1960, el arqueólogo británico James Mellaart descubrió, en la península turca de Anatolia, Catal Huyuk los estudios sobre las primeras ciudades sufrieron un shock. Los restos encontrados indicaban la existencia de un asentamiento urbano datado entre mediados del séptimo milenio y el 5700 a.C. Pero los problemas de Mellaart con el gobierno turco (fue acusado de contrabando de antigüedades y expulsado del país) dejaron estancadas las investigaciones, que no serían retomadas hasta décadas después, cuando Ian Hodder, también británico, retomó las excavaciones en 1993.
Esquema idealizado de las agrupaciones modulares de Catal Huyuk, teorizando sobre su funcionamiento interno.
La importancia del yacimiento quedaría reflejada por la UNESCO, que lo incluiría como Patrimonio de la Humanidad en 2012. En su memoria puede leerse: “Dos colinas forman este sitio del sur de la llanura de Anatolia, cuya superficie supera los 137.000 metros cuadrados. El montículo de mayor altura, situado al este, contiene huellas de 18 niveles de ocupación neolítica entre los años 7.400 y 6.200 a. de C., que incluyen pinturas murales, relieves, esculturas y otros rasgos simbólicos y artísticos. Juntos, atestiguan la evolución de la organización social y las prácticas culturales a medida que los humanos se adaptaron a la vida sedentaria. La colina occidental muestra la evolución de las prácticas culturales del Calcolítico (6.200 a 5.200 a. de C.). Çatalhöyük contiene vestigios importantes de la transición de pueblos a aglomeraciones urbanas que se mantuvieron en el mismo emplazamiento durante más de 2.000 años. Se trata de un conjunto único de casas agrupadas sin calles”.
Planta de Catal Huyuk según las excavaciones arqueológicas realizadas hasta el momento.
Catal Huyuk nació en una fértil llanura situada al sur de la península Anatolia, en la actual Turquía (dentro del denominado “Creciente fértil”). Allí se construyó esa ciudadela neolítica que era un conglomerado de pequeñas casas adosadas unas a otras y a las que se accedía por entrada situadas en los techos. El compacto caserío, hecho y rehecho durante siglos, estaba rodeado por los terrenos de cultivo. Los agricultores que las levantaron carecían de estructuras de protección y convirtieron sus modestas construcciones en un conjunto sólido y defendible. El material de los muros eran ladrillos de barro cocido al sol y las techumbres se resolvían con madera y esteras de juncos sobre las que se disponía una capa de barro apisonado. Sobre esas cubiertas transitaba la gente y en ellas se reunían cuando era necesario ya que Catal Huyuk no tenía calles.
Interior hipotético de una de las viviendas de Catal Huyuk, donde se aprecia el acceso desde la cubierta.
Las excavaciones van aportando información lentamente. De hecho, todavía no se cuenta con datos suficientes para formular teorías sobre la organización social que, en cualquier caso, parece que debió ser bastante básica. Solo se han encontrado edificios residenciales y no han aparecido, de momento, construcciones singulares. Se sospecha que la comunidad debió ser bastante igualitaria sin poder precisar mucho más.
Imagen del yacimiento arqueológico de Catal Huyuk.

Construcciones colectivas en el suroeste norteamericano: Mesa Verde, Chaco Canyon y Taos Pueblo.
Frente al nomadismo de muchas de las tribus indígenas norteamericanas, algunas de las que habitaron la región de los actuales estados de Nuevo México, Arizona o Colorado, se caracterizaron por la creación de núcleos habitados permanentemente. Uno de esos grupos fueron los Anasazi, que levantaron algunos centros sorprendentes.
La civilización de los Anasazi, a pesar de ser relativamente reciente (se desarrolló aproximadamente entre los años 450 y 1300), tiene categoría de prehistórica por lo que los datos que se tienen de ellos proceden de los yacimientos arqueológicos descubiertos. Parece que los Anasazi se extinguieron antes de la llegada de los europeos (los españoles llegaron a la región hacia 1540, pero antes sufrieron las invasiones de navajos y apaches y quizá sucumbieron ante ellas). No obstante, su legado se mantuvo (quizá también étnicamente) en los posteriores Indios Pueblo, nombre asignado por su comprobada capacidad constructiva.
Entre la herencia Anasazi destacan especialmente dos áreas: Mesa Verde y Chaco Canyon. El Parque Nacional de Mesa Verde (Mesa Verde National Park, Patrimonio de la Humanidad desde 1978) está situado en el sudoeste del estado de Colorado y presenta numerosas muestras de la cultura “urbana” de los Anasazi, particularmente el conocido Cliff Palace (palacio del acantilado).
Cliff Palace, en Mesa Verde, es una de las construcciones más espectaculares de los indios Anasazi.
Otro conjunto se encuentra en el Parque Histórico Nacional de la Cultura Chaco (Chaco Culture National Historical Park, Patrimonio de la Humanidad desde 1987), ubicado al noroeste de Nuevo México. Entre los años 900 y 1150, el Cañón del Chaco fue un lugar muy importante para la cultura Anasazi. Entre sus numerosas construcciones destaca “Pueblo Bonito”, un sorprendente conjunto que presenta un dilema para los arqueólogos acerca de su función principal, unos creen que sería residencial mientras que otros afirman su sentido ceremonial.

Imagen de “Pueblo Bonito” desde el acantilado contiguo.
Planta de “Pueblo Bonito”.
Por su parte, los Indios Pueblo, herederos de los Anasazi, habitarían la misma zona, centrando su actividad en los valles del Rio Grande y sus afluentes. Curiosamente, estos nativos, plantearon asentamientos con muchas similitudes a Catal Huyuk, muchos siglos después y en el otro extremo del mundo.
Esto puede apreciarse en una de sus construcciones más relevantes que recibe el nombre de Taos Pueblo. Según se ha calculado se levantó entre finales del siglo XIII y principios del XIV, y cuenta con la particularidad de que ha sido habitado desde entonces (de hecho, en la actualidad Taos es una pequeña localidad de unos 5.000 habitantes que conserva con orgullo ese emblema de la cultura indígena). Así pues, en este caso, no estamos ante un sitio arqueológico sino ante un lugar que se ha mantenido vivo y cuya singularidad lo convierte en un atractivo turístico de primer orden. También la UNESCO lo inscribió en la Lista de Patrimonio de la Humanidad en 1992.
Imágenes de Taos Pueblo, el conjunto creado por los indios Pueblo en el norte del actual estado de Nuevo México. En la imagen actual inferior pueden apreciarse las modificaciones sufridas con la aparición de puertas y ventanas convencionales.
Taos Pueblo presenta una construcción en niveles (hasta cinco pisos) de módulos residenciales que se adosan unos a otros conformando un abigarrado conjunto. No hay espacio público en el sentido que conocemos actualmente, ya que los lugares habilitados para el desplazamiento eran las cubiertas a las que se accedía por medio de escaleras de madera, que podían alzarse con facilidad en caso de necesidades de defensa. Los muros exteriores de adobe funcionaban como una muralla para proteger el interior. El conjunto incluye en su interior algunos espacios subterráneos ceremoniales (las kivas, que son habitaciones circulares excavadas en el suelo, utilizadas para rituales colectivos y fiestas religiosas).
El aspecto actual es engañoso porque hay que tener en cuenta las variaciones sufridas por el conjunto a lo largo de su vida. Una de las modificaciones altera considerablemente la esencia del conjunto ya que las puertas y ventanas que podemos apreciar son incorporaciones muy posteriores, derivadas de la desaparición de las necesidades defensivas y de la búsqueda de comodidad, “falsificando” el acceso original a las viviendas, que se producía por las cubiertas (igual que en Catal Huyuk).

Los kraal en África austral.
Cuando, en la antigüedad, los pequeños grupos humanos nómadas fijaban una posición estacional, establecían un asentamiento que no era más que la yuxtaposición de las chozas y, en el mejor de los casos, se reservaba un lugar central para el ganado o para la reunión social (por ejemplo, alrededor del “fuego común”). Estos conjuntos no contaban con una organización que pudiera calificarse como “urbana”. En primer lugar, por su carácter temporal, pero también por la falta de complejidad en la estructura social de la comunidad.
Incluso, cuando estas agrupaciones fueron convirtiéndose en instalaciones fijas, repitieron los esquemas establecidos. Un caso muy característico son los denominados kraal, construidos en las culturas indígenas del África austral, como los zulús, aunque hay ejemplos similares en tribus más septentrionales (como los masai).

Grabado mostrando el esquema básico de los kraal del África austral.
Los kraal, tenían un esquema típico de gran sencillez, formado por una corona circular que envolvía un centro vacío. Este centro, que tenía un vallado de madera propio, era el lugar destinado para proteger el ganado por la noche (aunque eventualmente pudiera ser utilizado como lugar de reunión). Las chozas en las que residían los miembros de la tribu se disponían siguiendo esa corona circular que encerraba el lugar del preciado ganado y también quedaba circunscrita exteriormente por otra empalizada defensiva. Así los poblados del tipo kraal constaban de dos vallados concéntricos: uno interior, dentro del cual se agrupaban los animales, y otro exterior, disponiendo las chozas entre ambos. Los espacios desocupados eran el mero residuo de la yuxtaposición de elementos interiores, sin una voluntad específica de crear lugares diferenciables.
Recreación de un kraal sudafricano.

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