11 nov. 2017

¿Por qué Chicago es una ciudad especial?

El downtown de Chicago en primer término, destacando sobre la inmensa cuadrícula de su trazado.
Hay ciudades que destacan más allá de los datos de población o ratios económicos que las han encumbrado a los puestos altos de las jerarquías urbanas. Estas ciudades han logrado instalarse en un “Olimpo urbano” que alberga a las urbes determinantes en el devenir histórico de nuestra sociedad. Chicago es, sin duda, una de estas ciudades especiales.
Chicago es una ciudad relativamente joven (fue fundada en 1833), pero en su corta historia ha acumulado méritos suficientes para ingresar en ese selecto club de ciudades singulares. Para el acervo occidental, la sola evocación de la palabra “Chicago” es capaz de sugerir múltiples escenarios: la ciudad del Jazz, el legendario territorio de los gánsteres, el lugar donde nacieron los rascacielos, etc. Pero, además, para muchos, representa la aplicación a la gran ciudad del espíritu estadounidense y la concreción materialista del sueño americano. También es una muestra increíble de resiliencia urbana, sobreponiéndose a las desgracias y a los problemas con soluciones asombrosas, y es una ciudad brillante e innovadora que se ha convertido en un referente cultural internacional, especialmente en el campo de la arquitectura y de las ciencias sociales.

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Hay ciudades que destacan más allá de los datos de población o ratios económicos que las han encumbrado a los puestos altos de las jerarquías urbanas. Estas ciudades han logrado instalarse en un “Olimpo urbano” que alberga a las urbes determinantes en el devenir histórico de nuestra sociedad. Chicago es, sin duda, una de estas ciudades especiales.
Chicago es una ciudad relativamente joven (fue fundada en 1833), pero en su corta historia ha acumulado méritos suficientes para ingresar en ese selecto club de ciudades singulares. Chicago, apodada la “segunda ciudad” (Second City), (aunque en la actualidad sea la tercera en población, tras Nueva York y Los Ángeles) ronda los tres millones de habitantes. El calificativo fue cierto en su momento ya que llegó a alcanzar los 3,6 millones a mediados del siglo XX, pero desde la Segunda Guerra Mundial, el área central se ha estancado en favor de un área metropolitana que, en su conjunto, alcanza casi los diez millones de personas. Sus datos económicos también avalan su elevada jerarquía no solo en los Estados Unidos sino internacionalmente.
Pero Chicago es mucho más que lo que indican los datos demográficos o sus favorables índices económicos. Para el acervo occidental, la sola evocación de la palabra “Chicago” es capaz de sugerir múltiples escenarios: la ciudad del Jazz, el legendario territorio de los gánsteres, el lugar donde nacieron los rascacielos, etc. Pero, además, para muchos, representa la aplicación a la gran ciudad del espíritu estadounidense y la concreción materialista del sueño americano. También es una muestra increíble de resiliencia urbana, sobreponiéndose a las desgracias y a los problemas con soluciones asombrosas, y es una ciudad brillante e innovadora que se ha convertido en un referente cultural internacional, especialmente en el campo de la arquitectura y de las ciencias sociales.

Chicago, ¿la gran ciudad que representa el genuino sabor americano?
Es muy conocido el eslogan publicitario que una marca de tabaco utilizaba para identificarse con el “genuino sabor americano”. Pero más allá de su efectividad promocional, que se reflejaba en imágenes vaqueras y de extensas praderas, o en el mundo del cine y de las novedades musicales nacidas allí (jazz, rock, etc.), el espíritu estadounidense no es fácil de precisar. Porque, aunque la identidad prefiere expresiones nítidas y homogéneas, posiblemente el rasgo más definitorio para Norteamérica sea su diversidad, desde luego de paisajes (montañas, desiertos y grandes praderas), pero también social, porque el país fue consolidándose gracias a comunidades de orígenes muy variados y que conservaron, en muchos casos, sus tradiciones.
Quizá por esa razón, cuando el arquitecto de Chicago, Stanley Tigerman fue preguntado por la idiosincrasia de su ciudad, la comparó con otras urbes norteamericanas declarando que, mientras “Nueva York es una urbe europea, mayormente judía en sus costumbres; San Francisco es oriental; Los Ángeles es una ciudad artificial hecha de sueños; Boston, por otro lado, es Inglaterra; pero, en cambio, Chicago es la verdadera América con todas sus maravillosas contradicciones e inseguridades”.
La afirmación de Tigerman se basaba, principalmente, en la heterogénea sociedad de Chicago, y precisaba su afirmación diciendo que la ciudad “tiene la mayor concentración de polacos, ucranianos o lituanos fuera de sus propios países. Las comunidades china, italiana, griega, irlandesa o hispana son enormes, la población negra omnipresente y sin embrago, Chicago, es una ciudad eminentemente segregada y racista convirtiéndose en una realidad espléndidamente conflictiva.”
Pero, además, la configuración física de Chicago también puede representar otros rasgos característicos de Norteamérica. Primero, si nos fijamos en el paisaje, Chicago se asienta sobre las extensas praderas de ese medio oeste, que tienden a identificarse como el espíritu norteamericano más “esencial”. Pero, no solamente es su paisaje (que, por otra parte, se encuentra tan antropizado que resulta difícil de reconocer), porque Chicago cuenta con otros de los atributos habituales de las ciudades en los Estados Unidos. Esto es así tanto por su planificación de cuadrícula infinita como por el contraste volumétrico entre la concentración de las grandes alturas del downtown y las extensiones interminables de diminutas viviendas unifamiliares. Como veremos más adelante, Chicago “inventó” a finales del siglo XIX los rascacielos, pero también propuso una forma característica para las residencias individuales con sus influyentes “Casas de la Pradera”.

Chicago ¿la concreción materialista del sueño americano?
Chicago tuvo un nacimiento con poca intención urbana. De hecho, cuando se planificó aquel territorio junto a los Grandes Lagos (siguiendo el procedimiento dictado por la cuadrícula de la Land Ordinance de 1785) no se estaba pensando en la creación de una ciudad sino en la venta de parcelas a colonos que deberían resolver sus necesidades de forma individual. 
Chicago en 1834 según el plano de J.S. Wright. 
La parcelación de terrenos tenía como objetivo la recaudación para financiar la construcción del Illinois & Michigan Canal. Así, Chicago nació como una “mercancía”, pero la previsión fue superada por el éxito de la convocatoria y el asentamiento inicial comenzó a crecer de una forma imparable. Además, las parcelas empezaron a ser adquiridas y ocupadas por personas no vinculadas a las actividades agrícolas y, por lo tanto, carentes de la autonomía que ofrece la agricultura (como sucedía en otras zonas de la pradera). Los destinatarios de las parcelas fueron, en un número muy importante, comerciantes que aprovechaban las posibilidades del lugar, obreros que estaban construyendo el canal y otros que buscaban proveer de servicios a los anteriores. La ubicación estratégica del Chicago la convertiría rápidamente en un centro de comunicaciones principal dentro de la red estadounidense y en un centro comercial y de transporte de primer orden (que tuvo como gran motor inicial la industria cárnica).
Trazado del I&M Canal desde el brazo sur del Chicago River hasta su desembocadura en el Illinois River
La impresionante prosperidad de Chicago ofrecía atractivos irresistibles para los inmigrantes. El escritor Eduardo Chamorro apunta que Chicago “es la única gran ciudad del mundo a la que todos sus ciudadanos llegaron con la intención declarada de ganar dinero” e insiste en la idea de que “hubo una época en la que fue la ciudad prometida de la tierra prometida”. Chicago comenzó a crecer de forma vertiginosa, hasta el punto de que en su primer siglo de existencia alcanzaría los tres millones de habitantes.

Una ciudad inquebrantable (la resiliencia de Chicago).
Chicago se ha enfrentado, a lo largo de su corta historia, a desgraciadas catástrofes y a graves problemas (tanto sociales como técnicos), pero siempre ha sabido convertir esas situaciones desfavorables en oportunidades. Chicago ha mostrado una buena dosis de resiliencia y sus ciudadanos han manifestado un espíritu inquebrantable para superar cualquier contratiempo. En opinión del historiador Javier Mazorra, “nació para triunfar (…) nada ha sido capaz de asustar a Chicago, un lugar donde cualquier desgracia ha podido ser transformada en un golpe de suerte” e insiste diciendo que “esta aguerrida ciudad ha visto como prosperaba y luego se hundía la industria cárnica, ha sufrido los desmanes de Al Capone y de otros capos de la Mafia durante la Ley Seca y ha presenciado las peores batallas campales provocadas por enfrentamientos raciales. De todo ello ha salido airosa” y recuerda como “en 1871 el peor de los incendios imaginables se convirtió en una oportunidad para construir una nueva metrópoli aún más esplendida”.
Aquel pavoroso incendio de 1871 arrasó buena parte del casco urbano de aquellos tiempos y la renovación obligada dio paso a una metrópoli renovada que marcaría época, proponiendo una nueva arquitectura, a la que nos referiremos en los siguientes apartados.
Pero Chicago también afrontó arduos problemas técnicos. A mediados del siglo XIX, la ciudad, en continua expansión, constató que el carácter plano y pantanoso del sitio, con un nivel freático próximo a la superficie, dificultaba el establecimiento de una red de saneamiento con pendientes eficaces. La solución fue sorprendente: se decidió ¡el levantamiento de los edificios! hasta alcanzar la cota que requería la red de alcantarillado. 
Grabado mostrando el proceso de levantamiento hidráulico de edificios en Chicago.
Un joven ingeniero, llamado George Pullman (quien, años después, revolucionaría el transporte de pasajeros en ferrocarril inventando los coches-cama y que llegó a construir su propia ciudad, la Pullman Town) ideó en 1859 un sistema hidráulico que permitió elevar los edificios construidos hasta la altura fijada para las calles (el hotel más grande de la época, el Tremont, fue alzado mientras continuaba abierto al público y no sufrió ningún desperfecto).
Pero el problema de la evacuación de las aguas residuales siguió existiendo. Aquel territorio estaba drenado por el modesto Chicago River, un cauce que pronto dejó de ser visto como un rio para ser considerado una cloaca a cielo abierto que recogía todos los desechos de la ciudad. El tóxico rio desembocaba en el Lago Michigan, contaminándolo gravemente y poniendo en riesgo a una población en aumento (hay que tener en cuenta que el lago era la fuente del agua potable para beber). La solución fue asombrosa: cambiar el sentido de las aguas de su río. Las aguas del rio ya no llegarían al lago, sino que sería este quien las vertería en el cauce para dirigirlas hacia un sistema con mayor capacidad de depuración (la cuenca del Mississippi, a través de los ríos Des Plaines e Illinois). Complementariamente, este cambio del sentido fluvial (forzado con dragados y la construcción de varios canales de apoyo) posibilitó la conexión de la región de los Grandes Lagos con los territorios del Mississippi y el Golfo de México, potenciando extraordinariamente el valor posicional de Chicago).
Esquema del cambio de sentido del Chicago River con sus canales de apoyo. A la izquierda, la situación y sentidos previos de los ríos y, a la derecha, estructura de la reversión.

La reversión del sentido del Chicago River supuso la conexión de los Grandes Lagos con la cuenca del Mississippi.
Como puede apreciarse, Chicago ha logrado superar todas las crisis a las que se ha enfrentado y siempre ha salido fortalecida de cada situación (incluso soportando abnegadamente un clima difícil, con una presencia casi permanente del viento, hecho que le ha llevado a recibir el apelativo de Windy City, ciudad del viento).

Una ciudad brillante e inspiradora.
Chicago, sorprendió al mundo con su reconstrucción tras el Gran Incendio de 1871, y se convirtió en el centro todas las miradas arquitectónicas y urbanas. En ese contexto, la ciudad aprovechó la oportunidad que tuvo para celebrar el cuarto centenario del descubrimiento de América poniendo en marcha la Exposición Universal conmemorativa, que finalmente abriría sus puertas en 1893. En esa muestra se gestaron las influyentes nociones de “Ciudad Bella”, “Ciudad Blanca”, y en general un retorno al clasicismo “Beaux Arts” que tomaría cuerpo con el “City Beautiful Movement”.  Fue una espectacular presentación internacional de la ciudad.
Imagen de la Exposición Universal de Chicago de 1893
Años después, durante la década de 1920, Chicago consolidaría su posición entre las ciudades principales de los Estados Unidos. La prosperidad que alcanzó el país tras la Primera Guerra Mundial caracterizaría los denominados “felices años veinte”, en los que la bonanza económica alimentó una incipiente industria del entretenimiento. Aunque, paradójicamente, esos años fueron los de la “prohibición” sobre las bebidas alcohólicas y, en ellos, proliferarían los gánsteres quienes, burlando la “ley seca”, controlarían el ocio y el juego. Esto se produjo en grado máximo en Chicago, donde siniestros personajes como Al Capone se hicieron muy populares. Aquel periodo tuvo una banda sonora particular: el Jazz, que enfervorizó a la población y fue animado por los músicos que habían emigrado desde Nueva Orleans. También la arquitectura aportaría una imagen renovada al “escenario” urbano con la aparición del Art-Déco. El nuevo estilo llegó al Chicago de la Jazz Age causando furor entre la clase acomodada y la ciudad volvería a situarse en posiciones de vanguardia gracias a la construcción de grandes edificios que se encuentran entre sus iconos más significativos.
Chicago consolidaría su posición de ciudad avanzada en la ciencia y en la industria aplicada con nuevas propuestas como las concretadas en otra Exposición Universal, esta vez celebrada en 1933 con el lema “un siglo de progreso” (que rememoraba los primeros cien años de Chicago).

Una ciudad innovadora (arquitectura y ciencias sociales)
Como venimos anticipando, uno de los principales alicientes de Chicago es su arquitectura. En este sentido, Helmut Jahn, arquitecto alemán afincado en Chicago, comenta que “cuando llegué a Chicago en 1966 para estudiar en el IIT, vine porque veía a Chicago como la capital mundial de la arquitectura. Había gente de todas las partes de mundo (alemanes, italianos, suecos, asiáticos y otros muchos jóvenes ambiciosos estudiando y trabajando en Chicago). Una razón, desde luego era la historia de Chicago. Estábamos fascinados por el Gran Incendio de Chicago, la Exposición Universal Colombina, los primeros rascacielos y muchas cosas más. No es exagerado decir que los arquitectos jóvenes veían una visita a Chicago como algo de la misma importancia que una peregrinación a Roma o Atenas (…) ¿Qué más podía pedir un joven arquitecto? Nada”. En la misma línea Tigerman apunta que “arquitectónicamente, esta ciudad es imbatible”.
En Chicago nació una tipología que transformaría las ciudades: los rascacielos. Con estos edificios, comenzó a la colonización de la altura, en lo que se convertiría en una de las estrategias urbanas habituales a partir de entonces. El Gran Incendio de Chicago de 1871 fue una desgracia que se convirtió en una gran oportunidad. En esas circunstancias adversas, Chicago tuvo la suerte de contar con una generación de brillantes e innovadores arquitectos que propusieron nuevas técnicas y tipologías edificatorias, creando un estilo propio. Aquellos primeros rascacielos serían el comienzo de una metamorfosis espectacular en las ciudades. Este pequeño grupo de profesionales, reconocidos por la historiografía como la “Primera Escuela de Chicago” (Chicago School), serán los responsables de introducir a Chicago por la puerta grande de la arquitectura moderna.
Arquitectura de la Primera Escuela de Chicago: El Reliance Building (Burnham & Root, 1890) en una imagen de 1895. Una nueva arquitectura destacaba en su entorno, tanto por la altura como por la composición de sus fachadas (Chicago Window)
Pero, además, tras la Segunda Guerra mundial y hasta mediados de la década de 1970, Chicago volvería a marcar una nueva pauta arquitectónica. Con el magisterio de Ludwig Mies van der Rohe, que había emigrado desde la Alemania nazi, se elaboraron nuevos conceptos espaciales y estructurales, se sofisticaron tecnologías y se desarrollaron modelos arquitectónicos innovadores que se convertirían en la imagen más representativa de la modernidad. Su abstracción estilística derivó en las “cajas” de acero y cristal, materializadas en rascacielos o en pabellones, que se propagarían por todo el mundo, hasta convertirse en un emblema de la ciudad moderna. Las obras realizadas por Mies van der Rohe y sus discípulos (como Skidmore, Owings & Merrill), muestran una coherencia que permite agruparlos como “Segunda Escuela de Chicago”. Una de ellas, la actual Willis Tower (originalmente Sears Tower) fue, con sus 442 metros de altura, desde su inauguración en 1973, el edificio más alto del mundo durante 20 años.
Arquitectura de la Segunda Escuela de Chicago: a la izquierda, la Torre Willis (Sears) (SOM, 1970-73). En la imagen de la derecha, el John Hancock Center (SOM, 1965-69) y a su izquierda emerge la Water Tower Place (LSBD, 1975)
Complementariamente, también en Chicago se abriría un nuevo camino para la arquitectura residencial. Con la referencia de la obra original de Henry H. Richardson, una generación de arquitectos jóvenes y apasionados (entre los que destacaría con luz propia Frank Lloyd Wright) compartieron ideas para conseguir un objetivo común: la creación de un estilo arquitectónico propiamente americano. El paisaje de la pradera inspiró a los arquitectos que alumbraron las “Casas de la Pradera” (Prairie Houses), en las que proponían formas sencillas, con predominio de líneas horizontales, caracterizadas por espacios interiores fluidos, llenos de luz natural, que influirían notablemente en la figuración de los suburbios norteamericanos del siglo XX.
Incluso, desde un punto de vista más organizativo, Chicago fue una de las primeras ciudades en sistematizar la incorporación de la naturaleza dentro de la estructura urbana. El resultado es que Chicago presenta una colección de obras de tal relevancia (que siguen aumentando) que convierten a la ciudad en un “museo” de arquitectura visitado con devoción.
Primer plan de sistematización de las áreas verdes de Chicago.
Pero el magisterio de Chicago no se limita a la arquitectura. De hecho, la denominación “Escuela de Chicago” es compartida por otras disciplinas que tienen como referencia importantes logros alcanzados en la ciudad. Por ejemplo, desde la economía también se reconoce una “Escuela de Chicago” como una corriente de pensamiento partidaria del libre mercado, opuesta a las teorías keynesianas, que se formuló en la Universidad de Chicago a mediados del siglo XX y que dio representantes tan notables como Milton Friedman, Premio Nobel de economía en 1976, o George Stigler, que consiguió el mismo galardón en 1982. Otra muestra relevante surge desde la sociología, que también identifica una “Escuela de Chicago” en su ámbito. Las aportaciones realizadas por ella en las décadas de 1920 y 1930 abrirían nuevos caminos en las metodologías de investigación de la sociología urbana, poniendo el foco en el entorno al combinar la teoría con los trabajos etnográficos de campo.

Aquella ciudad que fue denostada en sus orígenes por otras más antiguas (como Nueva York, Filadelfia o Boston, que veían a Chicago como un lugar de ambiciosos “criadores de cerdos”, en referencia a la poderosa industria cárnica de sus inicios), acabaría convirtiéndose en una referencia cultural de primer orden (sus prestigiosas universidades tienen el orgullo de haber recibido 85 premios Nobel). Pero esta fascinante ciudad también presume de sus numerosos y extraordinarios museos (sobre todo de arte y ciencia), de su maravillosa Orquesta Sinfónica, o, en otro orden de cosas, de sus kilométricas playas recuperadas, de sus extensos parques (con innovadoras creaciones como el Millenium Park) o de sus “paraísos” comerciales y de ocio. 
Millennium Park en Chicago.
Desde luego, más allá de lo expuesto en este artículo, Chicago atesora otros muchos atractivos y valores. Las guías turísticas intentan presentarlos, pero no llegan a descubrir todo lo que esconde esta fascinante ciudad. En definitiva, Chicago, como apuntaba Frank Sinatra en una de las canciones que dedicó a la ciudad, “is my kind of town”.


Nota: Las citas de Stanley Tigerman, Javier Mazorra y Eduardo Chamorro proceden del libro “Ciudades del Mundo”. Ed Unidad Editorial, Madrid 1993.

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