23 sept. 2017

Entre la ficción y la realidad: Mahagonny y Las Vegas, las “ciudades del pecado”.

Arriba, montaje de la ópera “Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny” en la Royal Opera House de Londres en 2015. Debajo, imagen de Las Vegas.
Todas las ciudades son realidad y ficción simultáneamente. Tanto las que podemos experimentar físicamente, porque cuentan con muchas “construcciones” mentales, como las que son producto de la imaginación, que se alimentan de referencias materiales.
Vamos a aproximarnos a dos ciudades, una de ficción y otra real (Mahagonny y Las Vegas) que, a pesar de pertenecer a esos ámbitos supuestamente incompatibles, comparten mucho.
Mahagonny es la distopía que crearon Kurt Weill y Bertolt Brecht en 1930 en su ópera “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny”, presentando su visión moderna de las pecadoras Sodoma y Gomorra. Poco después, en el desierto de Nevada, fue consolidándose Las Vegas, que se convertiría en el símbolo de la transgresión y los deseos ocultos. Por eso, ¿es Mahagonny solamente una distopía o fue una premonición de Las Vegas?, ¿o quizá Las Vegas fue la materialización de una necesidad social expresada en los rasgos de Mahagonny?

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Todas las ciudades son realidad y ficción simultáneamente. Tanto las que podemos experimentar físicamente porque cuentan con muchas “construcciones” mentales, como las que son producto de la imaginación, que se alimentan con referencias materiales.
De hecho, las ciudades que hemos visitado y en las que ya no nos encontramos se han incorporado a nuestra memoria como una colección de imágenes y recuerdos que nos hacen presente la ausencia. Muy habitualmente nuestras evocaciones quedan deformadas (por lo general en una línea favorable) adquiriendo un cierto halo fantasioso que las acerca a otras ciudades salidas de la mente de un creador, que suelen acabar tan consolidadas en nuestro pensamiento como las resonancias de las ciudades recorridas en el pasado.
Vamos a aproximarnos a dos ciudades, una de ficción y otra real (Mahagonny y Las Vegas) que, a pesar de pertenecer a esos ámbitos supuestamente incompatibles, comparten mucho.
Cuando en 1930 Kurt Weill y Bertolt Brecht estrenaron su ópera “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny”, presentaron su visión moderna de las pecadoras Sodoma y Gomorra. Aquella ciudad de ficción, que sus autores situaban en un lugar impreciso de Alabama, en los Estados Unidos, era el producto destilado de todos los males humanos y protagonizaba la obra como un personaje más. Poco después, en el desierto de Nevada fue consolidándose Las Vegas, que se convertiría en el símbolo de la transgresión y los deseos ocultos.
Por eso, podemos preguntarnos: ¿es Mahagonny solamente una distopía o fue una premonición de Las Vegas?, ¿o quizá Las Vegas fue la materialización de una necesidad social expresada en los rasgos de Mahagonny?
Desde luego que Mahagonny es una entelequia operística y Las Vegas es una urbe real. Pero hay quienes ven en Mahagonny una ciudad auténtica que se materializó en el desierto de Nevada, adoptando el nombre de Las Vegas. También hay quienes creen que Las Vegas no es una ciudad real, sino una ciudad de ensueño que cobija las aspiraciones y frustraciones de millones de personas, que se ha convertido en un mito multifacético: libertad, juego, diversión, pecado, mafias, etc. (aunque también es una referencia arquitectónica, encumbrada por Robert Venturi, e incluso de eficiencia en la investigación criminalística televisiva).
Quizá, la mayor diferencia estribe en que mientras el caos llevó al desastre a Mahagonny, Las Vegas (y toda su área metropolitana) es una ciudad de éxito que, además, está trabajando para diversificar sus actividades y poder superar esa imagen monotemática y elemental que lleva adosada: la de ser un gran parque temático de los excesos, en el que experimentar los límites de nuestra sociedad.

Mahagonny: Sodoma y Gomorra traídas por la ópera al siglo XX.
Kurt Weill (1900-1950) era un judío alemán con un gran talento musical. Debido a lo primero, fue perseguido por los nazis, lo que le obligaría a abandonar Alemania en 1933; y, gracias a lo segundo, Estados Unidos (cuya nacionalidad obtuvo en 1943) le abriría sus puertas y le proporcionaría un gran éxito. Formado en el Conservatorio de Berlín, Weill sería un innovador que recibiría la influencia del jazz y del expresionismo, y exploraría nuevos caminos para la ópera postwagneriana y para el musical norteamericano.
Por su parte, Bertolt Brecht (1898-1956) fue poeta, dramaturgo y director teatral, y también era alemán, aunque de familia cristiana. No obstante, su ferviente adscripción a las ideas comunistas, reflejadas en sus obras, que denunciaban la injusticia, criticando el capitalismo y el orden burgués, le llevó igualmente a ser perseguido por el régimen de Hitler. Brecht escaparía iniciando un largo periplo internacional antes de recalar definitivamente en el Berlín Oriental de la posguerra.
A la izquierda Bertolt Brecht autor del libreto de la ópera “Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny”. A la derecha, Kurt Weill, compositor de la música.
Pero antes de sus respectivas huidas, Brecht y Weill colaboraron para crear algunas de las obras de referencia de la ópera del siglo XX, como “La ópera de los tres centavos” (Die Dreigroschenoper, 1928) o “Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny” (Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny, 1930).
Portada de la grabación de la ópera “Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny” dirigida por Wilhelm Brückner-Rüggeberg en 1956, con la intervención de la soprano Lotte Lenya (mujer de Weill, entonces ya viuda).
Sobre esta última, Bertolt Brecht escribió un primer texto entre 1927 y 1929. Su intención original era crear una pequeña pieza de un acto, con algunas canciones de Kurt Weill, pero la obra fue creciendo hasta convertirse en el libreto de una ópera. En su transformación había ido adquiriendo matices nuevos y muy variados en los que se realizaba una provocadora sátira de la sociedad capitalista y de su moral consumista. La crítica despiadada se escenificada en una ciudad, Mahagonny, amoral y caótica, un lugar donde solo regía el dinero y que iría deteriorándose hasta su caída final.  Sobre la base literaria de Brecht, Weill compondría una de sus grandes obras, una pieza “mestiza” situada en un territorio indeterminado entre la ópera, el cabaret y el musical. El resultado, que se estrenaría el 9 de marzo de 1930 en Leipzig, sería rompedor y, como era de prever, fue prohibida tras la llegada del nazismo.
Imagen del montaje de la ópera “Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny” en Amberes en 2011.
El argumento narra la historia de tres fugitivos de la justicia (la viuda Begbick, Fatty y Moses) que huyen hacia la costa, pero su coche se avería en pleno desierto de Alabama. Dado que no pueden continuar (ni, evidentemente, regresar) deciden fundar una ciudad en ese lugar, a la que llamarían Mahagonny. Esa nueva urbe tendría un cometido muy específico: ser el paraíso del vicio y del pecado, un lugar donde satisfacer los deseos más ocultos de las personas, con la única condición de disponer del dinero suficiente (permitiendo, de paso, que los tres fugitivos, expertos en el lado oscuro de la vida, realizaran sus negocios). Entre otros muchos, allí llegan cuatro leñadores (Jim, Jack, Bill, y Joe), procedentes de Alaska para gastar lo ganado por su trabajo, y uno de ellos (Jim) se enamora de una prostituta (Jenny). Las peculiares reglas establecidas por los fundadores y el exacerbado individualismo provocan el descontrol progresivo de la ciudad. Al final del primer acto se anuncia la llegada de un huracán, provocando el miedo ante el aviso de que la naturaleza podía acabar con ese apocalíptico lugar.
Comienza el segundo acto con el huracán variando su trayectoria y no afectando a la ciudad. En consecuencia, la gente vuelve a las andadas entregándose con mayor afición a los objetivos fundacionales: comida, sexo y alcohol sin límites (siempre que se pueda pagarlos, claro). En ese mundo de excesos sin cortapisas, Jack muere de un atracón. Se anuncia un combate de boxeo entre Moses, uno de los fundadores, y Joe, el amigo de Jim (que apuesta todo su dinero a favor de su colega). Joe muere en la pelea y Jim pierde todo, con lo cual no puede hacer frente al dinero que le reclama la “madame” Begbick por los servicios de su “pupila” Jenny. Esto, en Mahagonny, es un delito muy grave y Jim va a la cárcel.
En el tercer y último acto se celebra el esperpéntico juicio de Jim, que tiene como protagonistas a los tres fundadores (que ejercen de fiscal, abogado defensor y jueza). Antes de la vista de Jim, se realiza otra en la que un asesino es absuelto (gracias al conveniente soborno a la jueza). El resultado del juicio de Jim es otro: abandonado por todos (incluida su amada Jenny) es condenado a muerte por las deudas pendientes. Tras la ejecución, diversas manifestaciones evidencian el caos y la decadencia definitiva de la ciudad.
Imagen del montaje de la ópera “Ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny” en el Teatro Real de Madrid en 2010.
Mahagonny es una distopía que se desarrolla en el desierto, en un paisaje sin referencias. En esa ausencia de contexto se desarrolla un lugar desangelado y apocalíptico donde reina la corrupción, la depravación y el desenfreno. En la ciudad, todo está permitido, siempre que se tenga la cartera llena, hasta el punto de que solo hay un delito imperdonable: no tener dinero. Allí se hace gala del pecado, complaciendo los deseos ocultos de personajes insatisfechos, marginales, fracasados, fugitivos, que se entregan sin mesura al juego y a las apuestas, al alcohol, a la prostitución, y, en general, a cualquier vicio imaginable.
No son pocos los que creen que Mahagonny sigue viva en el desierto de Nevada, en lugar de en el de Alabama. Quizá Mahagonny fue una premonición de Las Vegas, eso sí, acompañada por la fascinante música de Kurt Weill.

Las Vegas, de modesto asentamiento a ciudad excesiva.
En 1930, fecha en la que se estrenó la ópera de Weill y Brecht, Las Vegas era un polvoriento pueblecito perdido en mitad del desierto, que lograba sobrevivir gracias a ser una parada de la línea ferroviaria que unía Salt Lake City con Los Angeles. El lugar era un punto singular dentro de la aridez del desierto, porque allí existían unos manantiales que habían creado ciertos oasis de verdor y, por esa razón, los colonizadores españoles bautizaron a la zona como “las vegas”. Tras formar parte del Imperio español y del México independiente, la región quedaría anexionada a los Estados Unidos en 1848 e integrada en el estado de Nevada, que se constituiría en 1864.
El descubrimiento de oro y plata en 1859 sería la base de la primera (relativa) prosperidad de la región, ya que el deshabitado desierto comenzó a recibir numerosos emigrantes atraídos por la fiebre del oro y también a empresas que se dedicarían a la extracción industrial de aquellos valiosos metales. Así, en la zona de las vegas surgiría un minúsculo asentamiento minero, acompañado por algunos ranchos ganaderos (mormones fundamentalmente).
Mapa de la región de las Vegas en 1907. Se observa el recorrido de la línea ferroviaria que unía Salt Lake City con Los Angeles en la que Las Vegas era una humilde parada en medio del desierto.
El futuro de aquel pueblecito cambiaría radicalmente cuando fue escogido como punto de suministro de agua para la línea ferroviaria San Pedro, Los Angeles and Salt Lake Railroad. Por esa razón, la compañía Las Vegas Land & Water Company, una firma subsidiaria del ferrocarril creada para controlar los derechos sobre el agua, adquiriría 110 acres (45 hectáreas) de terreno en el lado oriental de las vías del tren y, tras reservar la superficie necesaria para su operativa, parcelaría el resto de los terrenos para subastarlos como viviendas. Ese nuevo núcleo urbano sería conocido inicialmente como Clark's Las Vegas Townsite, en referencia al senador de Montana William Clark, que estaba impulsando el ferrocarril y promovió la creación de la ciudad inicial. Así pues, la auténtica fundación de Las Vegas ocurriría en 1905 como consecuencia de la referida línea ferroviaria (que se abriría completamente ese mismo año). Pocos años después, en 1911, el asentamiento obtuvo el reconocimiento como ciudad.
Primer plano de Las Vegas. En 1905 se trazó el plan de la entonces llamada “Clark's Las Vegas Townsite”. En la imagen inferior, localización de esa trama original (línea roja) en la ortofoto actual. El cuadrado amarillo indica el trazado sugerido por la Land Ordinance de 1785, que sería la base para el crecimiento posterior.
Si observamos el plano actual de Las Vegas, podemos apreciar un llamativo giro en su ortogonal y cardinal trama urbana. Precisamente, esa rotación indica el primer trazado de la ciudad (que es el actual downtown) y está justificada por la orientación indicada por la línea ferroviaria, a la que siguen paralelamente las calles Main street y de la primera a la quinta (esta última denominada hoy South Las Vegas Blvd). Aquel primer trazado sería una “anomalía”, porque el futuro crecimiento de la ciudad se realizaría adoptando la orientación sugerida por los puntos cardinales, tal como dictaba la Land Ordinance de 1785.
Plano de Las Vegas en 1952. Se aprecia como el trazado de la línea ferroviaria marcó la orientación de la primera trama de Las Vegas (el Plan Clark, hoy downtown). Aunque las primeras extensiones urbanas siguieron esa orientación, el crecimiento posterior de Las Vegas se realizaría ya siguiendo las indicaciones establecidas por la Land Ordinance de 1785 que fijaba la ortogonalidad siguiendo los puntos cardinales (indicado por el cuadrado amarillo)
Pero los filones que sostuvieron en un principio la economía de la región se irían agotando y aunque durante la Primera Guerra Mundial se explotaron otros (cobre, tungsteno o zinc, muy requeridos a causa del conflicto bélico), el final de la contienda eliminó esa demanda de manera que, en la década de 1920, la todavía modesta Las Vegas entraría en recesión.
Sería una decisión política la que vendría en auxilio de la decadente ciudad. En 1931, el gobierno de Nevada, ante la problemática producida por la Gran Depresión de 1929 (que también había fulminado el sector agropecuario), decidió legalizar los juegos de azar en un intento de activar la maltrecha economía del estado (luego lo haría con el divorcio con el mismo objetivo). Así mismo, la construcción de la enorme presa Hoover entre 1931 y 1936 en el curso del rio Colorado (el embalse abarca 659 kilómetros cuadrados de superficie y contiene casi 40.000 hectómetros cúbicos de agua) proporcionaría cierto trabajo y alentaría también la esperanza de recuperación.
No obstante, esas expectativas no se confirmaron inicialmente, porque los jugadores preferían Los Angeles. En la gran ciudad californiana el juego era ilegal, pero había mucha permisividad (con fundadas sospechas de corrupción) y eso impedía confirmar las perspectivas de Las Vegas, que era visto como un lugar perdido en medio del desierto y poco atractivo.
Todo cambió en 1938, cuando el nuevo alcalde de Los Angeles, Fletcher Bowron, que había prometido terminar con la corrupción, inició una cruzada para erradicar el juego clandestino de la ciudad. La persecución de los casinos ilegales obligó a sus propietarios a replantearse la ubicación de su actividad, fijándose en Las Vegas como destino ideal para trasladar sus negocios. Allí llevarían los principales empresarios del juego sus casinos, comenzando, entonces sí, una nueva era para la ciudad.
Otro cambio trascendental para Las Vegas vendría de la mano de Benjamin “Bugsy” Siegel (1906-1947), un gánster que intuyó el potencial que tenía la ciudad para incrementar los negocios del sindicato del crimen de la Costa Este. La ciudad, que ya albergaba algunos de los casinos que habían huido de Los Angeles, no contaba con hoteles-casinos adecuados para potenciar la experiencia del juego y atraer nuevos clientes de mayor poder económico. En 1941, “Bugsy” Siegel se lanzó a la construcción del que sería el primer hotel-casino de lujo de la ciudad, el Flamingo, que se abriría en 1946 (pero su promotor no vería cómo se ratificaban sus intuiciones porque sería asesinado en 1947)
Ortofoto del Downtown y del Strip de Las Vegas y a la derecha imagen de la década de 1940 y de la actualidad.
La década de 1950 iría asentando el papel de Las Vegas como ciudad de entretenimiento. El juego seguiría siendo el principal de sus atractivos, pero comenzaron a plantearse otros complementarios, particularmente la actividad musical, vinculada a algunas de las estrellas más rutilantes del momento que se establecieron allí (desde Elvis Presley o Frank Sinatra hasta los más actuales Tom Jones o Céline Dion). Los artistas dejaban de hacer giras y fijaban en Las Vegas su “residencia”, siendo los fans los que se desplazaban a verlos y escucharlos.
Las Vegas recibiría un impulso importante tras el derrocamiento del líder cubano Fulgencio Batista por la revolución de Fidel Castro. La Habana era una ciudad donde muchos empresarios estadounidenses (en buena parte vinculados a la mafia) estaban haciendo negocios relacionados con el ocio para el incipiente turismo (hoteles, casinos, salas de fiesta, etc.). La obligada salida de Cuba llevó a estos a redirigir sus actividades hacia Las Vegas.
En su momento, el Flamingo se había ubicado prácticamente en el punto en el que South Las Vegas Blvd abandonaba el paralelismo con la vía ferroviaria y se adaptaba a la orientación norte-sur que marcaba el nuevo desarrollo de Las Vegas. Esa decisión marcaría el inicio de la ubicación de los grandes hoteles y casinos a lo largo de la franja (Strip) que acompaña el bulevar. El Strip de Las Vegas es, desde luego, el icono de Las Vegas. En sus aproximadamente seis kilómetros se ubican los principales hoteles, casinos y resorts de la ciudad y su imagen es la conocida internacionalmente. El éxito del Strip eclipsaría al downtown que iniciaría un declive que todavía perdura en la actualidad.
Esquema del Strip de Las Vegas con la ubicación de sus principales edificios.
Más aún, con la aparición de la última generación de grandes resorts que, como The Mirage, abierto en 1989 con 3.000 habitaciones, o el Luxor, inaugurado en 1993 con 4.500, propondrían nuevas fórmulas de entretenimiento, sumando a la tradicional oferta de juego otro tipo de espectáculos con una orientación más familiar (como, por ejemplo, funciones permanentes del Cirque du Soleil). Además, se irían incorporando actividades complementarias con centros de convenciones, comerciales o deportivos.
Desde aquellos primeros años de la década de 1940, el crecimiento de Las Vegas ha sido exponencial, siendo la ciudad de los Estados Unidos que ha experimentado un incremento más espectacular. En 1940, no alcanzaba las 40.000 personas, mientras que, en 2010, el conjunto metropolitano superaba los 1.900.000 habitantes (existen en internet videos con el time-lapse de esta vertiginosa evolución en los que se aprecia como el sprawl va fagocitando el desierto).
La sucesión de imágenes refleja el extraordinario crecimiento de Las Vegas en las últimas décadas. Arriba, a la izquierda estado en 1972 y a la derecha en 2000. En la imagen central situación en 2017. El incremento de la extensión urbana es sorprendente. El mapa inferior muestra los diferentes municipios que se agrupan en la Región Metropolitana de Las Vegas (a la derecha aparece el embalse surgido tras la construcción de la Presa Hoover en el río Colorado).
Como decimos, hoy Las Vegas forma parte de una extensa y próspera área metropolitana que incluye otros municipios (de hecho, el Strip discurre por las localidades de Paradise y Winchester). Desde luego el turismo sigue siendo el motor principal (recibe unos cuarenta millones de visitante al año) y también es importante la industria inmobiliaria, pero se está trabajando para diversificar su economía, potenciando otro tipo de actividades tanto industriales, como de investigación o servicios.

Con todo, la célebre frase “What happens in Vegas, stays in Vegas” (lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas), que asimilaba la ciudad a un agujero negro que retenía el lado salvaje de sus visitantes, o el apodo de “Sin City” (Ciudad del pecado) está perdiendo su justificación. La causa no se encuentra solamente en la transformación económica que se está produciendo, sino también en el hecho de que la industria del entretenimiento está apostando muy fuerte por el ocio familiar, blanqueando así la imagen de la ciudad. 

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