8 abr. 2017

Semana Santa y Ciudad: una unión indisoluble (1)

La Semana Santa es una celebración religiosa que sale de los templos para desarrollarse en el espacio público, estableciendo una unión indisoluble con la ciudad. Semana Santa en Málaga: Procesión del Cautivo.
Durante los ocho días que transcurren entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua, los cristianos conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo en la denominada Semana Santa. La celebración lleva al espacio público de las ciudades una ceremonia que supera su dimensión religiosa para convertirse en un fenómeno social y cultural. Esto es así porque se manifiesta como un complejo conjunto de impresiones, aglutinando sentimientos religiosos expansivos con el recogimiento reflexivo y con elementos festivos, aderezado todo ello por experiencias sensoriales y emocionales de gran intensidad. Los católicos viven esas fechas con solemnidad, pero su espíritu alcanza también a muchas personas no creyentes que se ven imbuidas en una impactante vivencia colectiva.
En España (y también en otras partes del mundo), muchas ciudades sirven de escenario para esa celebración religiosa, expresando la unión indisoluble entre Semana Santa y ciudad. En esta primera parte del artículo atenderemos a las cuestiones más generales de esta relación, mientras que en la segunda entrega profundizaremos en su carácter urbano.


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La Semana Santa cristiana, entre lo espiritual y lo festivo, entre lo individual y lo colectivo.
Durante los ocho días que transcurren entre el Domingo de Ramos y el Domingo de Pascua, los cristianos conmemoran la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo en la denominada Semana Santa (aunque en algunas ciudades hay “semanas” de diez días, dado que comienzan el Viernes de Dolores, que es el viernes anterior al Domingo de Ramos). La celebración lleva al espacio público de las ciudades una ceremonia que supera su dimensión religiosa para convertirse en un fenómeno social y cultural. Esto es así porque se manifiesta como un complejo conjunto de impresiones, aglutinando sentimientos religiosos expansivos con el recogimiento reflexivo y con elementos festivos, aderezado todo ello por experiencias sensoriales y emocionales de gran intensidad.
En nuestros días, los católicos viven esas fechas con solemnidad y, aunque para los no creyentes sea un mero periodo vacacional, el ambiente y el espíritu generado por la Semana Santa llega a alcanzar a muchos de ellos, que se ven imbuidos en una impactante vivencia colectiva. Por eso, hay quienes aprovechan el periodo festivo para hacer un turismo temático vinculado a esa experiencia, visitando alguna de las ciudades que destacan por la espectacularidad de sus celebraciones y por el atractivo de otras cuestiones que las complementan.
En España (y también en otras partes del mundo), muchas ciudades adquieren una gran significación como escenarios de esa representación religiosa, que trasciende a los propios templos para desarrollarse en el espacio público. Porque la Semana Santa desborda el espacio interior de las iglesias para inundar la ciudad. Así, una serie de calles y plazas, que acogen los itinerarios procesionales y algunos oficios religiosos, se convierten en escenario del ceremonial, siendo recorridas por multitudes que sienten con emoción la energía que emana del grupo, participando tanto los católicos como los que no comparten esa fe.
Semana Santa en Sevilla: Presentación de Jesús al Pueblo.
La sintonía con el espacio urbano es total, expresando la unión indisoluble entre Semana Santa y ciudad. No obstante, no es un caso único, porque la ciudad proporciona el lugar idóneo para que las comunidades humanas realicen en ella sus rituales colectivos, que tienen una importancia fundamental para la cohesión social, ya que, al proporcionar vivencias compartidas y elementos identitarios, refuerzan el sentimiento de pertenencia de los individuos al grupo. En este sentido, el antropólogo Manuel Delgado apunta a quela calle es ese escenario predilecto para que una sociedad se procure a sí misma sus propias teatralizaciones. Sometidos a la vista de todos, los grupos humanos encuentran en el proscenio dónde dramatizar sentimientos compartidos, conciencias identitarias, vindicaciones, acatamientos y rebeldías” (“Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles”. Manuel Delgado. Ed. Anagrama, Barcelona 2007, pág. 129)
Semana Santa en Sevilla: La Macarena.
Existen numerosos ejemplos de índole muy distinta, como acontecimientos festivos (que pueden ser desde los carnavales hasta las celebraciones de victorias deportivas), manifestaciones políticas, desfiles, cabalgatas o expresiones conjuntas de duelo (como en un funeral público de un personaje ilustre), entre otras muestras. La Semana Santa es una de esas comuniones colectivas, aunque en su concepción original contaba con intenciones no explícitas que iban más allá, ya que el hecho de que el espíritu religioso “tomara” la ciudad simbólicamente, pretendía modificar la percepción de los ciudadanos sobre los espacios urbanos cotidianos, que resultarían así “sacralizados” (cuestión sobre la que reincidiremos en la segunda parte del artículo).

La Semana Santa: conmemoración y simbología, desde lo pagano a lo religioso.
Las grandes conmemoraciones cristianas se hicieron coincidir con fechas que los pueblos ya tenían asumidas como festividades por razones diversas, fundamentalmente vinculadas a los cambios estacionales y a las cosechas ya que eran sociedades eminentemente agrícolas. Este aprovechamiento de hábitos establecidos, reconduciéndolos hacia una nueva significación, religiosa en este caso, fue una de las estrategias que ayudarían a consolidar el cristianismo. Particularmente, las ceremonias católicas fueron, quizá, las que más partido obtuvieron de esas antiguas celebraciones paganas.
Una de esas fiestas ancestrales se celebraba con la llegada de la primavera. Se dejaba atrás el invierno y la naturaleza volvía a florecer. Simbólicamente se dejaba atrás la muerte y se celebraba el retorno de la vida. Esa misma idea subyace en la Semana Santa, donde se celebra el triunfo de la vida (resurrección de Jesucristo) sobre la muerte (la pasión que llevaría a Jesús a la cruz). Así pues, la representación católica de los últimos días de Cristo se superpondría a esa dialéctica entre la muerte y la vida celebrada desde tiempos muy remotos y lograría hacer evolucionar una fiesta pagana en otra religiosa.
Semana Santa en Zamora: Cristo de las Injurias.

Poco a poco se iría estableciendo el ceremonial, fijando una semana al año que sería “santa”, que comenzaría con el Domingo de Ramos, recordando la entrada de Jesucristo en Jerusalén y, recorrería el extraordinario sufrimiento que le llevaría a su crucifixión, para terminar con el optimismo del Domingo de Pascua, que celebra la resurrección final y es, por tanto, la fiesta principal del cristianismo.
No obstante, resulta sorprendente la variabilidad de las fechas, ya que cada año, la semana escogida es diferente (lo cual le proporciona una gran expectación). El cálculo de la fecha para celebrar el Domingo de Pascua (que es el día que determina todos los demás) es complejo, aunque se mueve dentro de una “horquilla” fijada a los comienzos de la primavera, con límites en el 22 de marzo y el 25 de abril. Estas fechas proceden de la adopción en el año 525, tras varios siglos de discusiones sobre cuál debía ser la fecha idónea, de una regla propuesta por el monje y matemático Dionisio “el exiguo”. Según esa fórmula (conocida como el Computus), el Domingo de la Pascua de Resurrección debe ser el domingo siguiente al día en que se produzca la primera luna llena que sigue al equinoccio de la primavera boreal (del hemisferio norte), aunque no en el sentido astronómico, ya que es variable, sino que se precisó un equinoccio “oficial” en el día 21 de marzo. De esta norma se deducen los extremos temporales referidos anteriormente. A Dionisio también se le atribuye la introducción de la “era cristiana” (Anno Domini), que hace coincidir el comienzo de la numeración de los años con el nacimiento de Jesucristo.
Con la determinación de la semana correspondiente se van determinando otras fechas importantes en la liturgia, como por ejemplo la Cuaresma, que es el periodo de cuarenta días previos de preparación de los creyentes para la Semana Santa (cuarenta días, contados excluyendo los domingos, que terminan el Sábado Santo). Este tiempo litúrgico comienza el miércoles de ceniza (que, según el Computus, puede oscilar entre el 4 de febrero y el 10 de marzo) con la imposición en la cabeza de la ceniza obtenida de la incineración de los ramos que fueron bendecidos en el Domingo de Ramos del año precedente, simbolizando la muerte que llegará para todos y recordando que el cuerpo se convertirá en polvo. Durante la Cuaresma, los fieles realizan penitencia, ayuno y vigilia en un ambiente de recogimiento.
El miércoles de ceniza sigue al martes de carnaval, día en el que termina una celebración radicalmente distinta. El carnaval es un rito lúdico, que antecede a las privaciones cuaresmales y que también tiene una estrecha relación con el espacio público de la ciudad. Las gentes se disfrazan y salen a la calle en una explosión de alegría y diversión, caracterizada por la permisividad y un cierto descontrol (pero esta es otra historia).
El tema esencial de la religiosidad de la Semana Santa es precisamente la penitencia. El arrepentimiento por los pecados cometidos y la búsqueda del perdón se expresan en la capacidad de sufrimiento. Jesucristo se convierte en modelo y su imitación, que pasa por la mortificación, aparece como el único camino para la redención. Además, el carácter público de algunas de esas penitencias (aunque las personas que las realizan se cubren el rostro para ocultar su identidad) otorga un aparente mayor valor al acto de contrición que, muchas veces, presenta tintes cruentos, con derramamiento de sangre para emular la Pasión de Cristo. Durante la Semana Santa, el objetivo de renovación espiritual iniciado con la penitencia se complementa con ayunos y otros actos disciplinarios.
Semana Santa en Quito: penitentes.
Pero la Semana Santa conjuga el sentimiento individual con el colectivo y es precisamente este último el que impulsa la dimensión ciudadana de la celebración. Para organizar la compleja y espectacular conmemoración pública, que va mucho más allá de los oficios religiosos, la iglesia católica se apoyaría desde un primer momento en las cofradías. Las cofradías habían nacido como asociaciones vinculadas a los gremios, aunque como entidades distintas a ellos, cuya misión era cubrir las necesidades materiales y espirituales de sus miembros (sobre todo en la pobreza, enfermedad o muerte). El fin social asistencial de las antiguas cofradías gremiales las acercaría a la órbita de la iglesia, transformándose en agrupaciones católicas que unirían la caridad pública con la penitencia (como caminos de salvación). La Contrarreforma surgida del Concilio de Trento potenciaría la creación de cofradías como vehículos para reforzar la fe de los creyentes.
Las cofradías (o las hermandades, que son similares pero que carecen de esa relación con los oficios) se identificarían por una advocación religiosa que las representaría (principalmente de Cristo y de la Virgen, en diversos momentos de la Pasión). La veneración hacia la imagen (o imágenes) del “titular” de la cofradía y su salida en procesión son alguno de sus rasgos definitorios (especialmente durante la Semana Santa, pero también en otros días señalados, como romerías o fiestas patronales). De hecho, las cofradías se convertirían en las grandes promotoras de la creación de los pasos escultóricos que caracterizan las procesiones de la Semana Santa.

Semana Santa en Sevilla: Saeta cantada al Cristo del Museo.
Elementos festivos y culturales de la Semana Santa.
En una sociedad como la actual, caracterizada por un alto grado de pragmatismo y laicidad, la Semana Santa cristiana se convierte, para muchas personas, en una celebración festiva y cultural, y también en una industria económica. De hecho, numerosas ciudades lanzan campañas publicitarias aprovechando el reclamo de su Semana Santa para atraer visitantes en esos días festivos. Muchos de los turistas que acuden a la Semana Santa de alguna ciudad, y también buena parte de los residentes no creyentes, aprecian el ritual, pero lo descargan de su significado para fijarse en otros valores asociados, que pueden ser artísticos, etnológicos, folclóricos, etc., dejándose, además, “hechizar” por su penetrante sensualidad y por la “magia” de la masiva expresión comunitaria. Y viceversa, porque para quienes la celebración religiosa sigue plenamente vigente y la viven inmersos en el ambiente de fervor, es imposible quedar ajenos a toda la parafernalia complementaria que la acompaña.
Esto es así porque la Semana Santa es una vivencia polifacética, una experiencia muy diferente a otras. Esto se produce, por ejemplo, gracias a la intensidad sensorial de un impresionante espectáculo dotado de gran emotividad. Allí se fusionan sonidos, procedentes de cornetas y tambores, con sus ritmos repetitivos que actúan como un mantra concentrador; del desagarro de saetas cantadas con profundo sentimiento; de los golpes del mazo en los pasos para marcar descansos y reactivaciones; y el silencio sobrecogedor…. También impactan los variados aromas a incienso o a cera que impregnan el ambiente. O la sugestión visual del colorido de flores o trajes; de la luz delicada luz de las velas en la nocturnidad que focaliza y potencia la acción. Y, por supuesto, la experiencia táctil de sentir la masa humana comprimida en calles muchas veces estrechas.
Aparte de esta sensualidad (a la que más adelante volveremos a aludir para incorporar el sentido del gusto), para muchos, la Semana Santa es una manifestación artística multidisciplinar y única. En ella se reúnen aspectos arquitectónicos o escultóricos y se expresan la música y la danza, todo ello dotado de una gran teatralidad.
La música es uno de los grandes atractivos que se encuentran en la frontera entre hechos culturales y religiosos. Ya hemos hecho referencia a las bandas que acompañan a las procesiones, que se ven reforzadas en algunos casos por grupos numerosísimos de tambores que alcanzan un gran protagonismo (algunas ciudades, particularmente las del Bajo Aragón, han hecho de las agrupaciones de tambores tocando al unísono una de sus señas de identidad). La ciudad se convierte en una caja de resonancia y los asistentes se sienten introducidos dentro del “instrumento musical”, en una experiencia inolvidable. Es habitual en estas fechas la celebración de conciertos de Pasiones y Oratorios (principalmente barrocos, con Bach a la cabeza), que están asociados al periodo santo que se ve reforzado desde la cultura. En algunos casos, estas interpretaciones se sistematizan con la celebración de un festival de música sacra, como es el de la Semana de Música Religiosa de Cuenca, que reparte sus conciertos entre diversos templos y el auditorio de la ciudad.
Semana Santa en Calanda: tambores en la Rompida de la hora.
El aire teatral de toda la conmemoración, en algunos casos, se convierte en un hecho explicito, al representarse en esas mismas fechas la Pasión como una obra de teatro. Hay ciudades que convierten esta dramatización en algo muy especial porque utilizan el espacio público de la ciudad como escenario y a actores no profesionales, seleccionados entre los propios ciudadanos que se involucran en la función. Incluso, en ocasiones, el publico se ve implicado en la acción.
Otro de los principales incentivos artísticos, en especial en algunas ciudades, es la escultura que protagoniza los pasos procesionales (en los que profundizaremos más adelante). Las realistas y dramáticas representaciones de los distintos personajes o de las complejas escenas de la Pasión de Jesucristo son, en algunos casos, obras de los grandes maestros de los siglos XVII y XVIII. Las ciudades que tienen el privilegio de contar con estos pasos del máximo nivel artístico (como Valladolid, Sevilla o Murcia, entre otras) brindan el reclamo ideal para visitantes que desean apreciar en directo ejemplos de la mejor escultura barroca española, inmersas en el ambiente singular para el que fueron creados.
Semana Santa en Murcia: la Oración en el Huerto de Salzillo, sale del Museo para recorrer la ciudad.
Pero los análisis disciplinares no son suficientes, como advertiría el arquitecto Óscar Tusquets con su personal enfoque sobre las cosas. Tusquets, tras su experiencia en Sevilla, ofreció una visión librepensadora de la Semana Santa en su libro “Dios lo ve”. Sus primeras impresiones acerca de la “emoción y belleza de este acto de fe”, o de “sentir el angosto espacio de la calle abarrotada de fieles, el perfume -mezcla de cera, incienso y flores-, la oscuridad, sólo rota por la luz de las velas…” le animaron a describir su percepción del “arte” (en su sentido más amplio) que encierra el acontecimiento: “La Semana Santa sevillana, el rito religioso más extraordinario que he podido contemplar, no la puede imaginar quien no ha estado allí. Pues incluso esta ceremonia complejísima y sobrecogedora puede explicarse como la forma de resolver con gracia un problema difícil. ¿Cuál es el problema? El problema es trajinar el paso (un bulto lo más grande posible, todo lo que permita la puerta del templo o la distancia entre balcones de la calle más estrecha del recorrido) desde el templo de cada hermandad hasta la Catedral, penetrar en ella, rendir culto frente al altar mayor, y llevarlo de vuelta. Naturalmente existen unas reglas que es recomendable respetar. La primera es que el paso se lleve a hombros de costaleros; las poblaciones que han aceptado poner ruedas con neumáticos bajo los pasos han arruinado la procesión. Cuando éramos jóvenes y padecíamos de miopía ideológica, estábamos convencidos de que, una vez desaparecido el franquismo, la Semana Santa languidecería inexorablemente. (Las primeras dudas me asaltaron cuando vi a mis amigos arquitectos sevillanos, progres todos, y algunos del Partido Comunista, vestirse de nazarenos, enrollarse la soga de esparto a la cintura, calarse el capirote y asistir piadosamente a la procesión). Desde luego creíamos que los primeros en desertar serían los esforzados costaleros, que entonces eran remunerados. Cobraban por cada procesión, y sólo la miseria podía explicar tan durísima y humillante tarea.
Hoy para nuestro desconcierto, resulta que la Semana Santa disfruta de buenísima salud, que los costaleros trabajan por amor al arte (nunca más apropiada la expresión) y que existe una enconada competencia para poder disfrutar de este privilegio. Por no hablar del privilegio que significa ser el Capataz, cargo que se transmite de padres a hijos. Como los costaleros caminan ciegos bajo el Paso, el Capataz debe tener el arte de guiarlo, de ser sus ojos, de que no tropiece cuando gira en estrechas esquinas o atraviesa el portal de su iglesia, de dar los descansos y el tiempo preciso que exige la procesión.
Así que sabemos que el problema a resolver es llevar a hombros el paso, o los dos pasos, desde la iglesia de cada hermandad hasta la Catedral, y vuelta. De la gracia con que esto se haga depende la artisticidad de la ceremonia: de la estructura y ornamentación escultórica del paso, del ritmo con que camine o dance, de cómo se hayan aflojado los varales para que la bambalina del palio acuse esta danza, de la belleza y emotividad de las imágenes y de cómo se hayan vestido y enjoyado, de la disposición de velas y flores, de cómo oscila la pradera de claveles que se extiende a los pies de Cristo -oscila porque cada una de las flores está sujeta a un vibrátil tallo de alambre-, de la música o del silencio que acompañan la procesión, de su extrema lentitud… En cómo se resuelve este problema, en cómo se realiza este recorrido, consiste, ni más ni menos, la Semana Santa(“Dios lo ve”. Oscar Tusquets. Ed. Anagrama, Barcelona 2000, págs. 194-196)
Semana Santa en Córdoba: Cristo de la Misericordia.
Pero todos estos elementos, que son intrínsecos al ceremonial, se ven acompañados por otros que complementan la experiencia (sobre todo la turística). Entre ellos es también reseñable la gastronomía (y aquí llega el sentido del gusto que había quedado pendiente en la experiencia sensorial que ofrece la Semana Santa). Son muchos los platos típicos elaborados específicamente para esas fechas, ofreciendo una gran variedad entre las diferentes regiones españolas. Así se encuentran, desde las tradicionales torrijas hasta los huevos y monas de Pascua, pasando, por ejemplo, por las diferentes elaboraciones de bacalao en salazón (como buñuelos o croquetas), entre otras muchas propuestas.


En la segunda parte de este artículo profundizaremos en los pasos, las procesiones y en el papel de la ciudad como escenario.

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