18 feb. 2017

Así nació Washington, la capital de los Estados Unidos de América.

Plano de 1835 reflejando la delimitación del Distrito Columbia y las trazas urbanas esquemáticas de Washington.
La fundación de ciudades es siempre un acto especial, pero mucho más cuando nacen como capitales que deben representar a una nación. Entonces, todas las decisiones son más trascendentes. La selección del emplazamiento, la planificación de su trazado o la ubicación de sus instituciones, se convierten en actos dotados de una gran significación.
Cuando se constituyeron los Estados Unidos de América, a partir de las Trece Colonias británicas que habían logrado su independencia del Imperio, se tuvo la necesidad de construir una nueva ciudad para ejercer de capital federal de la incipiente nación. Y no solo eso, sino que, además, debería contar con un territorio propio y autónomo respecto a los estados. Con esos requisitos, en 1791, nació Washington y se delimitó el Distrito Columbia que la contiene. En este artículo nos aproximaremos a las circunstancias que rodearon su fundación para, en otro posterior, analizar su singular trazado, del que podría decirse que fue el “canto del cisne” del urbanismo clásico.

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La capital de un estado es la sede del poder político que lo gobierna y como tal ejerce un papel de representación de toda la nación. Este privilegio sitúa a estas ciudades especiales en la cabeza de la jerarquía urbana, aunque, en bastantes casos, ese liderazgo sea solamente institucional, puesto que son otras las urbes principales desde un punto de vista económico, demográfico, cultural, etc. Esto sucede en los Estados Unidos de América, donde la capital, Washington, queda, en muchos aspectos, por debajo de ciudades como Nueva York, Chicago o Los Angeles, entre otras.
En la antigüedad, la residencia de reyes o emperadores otorgaba tácitamente la capitalidad, pero no era extraño que esa dignidad variara con los cambios dinásticos o, incluso, que no hubiera una corte permanente y esta se trasladara por diversas ciudades sin señalar específicamente a ninguna de ellas. Pero el crecimiento del aparato burocrático obligaría a asentar esas cortes itinerantes forzando a los monarcas a seleccionar una ubicación estable.
Hay ciudades que ejercieron de “capitales” porque destacaron en su entorno y fortalecieron su papel dirigente conforme sus territorios se consolidaban. Son los casos de ciudades como Atenas, Roma, París o Londres, grandes ciudades de la antigüedad, que mantendrían su estatus privilegiado también en la Edad Moderna, tras la creación de los estados nacionales, que requirieron, entre otras cosas, disponer de una capital fija.
La designación de una capital siempre ocasionaba polémicas entre las candidatas mejor dispuestas para albergarla y no son pocos los casos en los que para evitar enfrentamientos se designaba una tercera ciudad, menos importante, aunque, con el tiempo, y gracias al impulso que le proporcionaba el rango adquirido por albergar a las instituciones del estado, ascendía rápidamente en el escalafón.
En otras ocasiones, la disputa se solucionaba creando una ciudad ex novo, diseñada específicamente para esa función (aunque en épocas recientes, también se ha optado por crear nuevas capitales para reequilibrar territorios y evitar la congestión de las anteriores). El caso de Washington, capital de los Estados Unidos de América, es el de una ciudad nueva creada para evitar la rivalidad entre los estados fundadores de la unión y sus ciudades más pujantes. Además, debería estar dotada de un territorio propio para impedir que alguno de los estados individuales tuviera una preponderancia sobre el resto por el hecho de alojar la capital. Y su trazado debería responder a ciertos planteamientos simbólicos puesto que la nueva ciudad sería el emblema ante el mundo de los novedosos valores representativos del incipiente país.
Así pues, la creación de la capital federal supuso solucionar una serie de requisitos que comenzaron con la selección del lugar donde implantarla.

El emplazamiento de la capital federal de los Estados Unidos de América.
Cuando las Trece Colonias británicas alcanzaron su independencia (reconocida oficialmente por el Tratado de Versalles de 1783), ya existía entre ellas una clara división en dos bloques. Las provincias británicas coloniales, que se transformaron en los Estados de la Unión, estaban identificadas como “del norte” o “del sur”, con una diferenciación que iba más allá de su posición, para expresar otras cuestiones de carácter social y económico.
La adscripción geográfica se había afirmado como consecuencia de la solución planteada por una disputa territorial cuando todavía se encontraban bajo el dominio británico. Para resolver el conflicto fronterizo entre colonias se marcó, entre 1763 y 1767, una línea conocida como Línea Mason-Dixon, en referencia a los topógrafos que la trazaron (Charles Mason y Jeremiah Dixon), que delimitaría con precisión Pensilvania, Virginia, Delaware y Maryland y acabaría convirtiéndose en la divisoria virtual entre los estados “del norte” y “del sur”. Las diferencias entre ellos acabarían siendo tan importantes (por ejemplo, por discrepancias respecto a la esclavitud o por la diversidad de sus bases económicas), que los contrapuestos intereses de cada bloque conducirían a la Guerra de Secesión que tuvo lugar entre 1861 y 1865.
Mapa indicando la posición de Washington (punto rojo) respecto a los Trece Estados originales y, debajo, trazado de la Línea Mason-Dixon.
En aquel contexto poscolonial, los denominados “Padres Fundadores (Founding Fathers) de los Estados Unidos” tuvieron claro que el nuevo país debía contar con una capital creada específicamente para tal cometido. Hasta entonces, habían ejercido el papel de capitales oficiosas Filadelfia (donde se firmó la Constitución) y Nueva York (donde tomó posesión el primer presidente), pero ambas ciudades estaban en estados del norte y eran vistas con recelo desde el sur. También inquietaban las posibles disputas entre las ciudades más pujantes para acceder a ese rango o la posibilidad de que un estado tuviera prioridad sobre el resto por el hecho de albergar la capital y que esto pudiera cuestionar su independencia. Por eso, se decidió crear una ciudad nueva y, no solo eso, sino que la capital debería contar con un territorio propio que garantizaría su autonomía respecto a los estados.
La negociación sobre la ubicación de la capital se produjo en el contexto de una toma de decisiones más amplia, que tenía como asunto principal el equilibrio entre el poder individual de los estados y el poder del nuevo gobierno central. Uno de los temas más polémicos versó sobre la deuda que los estados habían adquirido durante la contienda por la independencia, tanto respecto del exterior, con Francia y Holanda como principales acreedores, como del interior, mantenida con ciudadanos de la propia Unión. La propuesta defendida por los partidarios de un poder central fuerte (con Alexander Hamilton a la cabeza) era que el gobierno federal debía asumir esa deuda, ya que veían en el hecho de adjudicarse mayores competencias (la deuda entre ellas) una forma de reforzar su posición frente a los estados particulares.
Los estados del norte (más endeudados) veían esa opción con buenos ojos, pero los del sur (que contaban con menores deudas) eran reacios a aceptarla. En el contexto de esa negociación, se puso sobre la mesa la posibilidad compensatoria de que la capital de la Unión estuviera por debajo de la Línea Mason-Dixon (dentro de los estados meridionales), aunque cercana a ella para no alejarse de los estados septentrionales.
Finalmente, las propuestas de Hamilton (que contaban con el beneplácito del presidente Washington) se impusieron frente a quienes defendían otorgar mayor poder a los estados y menos a la administración central (entre quienes se encontraban Thomas Jefferson o James Madison). Uno de los efectos del acuerdo alcanzado fue la puesta en marcha de la búsqueda, dentro de los estados sureños, de la ubicación para la nueva capital y su territorio autónomo.
La decisión se oficializó en una de las primeras resoluciones de los Padres Fundadores quienes, con la Residence Act de 16 de julio 1790, indicaron que la capital federal se debía fundar junto al Potomac River, dentro de la amplia zona existente entre el Eastern Branch (Anacostia River) y el Connogochegue. Esa ubicación quedaba por debajo de la línea de referencia y estaba suficientemente centrada respecto al conjunto de los estados (aproximadamente a medio camino entre el estado situado entonces más al norte, New Hampshire, y el más meridional, Georgia). Además, facultaron al presidente para definir exactamente la ubicación y poner en marcha el proceso de construcción de la nueva ciudad.
Plano topográfico del área donde se levantaría Washington. Georgetown se encuentra en el noroeste.
El sondeo acabaría con la elección del entorno del río Potomac, junto a la ciudad de Georgetown, entre el Rock Creek y el Eastern Branch (Anacostia River), una zona relativamente pantanosa que el propio presidente Washington, comisionado por el Congreso, escogería en noviembre de 1790. El distrito se extendería por las dos orillas del rio, en terrenos que hasta entonces correspondían a los estados de Virginia y Maryland, que cederían el territorio necesario (aunque la futura capital federal se ubicaría en la margen izquierda).

La creación del Distrito Columbia y el encaje de la nueva capital federal.
Así pues, el primer paso, tras elegir el sitio fue la delimitación de un territorio propio para la futura capital, que se denominaría “Distrito Columbia” (un nombre que homenajeaba al descubridor de América) y sería segregado de los estados de Maryland y Virginia.
La forma dada al distrito fue muy particular. Originalmente quedó definido por un cuadrado de 10 millas de lado (16,09 kilómetros) cuyos vértices se orientaron siguiendo los puntos cardinales (apareciendo en el mapa como un rombo regular o un “diamante” según una visión menos matemática). El área del distrito sería así de 100 millas cuadradas (259 kilómetros cuadrados). El rio Potomac entraba en el “rombo” por la mitad del lado noroccidental, siguiendo su curso perpendicularmente hasta el centro del mismo, desde donde giraba hacia el sur para salir del distrito junto a su vértice meridional.
La rotunda formalización del distrito quedó marcada por 40 mojones de piedra que se instalaron cada milla (se conservan 36 de esos hitos históricos en su ubicación). El primero en colocarse fue el denominado Jones Point, que señalaba el vértice sur en la confluencia del Hunting Creek con el Potomac River. De este trabajo se encargó un equipo de topógrafos dirigido por Andrew Ellicott, que emplazó los hitos entre 1791 y 1792 (Ellicott tendría un papel importante en la futura definición de la capital).
Plano reflejando la ubicación de los mojones que delimitaron el Distrito Columbia y muestras de los conservados.
Dentro del “rombo” ya existían dos ciudades: una en la margen izquierda del rio Potomac, Georgetown (junto a la que se fundaría Washington) y otra en la ribera derecha, Alexandria. Estas dos ciudades habían sido fundadas respectivamente en 1751 y 1749 y entonces eran dos puertos prósperos que podían resultar un apoyo importante para el arranque de la nueva ciudad. En esa zona, también había un plan para implantar otras dos nuevas ciudades, que llegaron a tener nombre (Hamburgh y Carrollsburgh) pero que no se desarrollarían debido a la construcción de la capital.
El Distrito Columbia (D.C.), definido por la delimitación comentada, fue oficializado por la Organic Act de 1801, segregando esos terrenos de Virginia y Maryland para ponerlos bajo el control exclusivo del Gobierno Federal. Entonces se organizó administrativamente en dos condados: al norte (orilla izquierda del río), el condado de Washington y al sur (orilla derecha) el condado de Alexandria. No obstante, el D.C. no quedaría así. Virginia acabaría reclamando la devolución de su antiguo territorio al sur del rio Potomac (el referido condado de Alexandria), consiguiendo la retrocesión en 1846.
[Tras la reintegración en Virginia, la ciudad de Alexandria acabaría obteniendo su propia administración como municipio independiente, City of Alexandria, y el resto del territorio, para evitar confusiones, se renombró en 1920 como condado de Arlington, en referencia a la Arlington House, que fue residencia del general Robert E. Lee. Por esta razón, alguno de los grandes equipamientos gubernamentales, como el Pentágono, no se encuentran propiamente en Washington D.C., sino en Arlington, Virginia, en la orilla derecha del río].
Con esa segregación (de unas 31 millas cuadradas, en torno a 80 kilómetros cuadrados), el “rombo” quedaría truncado en su sector suroccidental, siguiendo la “falla” del Potomac River, siendo esta la delimitación desde entonces (con la retrocesión, los mojones que deslindaban la ribera derecha del rio quedarían dentro del estado de Virginia, como una anécdota histórica).
Sobre el plano de 1888, arriba la delimitación inicial del Distrito Columbia y debajo su definición final.
La regularidad inicial de la formalización geométrica del Distrito parecía sugerir pistas para las trazas de la nueva ciudad, de forma que las diagonales de ese gigantesco cuadrado-rombo, que quedaban orientadas de norte-sur y de este-oeste, pudieran convertirse en los ejes principales de la ciudad (albergando la casa del Presidente y el edificio del Congreso, respectivamente, que eran los dos edificios principales de la nueva ciudad). Además, el cruce de ambas señalaba un punto al que poder dotar del máximo simbolismo en la composición urbana.
Pero esas supuestas intenciones iniciales no se cumplirían, porque la ubicación de los ejes donde se encuentran la Casa Blanca y el Capitolio están levemente desplazados respecto a las diagonales, y en su cruce tampoco se levanta el monumento más emblemático de la ciudad (el gran obelisco dedicado al primer presidente de los Estados Unidos), porque se encuentra ligeramente desviado. Ciertamente, la geometría y la topografía no tienen por qué coincidir y, de hecho, en el caso de Washington, los puntos que la geometría sugería como principales no lo eran desde el punto de vista topográfico. Por ejemplo, la cima de la pequeña colina del Capitolio, el lugar deseado para levantar el edificio que representaría a la soberanía popular, no se ajustaba con el paso de la diagonal y, por eso, se desplazó el eje principal de la ciudad. Y lo mismo sucedió con la residencia presidencial. Quizá se podía haber condicionado la disposición del cuadrado desde las intenciones topográficas, pero la delimitación del distrito ya había sido oficializada.
Al margen de estas paradojas compositivas, existen otras de carácter político derivadas del hecho de que el Distrito Columbia no es un estado. Esto implica que sus habitantes pagan impuestos federales (como todos los estadounidenses), pero no tienen posibilidad de influir en su destino al carecer de representantes en el Congreso (Puerto Rico tampoco tiene representación, pero no contribuye a las arcas de la federación). La reivindicación para constituir el D.C. como el estado número 51 de la Unión es constante entre los residentes de la capital (de hecho, hasta 1961, ni siquiera podían votar al presidente y tuvo que ser la enmienda nº 23 la que les otorgó ese derecho, que ejercieron desde 1964). Esta “anomalía” es recurrentemente denunciada, pero el debate continúa sin que tenga visos de solución a corto o medio plazo.

Georgetown, precedente urbano y referencia geométrica.
Georgetown existía desde 1751, cuarenta años antes de la presentación del primer plan para la capital, y tuvo una influencia notable sobre el planteamiento urbano de la futura capital.
La historia de Georgetown comenzaría realmente en 1703, cuando un colono escocés llamado Ninian Beall recibió 705 acres de tierra en el lugar donde medio siglo después nacería la capital. Beall llamó a sus posesiones Rock of Dumbarton en referencia a su lugar de origen. Aquellos terrenos se ubicaban sobre la llamada Fall Line, la línea geológica que separa las laderas de las montañas (formadas por rocas magmáticas y metamórficas) de las planicies costeras (de rocas sedimentarias). Esa línea es importante porque es el lugar donde se interrumpe la navegación convencional debido al aumento drástico de la pendiente del terreno, que en el caso del río Potomac se remarca con las Little Falls, la zona de “rápidos” que identifica la transición. Por esa razón, Georgetown nacería en ese punto, ya que acogería el puerto interior hasta donde podían acceder las naves que realizaban los viajes transatlánticos.
Mapa de la Costa Este de los Estados Unidos, centrada en la península de Delmarva entre la bahía de Chesapeake, la bahía de Delaware y el océano Atlántico. Se identifica la Fall Line que separa la geología de las laderas montañosas de las tierras costeras (situada entre la zona coloreada y la zona gris). El punto rojo indica la localización de Washington.
En ese lugar se estableció un puerto idóneo para el comercio, principalmente de tabaco. Allí se irían posicionando los principales comerciantes de tabaco y la zona prosperó con rapidez. Sería en 1751 cuando estos comerciantes solicitarían y lograrían el permiso de la administración colonial de Maryland para fundar una nueva ciudad junto a los muelles fluviales. Los comisionados negociaron con los propietarios de los terrenos adyacentes al puerto, George Gordon y George Beall (que era hijo de Ninian, el primer colono de la zona), pero estos se negaron a vender y, tras una reclamación judicial, fueron obligados a hacerlo. Una de las incógnitas que esconde Georgetown es el origen de su nombre que bien pudiera homenajear al rey Jorge II (monarca británico en aquellos años) o a los dos George propietarios originales.
Se trazó el plan de la ciudad con criterios de racionalidad máxima: una retícula ortogonal orientada según los puntos cardinales. Su planteamiento fue modesto, ofreciendo 80 parcelas separadas por dos calles principales perpendiculares, orientadas según los puntos cardinales, y dos callejones (lane) en dirección norte-sur. La ciudad se estructuró a partir de esos dos ejes principales que recordaban a los cardus y decumanus romanos. El que discurría en dirección este-oeste fue llamado, desde el cruce hacia el oeste, Falls Street, la calle “de las cataratas”, porque apuntaba en esa dirección; y Bridge Street desde el centro hacia el este, la calle “del puente” porque se dirigía hacia el viaducto que salvaba el arroyo Rock Creek (que separa Georgetown y Washington). No obstante, todo el eje acabaría siendo conocido como Bridge Street y se convertiría en la vía principal de la ciudad gracias a la creciente importancia del puente que la uniría con Washington. Por su parte, el eje norte-sur recibió el nombre de Water Street desde el cruce hacia el sur (hacia el río) y High Street hacia el norte. Los callejones que se trazaron en dirección norte-sur recibieron nombres expresivos: Duck Lane (el occidental, por debajo del eje principal, haciendo referencia a los patos de las montañas) y Fishing Lane (el oriental, también por debajo de la calle principal, recordando el pescado procedente del rio). Sus continuaciones sobre el eje principal se denominaron simplemente West Lane y East Lane.
Plano inicial de Georgetown (1751)
Georgetown quedaría al margen de la planificación de la capital y tampoco se vería condicionada por ella. Más bien sería al contrario ya que el trazado de Washington, adoptaría el mismo criterio para su trama básica: una retícula ortogonal orientada siguiendo los puntos cardinales. Además, se pensó en dar continuidad al eje principal de Georgetown dentro del trazado de la capital, al menos inicialmente.
Ubicación de Georgetown en su entorno topográfico, junto al Rock Creek que desemboca en el río Topomac. La línea punteada en rojo indica la extensión del primer trazado de la ciudad.
Apunte sobre la evolución de Georgetown desde el nacimiento de Washington: crecimiento y anexión a la capital.
Tras el nacimiento de Washington, una transformación importante en el núcleo original de Georgetown fue la apertura del Chesapeake and Ohio Canal, que se mantuvo operativo entre 1831 y 1924. El canal, que discurría paralelo al rio Potomac, unía Georgetown con Cumberland a lo largo de casi 300 kilómetros, e iba acompañado de caminos laterales (Towpath o “camino de sirga” que, con fuerza animal o humana, permitía el remolcado de las embarcaciones contracorriente). Su trazado atravesó el núcleo antiguo de la ciudad de oeste a este, a medio camino entre el rio y el eje principal de la ciudad (Bridge Street). Tras quedar en desuso por la competencia del ferrocarril, el canal se convertiría en un parque y, en 1961, fue designado Monumento Nacional, siendo mantenido en la actualidad por la Chesapeake and Ohio Canal National Historical Park.
El Chesapeake and Ohio Canal a su paso por Georgetown, en la actualidad.
No obstante, hasta la década de 1780 la ciudad no comenzaría a crecer y a extender su trama original. Georgetown crecería con extensiones como la Beatty & Hawkins' Addition de 1860.
En 1872, el hasta entonces municipio autónomo de Georgetown, fue anexionado a Washington. Sus calles se rebautizaron en 1895 para integrarlas en el esquema general de la capital de los Estados Unidos. En la actualidad, Bridge Street forma parte de la M Street NW de Washington, aunque no se alinea exactamente con el brazo de la capital, obligando a un acuerdo peculiar a la altura de New Hampshire Avenue NW y 21 Street NW. El eje norte-sur Water Street-High Street recibió el nombre de Wisconsin Avenue NW. Y los callejones que se trazaron en dirección norte-sur, Duck Lane-West Lane y Fishing Lane-East Lane, forman parte actualmente de 33 Street NW y 31 Street NW, respectivamente. Hoy, Georgetown es uno más de los barrios de Washington D.C.,

Primeros esbozos para la capital federal (las ideas de Jefferson).
Thomas Jefferson (1743-1826) fue uno de los “Padres fundadores” de los Estados Unidos, que se convertiría en el tercer presidente de la Unión (entre 1801 y 1809). Fue un personaje polifacético que uniría a su liderazgo político conocimientos profundos de disciplinas muy diversas tanto de la ciencia como del arte, que lo llevaron a destacar como inventor, arquitecto, músico, horticultor o fundador de la Universidad de Virginia. Su interés en la capital federal fue muy importante, implicándose mucho en las fases iniciales, colaborando con el presidente Washington en la selección del sitio, dibujando esquemas urbanos o realizando sugerencias a los redactores del plan de la futura ciudad.
Jefferson era un admirador de la Antigua Roma y de sus estrategias urbanas. De hecho, la Land Ordinance de 1785, que estructuraría el crecimiento de los Estados Unidos y de muchas de sus ciudades, y de la que Jefferson fue uno de sus redactores principales, debía mucho a las centuriaciones romanas. Pero la constatación de la admiración romana que influiría en la futura capital de la Unión no quedaría solamente en la centuriatio (que Jefferson proponía como retícula base de la ciudad). Por ejemplo, se expresó también dando nombres romanos a algunos de los puntos geográficos de la nueva ciudad, como Tyber Creek (el arroyo Tíber), para designar al cauce, hasta entonces conocido como Goose Creek (arroyo del ganso), que discurría por las marismas que acabarían por convertirse en el centro de la ciudad; o la designación del Congreso como Capitolio, en referencia a la colina de la capital italiana sobre la que se levantaron diversas instituciones, entre ellas el Ayuntamiento romano.
Detalle del plano elaborado por Thomas Jefferson en 1791 expresando su visión sobre el trazado de la futura capital.
El dibujo conservado, que expresa la visión de Jefferson de la traza de la capital realizado en marzo de 1791, indica varias cuestiones: en primer lugar, la propuesta de una retícula ortogonal formada por una serie de cuadrados que se ubican entre los arroyos existentes (Tyber Creek y Rock Creek). Esta trama sigue la orientación según los puntos cardinales que ya existía en la vecina ciudad de Georgetown. Jefferson también indicó la posible ubicación de los dos equipamientos principales (la residencia presidencial y el Congreso) que estarían unidos por unos paseos públicos que se abrirían al sur.
Esquema de las fincas que fueron compradas para ubicar sobre ellas la futura capital federal. Se aprecian los dos asentamientos planificados (Hamburgh y Carrollsburgh) que finalmente no fueron desarrollados.

Esas sugerencias no se aplicarían (salvo la orientación de la retícula básica) porque, finalmente, sería Pierre Charles L’Enfant (1754-1825) el encargado de trazar el plano de la ciudad. En un próximo artículo analizaremos las claves del conocido como “Plan L’Enfant”, el singular trazado de la capital de los Estados Unidos, que sufriría numerosas vicisitudes y del que podría decirse que fue el “canto del cisne” del urbanismo clásico.

La capital acabaría siendo dedicada al primer presidente de los Estados Unidos, George Washington, aunque este no residió en ella y nunca se refirió a la ciudad con ese nombre (quizá por modestia). El presidente Washington la llamaba simplemente la “Ciudad Federal”.

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