1 ene. 2017

La ciudad “celular” de Savannah: lecciones de una de las joyas de la planificación norteamericana.

Su peculiar estructura urbana y sus espacios públicos hacen de Savannah una de las joyas de la planificación norteamericana. En la imagen, Madison Square y ortofoto parcial del barrio histórico.
La fundación de Savannah, en Georgia, la última de las Trece Colonias de la Norteamérica británica, significó una singularidad maravillosa en las estrategias de planificación urbana de la primera mitad del siglo XVIII. La ciudad no fue creada como un proyecto completo y acabado desde su origen, ni tampoco como un trazado extensible sin límite, sino que surgió a partir de una “célula”, que iría replicándose conforme fuera necesario. Ese módulo original combinaba las necesidades residenciales con una notable presencia de edificios comunitarios y espacio público, y su repetición crearía una espectacular estructura de plazas que hicieron de la ciudad un ejemplo de espacio “humanizado”.
Desgraciadamente, Savannah quedó orillada respecto a las grandes corrientes del desarrollo norteamericano y su influencia fue escasa, ya que se impondrían los criterios pragmáticos y la eficacia de la Land Ordinance de 1785. El olvido de las lecciones de Savannah tuvo consecuencias y las ciudades de colonización estadounidense sufrieron graves carencias de espacio público.

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Apunte sobre la colonización británica de Norteamérica: las “Trece Colonias”.
Con el descubrimiento de América, realizado en 1492 por Cristóbal Colón, España se lanzó a la colonización de aquellas tierras desconocidas. Durante el siglo XVI, a partir del dominio de buena parte del sur y del centro del “nuevo” continente, se fue forjando el Imperio Español. Los territorios más septentrionales quedaron fuera de su control, aunque, en 1523, fue enviado el explorador Lucas Vázquez de Ayllón en la búsqueda del deseado “paso del noroeste” que debía favorecer la conexión con las Indias. Con esa misión, que resultaría infructuosa, fue rastreando la costa norteamericana hasta que llegó a una gran bahía en la que finalizaría su expedición. Ese gran estuario era la actual Bahía de Chesapeake y, aunque hubo varios intentos de colonizar la zona, la presencia española no se consolidó en esas latitudes.
El gran Imperio Español del siglo XVI comenzaría a perder el liderazgo internacional a finales de la centuria, acuciado por problemas como la derrota de la Armada Invencible o las guerras en Flandes. La muerte del rey Felipe II, en 1598, marcaría el inicio de su decadencia, cuestión que fue aprovechada por sus principales competidores, Francia, Inglaterra y los Países Bajos, para colonizar la costa atlántica americana situada al norte de la Florida española.
Inglaterra insistiría en la localización del “paso del noroeste” enviando con ese fin a marinos como Francis Drake, John Davis o Humphrey Gilbert. Aunque tampoco lo encontraron, este último, dio un paso más y convenció, en 1583, a la reina Isabel I de Inglaterra para que le permitiese implantar una colonia en aquellas tierras que se intuían muy provechosas. Lo obtuvo, pero murió en el intento y sería su hermanastro Sir Walter Raleigh, muy bien posicionado en la Corte, quien continuaría con el empeño (aunque él no llegó a viajar a Norteamérica). Su intención era ubicar esa colonia lo más al sur posible para disfrutar de un mejor clima, aunque sin entrar en conflicto con los españoles, que todavía eran poderosos. Con esa intención, sus colonos se establecieron en 1584 en la isla de Roanoke (asignando a todo su entorno el nombre de Virginia, en honor a Isabel I, que era conocida con el sobrenombre de “reina virgen”). Ese modesto asentamiento se enfrentaría a muchos problemas y acabaría fracasando, aunque mantendría su recuerdo como la primera presencia británica en el Nuevo Mundo.
Pero la decepción no reduciría su espíritu colonizador, y nuevos colonos, trasladados por la denominada Compañía de Londres, que era una de las que había obtenido los permisos exploratorios, llegaron en 1607 a Virginia. Avanzarían aguas arriba de la bahía de Chesapeake y fundarían Jamestown, núcleo que, esta vez sí, consolidaría la presencia inglesa en Norteamérica.
Bastante más al norte de estos primeros asentamientos recalarían nuevos colonos británicos, empujados por la problemática religiosa existente en su país. Esa costa septentrional ya había sido explorada por navegantes británicos y holandeses, habiendo recibido el nombre genérico de Nueva Inglaterra antes de ser ocupada. Allí llegó el Mayflower, el barco que en 1620 condujo a un grupo de puritanos (los “Padres Peregrinos”) que huían de Inglaterra con la esperanza puesta en el Nuevo Mundo. A su llegada fundarían Plymouth (en recuerdo del puerto inglés del que habían partido), que, pocos años después, en 1626, sería seguida con la de Salem. En 1630, nuevas oleadas de puritanos desembarcarían en la región constituyendo la colonia de Massachusetts con la ciudad de Boston como núcleo principal.
Massachusetts acabaría siendo la colonia hegemónica de Nueva Inglaterra (en 1691 absorbería a la vecina colonia de Plymouth). En esos años, la actividad en la región sería incesante e irían surgiendo nuevas colonias, como cuando, en 1622, las exploraciones hacia el norte, dirigidas por Ferdinando Gorges y John Mason, permitieron descubrir un territorio que sería bautizado como Maine. No obstante, en 1629, estos dos colonizadores acabarían dividiendo sus tierras entre ellos. Mason rebautizaría su sector como New Hampshire que se convertiría en una nueva colonia independiente (confirmada en 1679). Mientras tanto, el resto, que conservaría el nombre de Maine y quedaría en poder de Gorges, acabaría siendo vendido por sus herederos a la colonia de Massachusetts.
Los colonos de Massachusetts en su afán por ocupar toda Nueva Inglaterra se lanzarían a buscar nuevas tierras y en 1632 rastrearían el rio Connecticut donde en 1635 fundarían los asentamientos de Windsor, Hatford y Wethersfield que acabarían conformando la nueva colonia de Connecticut. En 1638, nuevos inmigrantes de Inglaterra se instalaron al oeste del rio Connecticut fundando la colonia de New Haven (inicialmente autónoma, aunque se uniría en 1665 a Connecticut)
Las disputas religiosas en Inglaterra continuarían perturbando la convivencia en las islas. Por ello, un noble, George Calvert, Lord Baltimore, concibió la idea de implantar una colonia en el Nuevo Mundo que acogiera a los católicos británicos que estaban sufriendo grandes problemas. Aunque moriría antes de conseguirlo, su hijo Cecil Calvert obtendría el permiso en 1633 y en ese mismo año, su hermano menor, Leonard Calvert viajaría junto a algo más de 200 colonos (católicos, aunque también protestantes) en dirección al norte de la desembocadura del rio Potomac que seguía “vacante”. En 1634 fundarían Maryland, bautizada en honor a la Virgen María y a la esposa católica del rey Carlos I, fundando una primera población que recibiría el nombre de Saint Mary’s City.
En 1636, Roger Williams, que había sido expulsado de Massachusetts por sus creencias religiosas fundó Providence en la Bahía Narragansett, declarando el lugar como un espacio con libertad de culto. En 1663, el rey Carlos II otorgaría la carta constitutiva a la colonia que pasaría a ser conocida como Rhode Island.
Colonias europeas en la América atlántica septentrional hacia 1650.
A mediados del siglo XVII ya eran cinco las naciones europeas que poseían colonias en la costa norteamericana. Por supuesto, España, que contaba con Florida, integrada en el Virreinato de Nueva España; pero también, Inglaterra con una doble instalación, una en la parte septentrional (con las colonias establecidas en Nueva Inglaterra) y otra en la meridional, en la bahía de Chesapeake (Virginia y Maryland); Francia, con Nueva Francia siguiendo el curso del rio San Lorenzo; los Países Bajos con Nueva Holanda a lo largo del rio Hudson, donde en 1625, habían establecido un asentamiento en la isla de Manhattan al que denominaron Nueva Amsterdam; y Suecia, con su colonia Nueva Suecia en el rio Delaware, donde en 1638 habían levantado Fort Kristina.
Pero esta situación comenzaría a cambiar poco después de 1650. Nueva Suecia caería en 1655 bajo control de los Países Bajos y, en 1664, los ingleses comenzarían una ofensiva bélica que acabaría con el dominio holandés en la zona. La antigua Nueva Suecia pasaría a denominarse colonia Delaware y Nueva Holanda cambiaría su nombre por el de Nueva York. Con ello, los ingleses conectarían sus dos principales establecimientos.
En ese mismo año 1664, Carlos II, en agradecimiento a los servicios prestados por los nobles realistas John Berkeley y George Carteret, les concedió una parte de Nueva Holanda, que ellos rebautizaron como Nueva Jersey (aunque cada uno gestionaría un sector: Jersey Oriental y Jersey Occidental que, no obstante, se reunirían de nuevo en 1702). Años después, en 1681, y también como un experimento social, nacería Pensilvania con el impulso de William Penn, quien fundaría Filadelfia.
Mientras las colonias del centro y norte de la costa se iban consolidando, la situación en las meridionales era diferente. Cuando en 1660, el rey Carlos II de Inglaterra accedió al trono, no había presencia permanente de europeos entre la Virginia británica y la Florida española. Carlos II, como compensación a un grupo de nobles que le habían ayudado a alcanzar el poder, les autorizaría para crear una nueva colonia en aquellos terrenos “vacantes”. En honor al monarca, la colonia se bautizaría como Carolina, y su ciudad principal, fundada en 1670, como Charles Town (que acabaría transformada en Charleston).
Pero Carolina era una colonia demasiado extensa y presentaba grandes diferencias entre los grupos asentados en el norte (con cultivos de tabaco y pequeños granjeros) respecto a los establecidos en el sur (con cultivos de arroz y grandes plantaciones de propietario único). Esa diversidad generó problemas de gobierno que acabarían en 1710, con la división en dos de la colonia: Carolina del Norte y Carolina del Sur.
Pero la parte meridional de Carolina del Sur seguía siendo un territorio poco explorado y en 1730, bajo el reinado de Jorge II, se hicieron planes para colonizar esa zona. Finalmente, esos asentamientos serían segregados de Carolina del Sur y constituirían una nueva colonia en 1733 (la decimotercera y última). Sería denominada Georgia, también en honor al monarca. Uno de los promotores de Georgia fue James Oglethorpe quien embarcó en 1732 junto a un centenar de colonos para fundar el primer asentamiento de la nueva colonia, Savannah, junto al rio del mismo nombre.
Las Trece Colonias británicas que declararían su independencia para constituir los Estados Unidos de América.

Savannah, una utopía ilustrada que se desvanecería.
Como sucedió en otras colonias británicas norteamericanas, en Georgia, también la motivación tuvo un marcado carácter filantrópico. Su principal promotor, James Oglethorpe (1696-1785) fue un representante típico de la Ilustración británica que pretendió construir una utopía en el “nuevo mundo”.
Oglethorpe era un militar curtido en diversas batallas cuando en 1722 fue elegido miembro del Parlamento. Allí centraría su trabajo en una comisión que investigaba la situación en las prisiones de Gran Bretaña y, en particular, el estado de los que cumplían condena por deudas económicas. Oglethorpe pudo comprobar la desgracia de aquellas personas que, en muchos casos, se habían visto encerradas como consecuencia de la miseria y el desamparo y carecían de posibilidades de rehacer su vida al cumplir la pena impuesta. Pensó que merecían una segunda oportunidad y concibió la idea de fundar una colonia con ese fin en aquellas tierras de esperanza situadas más allá del Atlántico (algo parecido a anteriores colonias que nacieron como refugio de creencias religiosas).
La situación política resultó favorable para sus objetivos. La reina Ana había muerto en 1714 sin herederos y el Parlamento ofreció a la corona a Jorge de Hannover, bisnieto de Jacobo I, que reinaría con el nombre de Jorge I. Educado en Alemania, no tuvo demasiado interés en los asuntos británicos e inauguró un sistema político en el que el gobierno efectivo quedaba en manos del Primer Ministro, cuestión que continuaría su hijo y sucesor Jorge II. Los gobiernos de este periodo administraban las colonias con menos apasionamiento y sentido patrimonial que los monarcas anteriores, con más pragmatismo y eficacia, buscando los máximos réditos en las nuevas instalaciones. Por eso, la propuesta de Oglethorpe fue recibida con buena disposición. En opinión del gobierno, la colonización de la desocupada zona meridional de Carolina del Sur con ex presidiarios podría solucionar dos problemas a la vez: por un lado, desaparecían de Inglaterra personas desahuciadas y, por otro, se consolidaban las posiciones británicas frente a la Florida española.
Así, en 1732 el rey concedió la carta para constituir una nueva colonia, segregando de Carolina del Sur el área entre los ríos Savannah y Altamaha, que sería bautizada como Georgia en honor al monarca. Oglethorpe, que sería su primer gobernador, estableció los principios humanitarios que debían regir la nueva colonia, prohibiendo, por ejemplo, la esclavitud o la venta de bebidas alcohólicas e intentando impedir la creación de grandes latifundios. Pero estos valores pronto se fueron desvaneciendo por la presión ejercida desde el resto de colonias sureñas y por la propia población de la colonia. Georgia acabaría funcionando como las demás colonias (la esclavitud se restituiría en 1750).
Mapa físico de la costa este norteamericana. El punto rojo indica la ubicación de Savannah.
Savannah sería su primer asentamiento y se ubicaría en la orilla sur del rio del mismo nombre (que formaba parte de la frontera entre Georgia y Carolina del Sur). La nueva ciudad debería ser el escenario donde implantar los valores rectores de la colonia ideal. La elección del sitio fue meticulosa, escogiendo un solar que estaba a unos quince kilómetros de la costa, sobre un terreno levemente elevado respecto al nivel de las aguas, poblado por espesos bosques de pinos y previsiblemente saludable.
El planteamiento urbano realizado por Oglethorpe sería muy particular ya que concibió la ciudad a partir de una “célula” que contendría todo lo necesario (viviendas, edificios cívicos y espacios públicos) y se repetiría cuantas veces fuera conveniente en función de las exigencias futuras. La disposición modular, evitaba la existencia de un centro principal, monumentalizado con grandes edificios institucionales que representaran al poder centralizado. Por el contrario, se apostaba por una propuesta polinuclear, cuya estrategia resultaría más “democrática” por ser más cercana a los ciudadanos, los verdaderos protagonistas de la nueva ciudad. Oglethorpe, en su primer plan, delimitó cuatro de esas unidades modulares que contendrían 160 viviendas en total para dar cobijo a los primeros colonos.
Vista de Savannah en 1734 con el trazado de las cuatro “células” originales en el claro del bosque abierto junto al rio (el Plan Oglethorpe de 1733)

Detalle de las parcelas residenciales en la imagen del Savannah en 1734.

Savannah: la ciudad “celular”.
La retícula ortogonal es una de las tramas más utilizadas en la planificación urbana a lo largo de la historia. La aparente simplicidad de su planteamiento básico esconde una variedad enorme de morfologías y estrategias planificadoras. Desde los “dameros” más o menos cuadrados, hasta las propuestas más desequilibradamente rectangulares, estas tramas permiten una gran diversidad formal, con distintas proporciones y dimensiones entre manzanas, calles, plazas, etc. También las estrategias urbanizadoras pueden responden a criterios muy diferentes: desde la propuesta de modelos completos y cerrados hasta la disposición de trazados ilimitados.
Savannah, mostraría una alternativa de planificación: la consideración de la ciudad como un organismo compuesto por células repetitivas. Esa analogía, tan utilizada como referencia en la ciudad funcionalista del siglo XX, no era habitual a comienzos del siglo XVIII y significó una singularidad maravillosa en las estrategias de planificación urbana de aquella época. La responsabilidad de esta fórmula de desarrollo recae en la adecuada caracterización de la “célula” y en la articulación entre las repeticiones.
Célula básica (ward) del Plan Oglethorpe

Plano de Savannah en 1818.
El módulo original de Savannah combinaba magistralmente las necesidades residenciales con una notable presencia de edificios comunitarios (como iglesias, escuelas o bancos) y espacio público. Además, la repetición a partir del primer establecimiento iría creando “franjas” que se articularían por medio de amplias vías con paseos centrales ajardinados. El conjunto expresa la gran lección de Savannah que, más allá de su peculiar desarrollo urbanístico, se encuentra en los espacios públicos propuestos.
Análisis dimensional del Ward de Savannah
El Ward es la “célula” que se replica para formar Savannah. Sus dimensiones se fijaron siguiendo el sistema de medidas anglosajón, delimitando un cuadrado de 675 pies de lado (205,7 metros), que posteriormente se subdividiría en diversos espacios privados y públicos.
Estudio dimensional del Ward típico de Savannah (dibujo de Chris Teeter, basado en la figura 16 “Ward Design Specifications” del libro “The Oglethorpe Plan” publicado por Thomas D. Wilson en 2012)
Los lotes privados residenciales formaron rectángulos de 300 x 90 pies (91,4 x 27,4 metros) albergando cinco solares de 60 x 90 pies (18,3 x 27,4 metros), es decir de 501,4 metros cuadrados cada uno. Cada célula dispone de cuatro bloques dobles (Tything blocks), ubicados en paralelo, en el norte y sur del cuadrado, separados longitudinalmente (de este a oeste) por un callejón (Lane) de 22 pies y medio (22 pies y 6 pulgadas, 6,85 metros). También quedaban separados por las calles principales norte-sur (Broad Street), de 75 pies (23,8 metros). Resultaba así un total de 40 parcelas para viviendas.
Complementariamente, en la franja central, se ubicaban cuatro parcelas para los edificios comunitarios (Trustee lots) con unas dimensiones de 180 x 60 pies (54,9 x 18,3 metros). Estos rectángulos quedaban separados por las calles centrales que discurrían de este a oeste (Center Street) de 75 pies (23,8 metros). Las calles normales (Street), que separaban las parcelas residenciales de los edificios públicos eran de 37 pies con 6 pulgadas (11,4 metros)
En el centro aparecía la plaza (Square) con unas dimensiones de 315 x 270 pies (96 x 82,3 metros). Estos espacios solían actuar como eventuales mercados y sobre todo como lugar de reunión y esparcimiento de los vecinos del Ward.
La separación entre los Wards era variable, yendo desde los 45 pies (13,7 metros) de las vías norte-sur a los 75 pies (23,8 metros) de las calles este-oeste que subían hasta los 150 pies (45,7 metros) den el caso de los bulevares con paseo central, que discurrían en la misma dirección.
En cualquier caso, estas dimensiones típicas del modelo variaban en su aplicación real (y especialmente en el caso de las “células” extremas de la primera franja proyectada). En el conjunto, las plazas varían sus dimensiones entre los 100 y 300 pies.
Plazas en Savannah: arriba, Reynolds Square y debajo, Orleans Square.
El desarrollo “celular” urbano: el “organismo” Savannah.
El plan inicial de Oglethorpe, de 1733, repetía cuatro veces el módulo matriz, quedando separadas esas cuatro “células” por otras dos calles que se cruzaban (Whitaker Street y Broughton Street). Estas “células” originales son las que contienen las plazas Johnson Square, Wright Square, Ellis Square y Telfair Square.
Replicación de las células (wards) para conformar el Distrito histórico de Savannah (el cuadrado verde corresponde al Colonial Park Cemetery)
En 1734 y 1742 se incorporaron las Lower New Square y Upper New Square (actuales Reynolds Square y Oglethorpe Square), contando entonces la ciudad con seis módulos. Una peculiaridad fue el planteamiento del cementerio, inicialmente alejado del núcleo original, pero que acabaría siendo absorbido por el crecimiento de la ciudad (Colonial Park Cemetery).
Plano con indicación de las 24 plazas históricas de Savannah (los recuadros negros mayores indican el Colonial Park Cemetery y el Forsyth Park).
Esta primera parte de Savannah se vería aumentada sucesivamente por el sur, pero ahora las tiras celulares quedarían separadas por bulevares con un paseo central ajardinado y con un arbolado imponente. Así nacería Oglethorpe Avenue, y después se trazarían sucesivamente Liberty Street, Charlton Street, Jones Street y Gaston Street.
Calles del distrito histórico de Savannah.
Así, otras seis nuevas células fueron incorporadas en la década de 1790 (las denominadas Washington, Franklin, Warren, Columbia, Greene y Liberty). No serían las últimas porque durante la primera mitad del siglo XIX se ampliaría la ciudad con otros doce distritos para completar el total de 24 que se incluyen en el downtown de Savannah (hoy, como veremos, se conservan 22). En 1851, la ciudad se expandió hacia el sur con la creación de Forsyth Park y la trama urbana continuaría, aunque ya no seguiría la estrategia celular.
Por el norte, junto al rio Savannah, la ciudad se remataría de una forma especial: las células originales quedaban separadas del rio por Bay Street y Emmet Park, un parque longitudinal delimitado por el norte por la alineación de bloques portuarios que se adaptaban a las ligeras sinuosidades fluviales.
Edificaciones en el frente fluvial de Savannah (Barnard Street con W River Street)

Los espacios urbanos de Savannah y sus lecciones.
Las veinticuatro plazas históricas de Savannah son: Calhoun, Chatham, Chippewa, Columbia, Crawford, Elbert, Ellis, Franklin, Greene, Johnson, Lafayette, Liberty, Madison, Monterey, Oglethorpe, Orleans, Pulaski, Reynolds, Telfair, Troup, Warren, Washington, Whitefield y Wright. Tres de ellas fueron transformadas: Liberty, Elbert y Ellis; y, aunque las dos primeras desaparecían como plazas, engullidas por la red de circulación, la última fue recuperada, para quedar, en la actualidad, un total de veintidós plazas históricas.
Calles y plazas del distrito histórico de Savannah. Arriba, Jones Street y debajo Bull Street desde Johnson Square (al fondo el Moon River Brewing Company, que fue el primer hotel de la ciudad)

La gran lección urbana de Savannah se encuentra en sus espacios públicos, particularmente en sus plazas históricas y en sus paseos arbolados. Algunas de las enseñanzas de Savannah nos marcan objetivos importantes para diseñar los espacios urbanos:
  • Escala humana. La Savannah histórica ofrece espacios, tanto en sus plazas, en sus calles y paseos, como en la arquitectura que las define, con dimensiones y proporciones asumibles y comprensibles para los ciudadanos. Las longitudes de sus manzanas, la anchura de sus vías o la proporción de las diferentes secciones transversales (anchura/altura), así como la riqueza en el detalle de su arquitectura, pavimentaciones, mobiliario, etc. manifiestan que han sido diseñadas desde la perspectiva humana.
  • Personalidad/Identidad. Cada plaza cuenta con su propia personalidad, y más allá de sus denominaciones particulares, que recuerdan acontecimientos y personas ilustres, resultan identificables por su diseño. Es destacable la particularidad del hito central (desde estatuas conmemorativas a fuentes) y, sobre todo, la sorprendente vegetación que presentan, presidida por los robles de Virginia (Quercus virginiana), una especie propia de la zona sureste norteamericana, que forma techos (canopies), y de cuyas ramas cuelgan los Spanish moss (musgo español, Tillandsia usneoides, una planta epífita), proporcionando un ambiente muy característico a toda la ciudad.
  • Variedad. De lo anterior puede deducirse que una retícula ortogonal no tiene por qué resultar monótona. Es cierto que la disposición de Savannah se aleja de los dameros repetitivos, pero sus células, a pesar compartir el mismo esquema formal, presentan un diseño muy diferente. Las perspectivas abiertas por las calles axiales, el arte urbano que incorporan, la diversidad arquitectónica o las particularidades del ajardinamiento potencian la diversidad desde la unidad.
  • Legibilidad. Relacionada con la personalidad y variedad de cada plaza, se produce otra importante consecuencia para la ciudad, ya que facilitan la orientación (way finding) dentro de la retícula urbana.
  • Pertenencia. Esta característica no es fácil de conseguir. Que los espacios urbanos formen parte inseparable de la vida de los ciudadanos es algo que solo se origina a partir de las experiencias vitales que se producen en ellos. Para lograrlo, además de la necesaria identidad, los espacios deben ser escenarios adecuados para albergar las vivencias de las personas. Las plazas de Savannah han logrado convertirse en una parte importante del sentimiento comunitario de los vecinos, quienes se reúnen en ellas, juegan, pasean, celebran fiestas o mercadillos (incluso llegan a casarse en ellas, entre otras muchas actividades individuales o colectivas). Las plazas también llaman al reposo, con sus bancos bajo los doseles arbóreos y las refrescantes fuentes, e invitan a meditaciones, como reflejaba la famosa escena de la película Forrest Gump rodada en un banco de Chippewa Square.
  • Memoria. Los espacios públicos también tienen como misión el enlace intergeneracional, no solo por las experiencias compartidas entre quienes coinciden en el tiempo, sino también por rememorar los logros de las generaciones anteriores. En Savannah, cada espacio recuerda la historia de la ciudad, gracias a sus denominaciones y a la presencia de estatuas de personajes ilustres o placas conmemorativas, todo ello para expresar el orgullo ciudadano por la herencia recibida.
  • Peatonabilidad. Las ciudades “humanizadas” privilegian el tránsito peatonal sobre el rodado. El distrito histórico de Savannah no es un espacio peatonalizado, pero la estructura de su trazado y las conexiones de la red de espacios públicos favorecen la continuidad del flujo de los peatones. En este sentido es importante comprobar como las plazas interrumpen los ejes rodados en un claro ejemplo de prioridad peatonal. Estas interrupciones fueron una de las innovaciones del diseño urbano de Savannah. Serán las calles exteriores, las que separan los módulos, las que presenten la continuidad requerida por los vehículos y, por eso, esas vías liminares acogen el grueso del tráfico rodado de la ciudad. En el interior de cada Ward, los espacios ofrecen coexistencia de tráficos, pero con una clara vocación de beneficiar al ciudadano que pasea. 
Desgraciadamente, Savannah quedó orillada respecto a las grandes corrientes del desarrollo norteamericano y su influencia fue escasa, ya que se impondrían los criterios pragmáticos y la eficacia de la Land Ordinance de 1785. Una de las consecuencias de esa marginación conceptual fueron las carencias de espacio público en las ciudades de colonización estadounidense, que habían olvidado la lección de Savannah, donde se había creado una espectacular estructura de plazas que hacían de la ciudad un ejemplo de ciudad “humanizada”.

Evolución de un Ward en 1742, 1888 y 2014 (Ward de Oglethorpe Square)
Savannah en 1910 (Wright Square y Bull Street)
No obstante, la Savannah histórica sufrió alteraciones. No solamente por las sustituciones arquitectónicas que modificarían el paisaje urbano, sino por transformaciones en los propios espacios públicos. Como ya se ha apuntado anteriormente, en la década de 1930 alguna de las plazas históricas (concretamente Liberty y Elbert) fueron traumáticamente modificadas (perdiendo su papel de plazas) para alojar una gran vía rodada que continuaba la US 17 hacia el centro. En la década de 1950, Ellis Square fue transformada para acoger un aparcamiento (aunque se logaría recuperar). Estos “atentados” contra la integridad del modelo histórico pusieron en marcha diversas asociaciones en favor de la conservación de la ciudad que lograron frenar ese tipo de actuaciones y mantener el espíritu original de Savannah. Aunque la ciudad se extendería notablemente y lo haría olvidando su estrategia de urbanización original, el sector histórico ha logrado conservar las principales esencias que hacen de Savannah una de las joyas de la planificación norteamericana.
En amarillo, el Distrito histórico de Savannah en el contexto de la ciudad (el amarillo más intenso indica las cuatro “células” originales)

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