27 dic. 2014

Plazas medievales de Praga, consideraciones sobre los planos verticales del espacio.

Plaza de la Ciudad Vieja de Praga.
Praga es una joya, o mejor dicho, un collar en el que se engarzan sus plazas medievales como alhajas extraordinarias. Sus seis plazas históricas: la Plaza de la Ciudad Vieja, la Plaza del Castillo, la de Mala Strana y las tres de la Ciudad Nueva (Wenceslao, Carlos y Senovazne) se configuraron como centros de cada una de las cuatro ciudades en las que Praga estuvo dividida hasta 1784. Estas maravillosas plazas son un buen campo de investigación sobre alguno de los temas esenciales en la configuración de los espacios urbanos.
La tridimensionalidad del espacio es una evidencia, y su descomposición en “planos” es una aproximación metodológica tanto para su diseño como para su didáctica y comprensión. Por ejemplo, podemos analizar la relación entre el Espacio Urbano y los planos verticales arquitectónicos que lo definen. En una primera instancia el estudio puede focalizarse en la propia disposición de los planos, es decir, dejando de lado su composición o su materialidad (es decir, ritmos, tipologías de huecos y relieves, materiales, colores, texturas, etc.) y sin profundizar en temas como la rotundidad de los lienzos, sus proporciones, su grado de penetración en planta baja, la presencia de elementos volados e incluso la continuidad o discontinuidad de las cornisas en su “encuentro” con el cielo.
Las seis plazas históricas de la Praga Medieval, que fueron reinventadas por el Barroco, ofrecen una interesante variedad de ejemplos sobre esta relación entre el espacio público y los paramentos verticales que lo configuran, debido, entre otras cosas, a su diversa disposición topográfica, a su pluralidad morfológica o a sus particulares relaciones con el entorno. De un primer análisis elemental podremos extraer unas conclusiones iniciales, tanto espaciales como visuales.

20 dic. 2014

El “embellecimiento” de Madrid y Barcelona durante la Ilustración. (Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona, 11)

La escultura de Neptuno (izquierda) y la de Hércules (derecha) fueron muestras del embellecimiento ilustrado de Madrid y Barcelona respectivamente.
En la segunda mitad del siglo XVIII las reformas auspiciadas por el despotismo ilustrado en España se extenderán por todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo a las ciudades, que serían “embellecidas”. El embellecimiento ilustrado es una noción amplia, que va más allá del ornato para asumir también cuestiones de mejora infraestructural y dotacional, creando espacios urbanos escenográficos, levantando edificios monumentales y atendiendo también a cuestiones de salubridad (como por ejemplo, el saneamiento, la pavimentación o la iluminación). El objetivo final era transformar las vetustas ciudades heredadas en urbes modernas, representativas e higiénicas.
Pero las intervenciones no afectaron a todas las ciudades por igual. Madrid, como sede de la Corona fue la mayor beneficiada. La capital se convirtió en una verdadera ciudad cortesana que, por fin, podía escenificar la representación del poder con orgullo. En Barcelona, las circunstancias eran otras y su atención priorizó la incipiente industrialización e intentó resolver el problema del alojamiento de las clases populares (teniendo en la Barceloneta la actuación más emblemática).
Como resultado de las intervenciones ilustradas, las dos ciudades se modernizaron, pero mientras que en Madrid se fue manifestando una impronta institucional y burocrática en la que las formas dominaban al fondo, en Barcelona se comenzó a consolidar una identidad mercantil (con sus vertientes empresarial y obrera) en la que el fondo se sobreponía a los aspectos formales.


13 dic. 2014

Nuevas referencias para Madrid y Barcelona de la mano de los Borbones (durante el siglo XVIII) (Paralelismos y Divergencias entre Madrid y Barcelona, 10)

El Palacio Real de Madrid y la Ciudadela de Barcelona representan la primera etapa borbónica en las dos ciudades.
En el año 1700 comenzó la dinastía borbónica en la monarquía española. Pero sus inicios fueron muy turbulentos ya que tuvieron que superar la Guerra de Sucesión que se originó tras la muerte sin descendencia de Carlos II, el último rey de los Austrias hispanos. El conflicto posicionó en bandos contrapuestos a Madrid y Barcelona. Mientras que la capital apoyó al rey Felipe V de Borbón, Barcelona respaldó al pretendiente, el Archiduque Carlos de Austria.
Con el Tratado de Utrecht de 1713, se daría fin a la guerra y se reafirmaría a Felipe V como rey de España (aunque Barcelona continuó su lucha hasta 1714). La dinastía, de origen francés, establecería nuevas referencias mirando a Europa como modelo, y particularmente a Francia y a Italia, que irían marcando la evolución de gustos y costumbres.
El siglo XVIII presenta dos mitades diferenciables, tanto política como artísticamente. Durante la primera, se asentaría una nueva forma de monarquía, absoluta, centralista y uniformadora, en la que las ciudades asistieron a la culminación del barroco (pasando de un estilo autóctono a otro internacional); mientras que en la segunda  se daría paso a un periodo ilustrado, caracterizado por un despotismo reformista del que derivó un intenso proceso de recualificación y embellecimiento urbano siguiendo los cánones neoclásicos de corte académico.
Vamos a aproximarnos a ese primer periodo de la centuria para descubrir como Madrid fue distinguido por su apoyo a la causa felipista, recibiendo actuaciones para mejorar su representatividad como ciudad principal del país (destacando la construcción del nuevo Palacio Real); mientras que Barcelona tuvo que afrontar las consecuencias de su deslealtad al rey Borbón y fue convertida en una “plaza fuerte” sometida a la autoridad militar (identificada con la traumática creación de la Ciudadela).

6 dic. 2014

Lecturas de la ciudad. Paseos por espacios significativos.

Roma. Campidoglio
Espacio y Comunicación son dos nociones amplias con convergencias diversas. Entre esa variedad relacional nos interesa la que se refiere a la capacidad del espacio para transmitir mensajes a través de su propia configuración.
Esto implica, en primer lugar, la necesidad de superar la condición funcional de la arquitectura y de los espacios urbanos para considerarlos sistemas de signos, es decir, entidades dotadas de significado. En este sentido, atribuimos  a la expresión “espacio significativo” la capacidad de convertirse en canal de expresión atemporal para transmitir mensajes.
Así pues, nos dirigimos hacia los procesos de comunicación y sobre ellos sustentaremos la idea de “lectura” de la ciudad que, como en todo acto comunicativo, traslada información desde unos emisores hasta unos receptores a través de un canal (los espacios de la ciudad) y cuya revelación efectiva depende de un código de interpretación, e incluso de un contexto que lo condiciona.
No obstante, la “lectura” de la ciudad adquiere matices particulares. Es el caso, por ejemplo,  de las lecturas afectivas o poéticas que se originan desde claves individuales e íntimas. Pero sobre todo, nos importa el acercamiento colectivo de carácter sociocultural, la conexión a través de la cual podemos aspirar a conocer los deseos y los logros de las generaciones anteriores y también a descubrir las esencias de nuestra propia contemporaneidad. Estos mensajes forman parte del “corpus” cultural que determina nuestra forma de ser y actuar. Por eso, aprender a “leer” la ciudad es un objetivo esencial para conocernos a nosotros mismos.