5 oct. 2013

De “supositorios”, “arpías” o “tragabolas”: la difícil tarea de amueblar la Puerta del Sol de Madrid.

Imágenes de las grandes farolas de la última época de la Puerta del Sol. A la izquierda los polémicos “supositorios” de la reforma de 1985. En el centro las sustitutas de las anteriores que iluminaron la plaza  entre 1986 y 2009 (se mantuvo el pedestal cambiando la parte superior por candelabros “fernandinos”). Y a la derecha las grandes farolas actuales estilo “Principe Pío” presentes desde la última reforma.
Frente a la permanencia de los trazados urbanos y de la propia arquitectura, el plano horizontal de la ciudad y, sobre todo, los elementos que pueblan el espacio público muestran una mutabilidad, a veces sorprendente. El mobiliario urbano, que se encuentra sometido a un intenso desgaste funcional y meteorológico, a posibles actos vandálicos, e incluso a las variaciones de modas y criterios, tiene una vida relativamente corta.
Amueblar la Puerta del Sol ha sido desde el principio una tarea difícil y polémica. La significación de la plaza y su gran visibilidad la han situado en el centro de muchos “huracanes” de todo tipo. Alumbrado, elementos de descanso o limpieza, bolardos, kioscos, marquesinas, templetes, arbolados, fuentes, esculturas o ajardinamientos, se encuentran en permanente observación. El diseño de estos elementos, su coste, su ubicación, su número o su misma necesidad son objeto de discusión continua.
Cada intervención en la Puerta del Sol ha suscitado tensos e intensos debates, tanto sobre las propuestas en general como respecto a sus componentes en particular, con partidarios a favor y en contra. Y en el fragor de estas “batallas” dialécticas, el humor madrileño ha ido bautizando alguna de sus piezas más controvertidas, desde la “Mariblanca” a las farolas “supositorios”, la Fuente de las “arpías” o el reciente acceso al intercambiador: el “tragabolas”.
Repasaremos a continuación algunos de los elementos más significativos de la plaza, a lo largo de la historia y en la actualidad.


El muestrario de mobiliario en la Puerta del Sol es extenso. Lo es en la actualidad y lo ha sido en su devenir histórico.
En la actual plaza encontramos más de veinte farolas de estilos y tamaños diferentes, bolardos de granito para delimitar tráficos (algunos con cadenas como los situados en frente de la real Casa de Correos), aparcamientos para bicicletas, kioscos de varios tipos (de prensa, de lotería, de tabaco), paneles informativos y publicitarios, dos fuentes con perímetro ajardinado y pequeñas vallas de protección. La plaza cuenta, además, con varias bocas de metro, dos casetas de ascensores y un templete que cubre el acceso al intercambiador de Metro y Cercanías (el “tragabolas”). También tenemos una diosa clásica (la Mariblanca), un rey a caballo (Carlos III) e incluso un oso y un madroño. La nómina se completa con unos pocos árboles en maceta. Sorprendentemente no hay ningún banco para sentarse.
Todo ello dispuesto sobre un plano horizontal mayoritariamente peatonal, pavimentado con granito. La parte rodada (con restricciones de tráfico) corresponde con el eje que une la calle Mayor y la Carrera de San Jerónimo mas la conexión para transporte público entre la calle de Alcalá y la Carrera.

Fuentes de la Puerta del Sol: de los aguadores a lo ornamental.
El primer elemento que apareció en la Puerta del Sol fue una fuente. Y en aquella plazuela irregular del siglo XVII, desconfigurada y ni siquiera pavimentada, rápidamente se convirtió en una referencia fundamental para el barrio, tanto por su valor funcional como por su potencia simbólica. Esa primera fuente fue construida en 1618 según el diseño de Rutilio García, siendo ejecutada por Antonio de Riera, y se levantó delante de la Iglesia y hospital del Buen Suceso, por lo cual fue conocida como Fuente del Buen Suceso ó Fuente de la Fe. Contaba con diversas piezas decorativas entre las que destacaban varias figuras femeninas en las que se ubicaban los surtidores y que originaron del apodo que recibió: la Fuente de las “arpías”. A esta fuente se incorporaría como remate, en 1625, la estatua de la Mariblanca (como se verá más adelante).
Grabado de 1790 con la Fuente del Buen Suceso. En lo alto de la misma estaba la Mariblanca y detrás la Iglesia del Buen Suceso entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. A la izquierda arranca la calle Montera.
Antiguamente, las fuentes eran unos elementos esenciales en la ciudad. Proporcionaban el vital suministro de agua, tanto a los transeúntes como a los aguadores que comerciaban con su distribución a las casas de la ciudad.
Madrid, contaba con pozos para el abastecimiento y arroyos cercanos que complementaban las necesidades, pero en aquel siglo XVII, se realizaron obras hidráulicas importantes, impulsadas tanto por el Concejo como por la Corona, para conseguir acercar y regularizar los suministros. La traída de las aguas tenía su origen en algunos manantiales próximos a la villa. El conjunto de infraestructuras de canalización fueron conocidas como “viajes de agua” y solían recibir el nombre del manantial de origen. Estos primeros “viajes” estaban compuestos por conducciones subterráneas (minas y cañerías) que transportaban, por gravedad, el agua de las capas freáticas del entorno madrileño hacia fuentes de suministro que se iban construyendo en puntos estratégicos de la ciudad.
Aunque ya desde los tiempos de los árabes hubo conducciones de agua, fue durante ese siglo cuando se acometieron obras de envergadura y se sistematizó la traída del agua al interior de la ciudad. Los primeros cinco viajes de agua de Madrid fueron el de Amaniel (1610-1621), el de Buen Suceso (1612-1618), el de la Fuente Castellana (1613-1630) y el del Abroñigal Alto y Bajo (1617-1630). Esas captaciones cercanas se mantuvieron hasta mediados del siglo XIX, cuando se acometió la gran obra hidráulica del Canal de Isabel II para traer las aguas del río Lozoya.
El primer “viaje” municipal construido (el del Buen Suceso, en este caso denominado por su destino) captaba las aguas de un manantial ubicado en la zona de la actual glorieta de Alonso Martínez y las conducía hasta la Fuente del Buen Suceso en la Puerta del Sol. El volumen de agua no era importante, razón por la cual hubo que buscar orígenes más caudalosos para atender a la creciente demanda ciudadana.
El nuevo origen del agua para la fuente de la Puerta del Sol procedió del mencionado Viaje del Abroñigal Alto (el arroyo que discurría por la actual Calle-30). Esto supuso una sustancial mejora en la cantidad de agua que llegaba a la plaza, y que obligó a la remodelación de la fuente, cuestión de la que se encargó el arquitecto Pedro de Ribera. En 1727 esta nueva fuente fue inaugurada.
La llegada del suministro de agua a través del Canal de Isabel II modificó las costumbres urbanas. Se construyó una red de abastecimiento a los edificios y a los lugares necesarios lo que tuvo como consecuencia que las fuentes fueran perdiendo su función inicial (y la desaparición de la labor de los aguadores). Muchas de ellas fueron demolidas y solamente unas pocas, las más importantes, se mantuvieron como meros elementos ornamentales.
La plaza en 1860 con las obras de reforma en marcha y la fuente del chorro instalada. 
La Puerta del Sol vio desaparecer la fuente de Pedro de Ribera en 1838 al decidir el Concejo su traslado a la próxima Plaza de las Descalzas. La plaza quedó sin fuente hasta que, con la gran reforma de 1862 fue recuperada, aunque como un elemento estrictamente ornamental. La nueva fuente construida entonces se ubicó en posición central y quedó conectada al Canal de Isabel II, lo cual le proporcionaba una gran presión natural que lanzaba un impresionante chorro vertical (que según las crónicas del momento alcanzaba los treinta metros). Este extraordinario surtidor fue el responsable del apodo que recibió, la “Fuente del chorro”. No obstante, finalmente también desaparecería ya que las ráfagas de aire hacían que los transeúntes acabaran mojados.
No volvería a haber fuentes en la plaza hasta la reforma de 1950 que propuso dos, mucho más modestas que la anterior, que se ubicaron cercanas a los focos de una teórica elipse que se pudiera inscribir en la plaza. Este concepto de las fuentes “gemelas” ya no abandonaría la plaza puesto que las reformas de 1986 y 2009, mantuvieron el doble elemento acuático.

La estatua ecuestre de Carlos III instalada en 1994 y una de las fuentes, utilizadas como asiento ya que la plaza carece de bancos.
Esculturas en la Puerta del Sol
La Puerta del Sol actual muestra tres esculturas que han ido variando su ubicación a lo largo del tiempo. La primera es una diosa (la Mariblanca), la segunda representa a dos seres vivos (un oso y un madroño) y la tercera a un rey (Carlos III).
La Mariblanca
En 1625, se remató la fuente del Buen Suceso con una escultura que había sido traída de Italia y que representaba una figura femenina, una supuesta diosa pagana sobre la que no hubo acuerdo. Esta pequeña estatua, realizada en un resplandeciente mármol blanco, acabó siendo denominada, por esa razón, la “Mariblanca”.
La Mariblanca, que presidió la plaza desde lo alto de las antiguas fuentes, ahora se encuentra sobre un pedestal desde 1985, año en que volvió a Sol de su periplo por diferentes lugares madrileños.
Hasta 1838 presidió las diversas remodelaciones que sufrió la fuente, pero tras más de doscientos años, salió de la Puerta del Sol para iniciar un recorrido por diversos puntos de la ciudad hasta que en 1986 volvió a ser traída a la plaza (aunque la figura actual es una copia de la original que se encuentra en la Casa de la Villa). La Mariblanca volvía a su hogar pero ya no presidiría una fuente sino que fue colocada sobre un pedestal. Su primera ubicación se escogió próxima a su situación original (entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo) pero finalmente, con la reforma de 2009, fue trasladada a su posición actual, en la entrada de la calle Arenal.
El Oso y el Madroño
En 1967 se instaló la escultura que representa el símbolo heráldico de la Villa: El Oso y el Madroño. La obra fue realizada en bronce por el escultor Antonio Navarro Santafé y fue colocada entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. También tendría un periplo por el interior de la plaza ya que de allí, con la reforma de 1986, con el objetivo de evitar la competencia con la recuperada Mariblanca, se trasladó al inicio de la calle del Carmen y con la remodelación de 2009 se situó en el inicio de la calle de Alcalá, cercana a su ubicación original.
El Oso y el Madroño en su ubicación actual en el inicio de la calle de Alcalá.
Carlos III
En 1994, una nueva escultura llegó a la plaza. Pocos años antes se había decidido homenajear al rey Carlos III (al que se le adjudicó el apelativo de “el mejor alcalde de Madrid”). El lugar para ubicar la nueva estatua fue escogido por medio de una consulta ciudadana que prefirió la Puerta del Sol como lugar más adecuado.
La obra es una reproducción en bronce ejecutada por los escultores  Miguel Ángel Rodríguez y Eduardo Zancada a partir de una pequeña maqueta realizada en madera y yeso por Juan Pascual de Mena en el siglo XVIII. Esta obrita había sido concebida para un concurso convocado por el propio Carlos III para construir un monumento en honor a su padre Felipe V. Los artistas actuales adaptaron la escala de la obra que servía de inspiración y remodelaron la cabeza del rey (conforme a sus retratos históricos) para construir la estatua ecuestre de Carlos III, como si fuera una obra de época. Esta estatua “clasicista” se levanta sobre un pedestal que recoge una larga inscripción con algunos de los hechos más relevantes del reinado de su protagonista.

Iluminar la Puerta del Sol
La iluminación llegó a la Puerta del Sol en 1830 con la instalación de farolas alimentadas por gas, presentes hasta que en 1878 se inauguró el alumbrado eléctrico.
Tras la desaparición de la fuente central, el papel de hito referencial de la plaza fue asumido por una gran farola de nueve brazos que se ubicó en ese punto. Esta farola inauguró el planteamiento de iluminación doble, con grandes farolas para la iluminación general  y otras de menor tamaño para acompañar los recorridos peatonales. Esta farola acabó siendo eliminada con la reforma producida entre 1917 y 1919 para la apertura del metro subterráneo, ya que en ese lugar se levantó el recordado templete diseñado por el arquitecto Antonio Palacios.
La gran farola de nueve brazos que estuvo en la Puerta del Sol hasta 1916, año en que fue trasladada a la glorieta de San Vicente.
El carácter de los elementos del alumbrado público es uno de los asuntos que más discusiones ha levantado en la Puerta del Sol. De especial intensidad fue la polémica generada en torno a las grandes farolas diseñadas en la reforma de 1985-1986 que abrió el debate sobre el estilo que debían tener los elementos de iluminación.
Los argumentos a favor de la modernidad del diseño e incluso de la singularidad de los elementos se enfrentaron con los de quienes pretendían mantener los estilos historicistas tradicionales de la ciudad. Este último grupo defendió con vehemencia que el Madrid antiguo debía contener elementos de mobiliario acordes con el espíritu del centro histórico. En esta discusión se involucraron ciudadanos, medios de comunicación y unos cuantos especialistas. Esas grandes farolas propuestas, que se situaban en la medianera entre las dos calzadas rodadas que unían Arenal y Alcalá por un lado y Mayor con San jerónimo por otro, se convirtieron rápidamente en objeto de burla ciudadana, pues nada más ser colocadas, fueron bautizadas como los “supositorios”.
La repulsa alcanzó una intensidad mediática de tal calibre que el entonces alcalde, el socialista Juan Barranco, tomó la decisión de sustituirlas por otras “historicistas”. Los pedestales de piedra fueron mantenidos como base de unos nuevos candelabros “fernandinos” hasta que la reforma del 2009 los eliminó definitivamente.
Esta última reforma optó por una solución en línea con la opción del alumbrado historicista. Para ello, distribuyó por la plaza más de una veintena de farolas estilo “Princesa” que, con su menor tamaño debían ocuparse de la iluminación peatonal y sobre todo, ubicó cuatro grandes farolas estilo “Príncipe Pío”. Estas nuevas farolas, que recuperan varios de los modelos tradicionales de iluminación del Madrid antiguo apaciguaron la polémica (aunque decepcionaron al minoritario sector que defendía una opción más contemporánea).

Templetes de acceso al Metro.
En 1919 se inauguró la línea 1 del Metro madrileño, que unía la estación de Sol con la de Cuatro Caminos.
El acceso a su recorrido subterráneo se realizó, en general, a través de meros huecos con escaleras (las bocas de Metro). Pero algunas estaciones singulares de la red tuvieron templetes  que remarcaban la importancia de las mismas. Este es el caso de la Puerta del Sol que, aunque contó con varias bocas convencionales periféricas, dispuso inicialmente de un gran templete en su acceso central y principal.
El templete de acceso a la estación de metro de Sol que diseñó Antonio Palacios. 
El arquitecto Antonio Palacios diseñó el primero de los dos que ha tenido la plaza. Se construyó en 1919 (fecha de la inauguración de la línea subterránea) y se mantuvo en la Puerta del Sol hasta que fue desmontado en 1934 (y desde entonces, sus componentes se encuentran conservados en los almacenes municipales sin conocer su destino). Palacios también fue el responsable del templete de la estación de la Red de San Luis, que tras ser igualmente desmontado acabó siendo cedido al Ayuntamiento de Porriño (ciudad natal del arquitecto) que lo ubicó en un parque de la ciudad. El templete de Sol era una construcción de acero y vidrio, caracterizado por una gran marquesina que fue la imagen central de la plaza durante quince años. Desde su desaparición, los accesos al Metro quedaron reservados exclusivamente a las “bocas” complementarias.
Con la reforma de 2009 se retomó la idea de construir un elemento-hito urbano que enfatizara la entrada además de protegerla. Entonces se levantó el templete actual, una doble cúpula de vidrio azulado que forma una retícula triangular y que fue diseñado por el arquitecto Antonio Fernández Alba en colaboración con el ingeniero Javier Manterola.
El nuevo templete recibió y recibe una intensa reprobación ciudadana que, como suele ser habitual en estos casos, se concretó con humor, asignando a la construcción todo un elenco de apodos peyorativos: tragabolas, iglú, ballena, tortuga, jorobas, etc. La edición digital del periódico El País llegó incluso a organizar una encuesta para “bautizar” el nuevo habitante de Sol, resultando ganador el nombre de “tragabolas”.

El polémico “tragabolas” que da acceso al intercambiador de Metro y Cercanías.
Fernandez Alba preguntado en su momento, justificó el diseño de la doble cúpula por su simbología, dado que la pequeña representaría a la villa que fue Madrid y la grande a la metrópoli en que se ha convertido; y también argumentó el por qué de su piel de vidrio facetada, comentando que se pretendía conseguir un efecto caleidoscópico que reflejara la complejidad de la vida ciudadana actual. La obra, que ha recibido muchas críticas tanto por sí misma como por su relación con el entorno, mantiene una fuerte contestación en su contra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

urban.networks.blog@gmail.com